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La Real Maestranza de Caballería de Ronda, dentro
del
programa de actos con los que rinde emotivo tributo a la figura
prematuramente desaparecida del matador de toros y
Excmo. Sr. D. Antonio Ordóñez, ha publicado,
en cuidada
edición a cargo de Manuel Arroyo, director de la Editorial
Turner de Madrid, el libro que glosamos: Antonio Ordóñez.
Torero de Ronda.
En su redacción, comenzando con una presentación
firmada
por la R.M.C.R. y redactada por su teniente de Hermano
Mayor, el Excmo. Sr. Marqués de Salvatierra, han participado
Miguel Ferrer y Kenneth Tyan y los miembros de la
Fundación de Estudios Taurinos, Alberto González
Troyano,
Alvaro MartínezNovillo y François Zumbiehl,
todos ellos a
título de doctos amigos del finado maestro.
Quisiera detenerme, en primer lugar, en la portada del
libro que tengo el gusto de recensar porque está realizada
a
partir del cartel de la Corrida Goyesca de este año
que, como
todos saben, es obra de Eduardo Arroyo. Este polifacético
artista, gran aficionado a los toros, amigo del maestro, pintor
y
escultor, ensayista y dramaturgo, ha publicitado con notable
éxito la fiesta de los toros en Madrid y en París,
en Sevilla y en
Nimes, en Pamplona y en Arles y, en fin, en muchas de las
ciudades
que tiene a gala celebrar corridas de toros. En todas ellas
está considerado como uno de los mejores cartelistas
de la historia
del Arte Publicitario como, por otra parte, acaba de poner
de manifiesto en Ronda colocando un cartel que a nadie ha
pasado desapercibido. Sin duda alguna, en este cartel conmovedor
retrato del maestro que ha realizado para la Real
Maestranza de Caballería, para la Goyesca, para Ronda
y, por
supuesto, para la memoria de Antonio, se ha producido como
un consumado maestro de la combinación de la línea
con las
masas de color y creo que ha conseguido uno de sus carteles
más impactantes. ¡Un cartel de coleccionista!
Felicito a la Real
Corporación por habernos regalado con una estampa de
emoción
y por la decisión que parece haber tomado de que, a
partir
de ahora, sus carteles tengan un nivel artístico acorde
con la
calidad de los matadores que hacen el paseíllo en la
Goyesca.
Con el libro Antonio Ordóñez. Torero de Ronda,
la Real
Maestranza no sólo conmemora un torero insigne, sin
duda,
el más importante de la segunda mitad del siglo XX,
sino
expresa públicamente la deuda que la institución,
y por
supuesto la ciudad de Ronda, tiene con este artista excepcional
que si fue galardonado por S. M. el Rey de España y
por
S. E. el Presidente de la República de Francia, en
ningún
momento olvidó vincular su toreo a la tradición
taurina que
la ciudad de Ronda representaba.
En efecto, Martínez Novillo, en el capítulo
que dedica
a la historia de la plaza de toros de Ronda, levanta acta
del
estado de postración en que habían caído
las celebraciones
taurinas y precisa cómo es imposible separar la recuperación
del ambiente que la ciudad vive en siglo XX sin tener en
cuenta el papel jugado por la dinastía torera de los
Ordóñez.
Desde los años 20, desde Cayetano Ordóñez
(19041961),
conocido con el sobrenombre de Niño de la Palma, padre
de
nuestro llorado maestro Antonio, hasta una actualidad que
se
proyecta en el futuro con la presencia en el ruedo de la ciudad
maestrante, y por supuesto en los de España y América,
de su nieto Francisco Rivera Ordóñez, duque
de Montoro, los
Ordóñez han estado presentes en el coso rondeño,
prácticamente,
a lo largo de todo un siglo.
Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma,
que inauguró
la dinastía de los toreros Ordóñez de
Ronda, junto con su hijo
Antonio (1932-1998) no sólo son, por el momento, las
figuras
señeras de la dinastía sino también elementos
fundamentales
de la historia de la tauromaquia.
El Niño de la Palma tuvo la virtud, con el arte y la
alada gracia de su toreo, de encandilar de nuevo a una afición
que, a falta de grandes figuras, se hallaba desconcertada,
abatida.
Pero no será sólo la afición, serán
también intelectuales
quienes se sientan profundamente atraídos por la personalidad
artística del Niño de la Palma. Alberti y Hemingway,
dos
escritores con el máximo reconocimiento mundial, ven
en
Cayetano la promesa, «como la figura decisiva nos dirá
MartínezNovillo para la recuperación del arte
taurino».
Hemingway, seducido por el significado del toro en general
y por el arte de Cayetano Ordóñez, en particular,
lo inmortalizó
literariamente en su novela Fiesta.
La aparición en los ruedos de los hijos de Cayetano
Ordóñez prenden en la afición una nueva
esperanza. A partir
de 1949, Cayetano, Juan, Antonio, Pepe y, después Alfonso
comienzan a torear festivales. En 1951 Antonio triunfa en
la
feria de San Isidro y abre la puerta grande de Las Ventas.
Julio Aparicio le da la alternativa y un viento de triunfo
empuja a Antonio por todas las plazas de España y América.
En 1953 conocerá, en la feria de Pamplona a «Ernesto»
Hemingway, el que había ya novelado a su padre, del
que se
hará confidente y amigo. Si fue importante para Antonio
el
descubrimiento de Hemingway no lo fue menos para el
Premio Nobel al que permitió vivir con una intensidad
escalofriante
el reencuentro con España, un país que le había
dejado una profunda
huella como se pone de manifiesto en su
novela Muerte en la tarde. La revista Life, posiblemente la
de
mayor tirada de Norteamérica, le encarga las crónicas
de la
temporada de 1959, editadas postumamente con el título
de
El verano sangriento, donde el escritor relata la competencia,
en los ruedos, de Luis Miguel Dominguín y Antonio
Ordóñez, por empuñar el cetro de la torería
mundial.
Hemingway supo darle a la pugna tintes de epopeya mientras
quwe sus crónicas eran leídas por millones de
personas. A
partir de entonces Antonio y Ronda brillarán definitivamente
con una luz única en el firmamento artístico
mundial.
Hoy día estamos acostumbrados a asociar a Ordóñez
y
Ronda pero hay que reconocer que en esa unión el matador
tuvo una responsabilidad excepcional. Alberto González
Troyano escribe que en el caso de Antonio Ordóñez
y Ronda
se da una confluencia entre ciudad y artista tan particular
como la que aparece, por ejemplo, entre Don Juan y Sevilla,
o
entre el Greco y Toledo, o entre Dante y Florencia. El prof.
González Troyano sostiene, además, que esa unión
que puede
parecernos como algo natural, no tuvo nada de espontánea,
fue buscada deliberadamente por el propio torero. Se
dio así
añade González Troyano un proceso, durante el
cual él se
volcó en transformar su nacimiento, y todo lo que ello
significaba,
en un marco en el que se sentía enraizado, además,
por
voluntad propia, creando una vinculación elegida, con
la ciudad,
de mucho mayor calado que la que suele ser habitual».
En efecto, Ordóñez invirtió su propio
toreo en Ronda y,
con ello, la enriqueció, instituyó la «corrida
goyesca» como
instrumento de conexión entre el brillante presente
de su
carrera con el pasado taurino de Ronda, con la dinastía
de los
Romero, con aquel momento mítico de fundación
del toreo
moderno que tuvo en Goya su más extraordinario albacea.
Ahora bien esta arriesgada operación no estaba al alcance
de
cualquier torero ni era sólo el resultado de una adecuada
publicidad. No. Fue la tarea de un gigante pues logró,
nada
menos, que iluminar con la gloria de su presente el pasado
espléndido pero olvidado de Ronda. Ronda tuvo en Ordóñez
la oportunidad para su renacimiento. Hacemos, desde aquí,
votos para que la identificación de Ronda con la Corrida
Goyesca se siga actualizando y que su nieto Francisco Rivera
logre perpetuar el secreto de su éxito: ¡El ruedo
de Ronda es
para los mejores!.
Pedro Romero de Solís
Fundación de Estudios Taurinos
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