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El libro de Luis F. Barona y Antonio E. Cuesta López,
Suerte de vara, publicado en una esmerada edición por
la
Excma. Diputación de Valencia que conmemora el centenario
de la trágica cogida y muerte del diestro valenciano
Paco
Fabrilo por un toro de la ganadería de PabloRomero,
constituye
el brillante resultado de un estudio hecho, en las plazas
de
Madrid y Valencia, por estos dos investigadores pertenecientes
a la comunidad científica de veterinarios de la Universidad
de
Córdoba. El índice del volumen nos indica inmediatamente
que se trata de un estudio técnico y humanístico,
esto es, pluridisciplinar
en la línea mejor de los trabajos de investigación
universitaria contemporáneos. En consecuencia, el ciclo
de
capítulos que constituyen su contenido aborda:
* Discursos históricos: «Inicios de la
suerte de vara»;
«Adaptacíón al toreo a pie»; «Evolución
de la suerte de
vara»; «Evolucíón histórica
de la puya»; «Estudio evolutivo
de la localización del puyazo en las reglamentaciones
taurinas»;
«Implantación y evolución de los petos»;
Relación de
los «Picadores del siglo XVIII»; el «Origen
y evolución de la
indumentaria del picador» y, finalmente, «La suerte
de varas
y su reglamentación históricas» que forman,
sin lugar a
dudas, el corpus de estudios históricos sobre la puya
más
completo que conozco y
* Exposiciones científicas y técnicas
como son el «Recuerdo
anatómico de la musculatura y estructuras adyacentes
relacionadas con la localización de los puyazos»
y el «Estudío
biométrico de la lesión anatómica de
la puya», trabajos que vienen
acompañados por un «Estudio del acornear del
toro de
lidía» firmado por el profesor emérito
de la Universidad de
Córdoba don Ildefonso Montero Agüera, en realidad
el maestro
de estos jóvenes pero ya acreditados investigadores.
El libro
termina con una «Conclusiones» tan valientes como
aterradoras
pues resulta que actualmente no llega al 7 por ciento los
puyazos
que se colocan correctamente en las plazas de Madrid,
Sevilla y Córdoba. ¿Qué será en
otras plazas con «aficionados»
de menor tradición y exigencia?
El trabajo concluye con un léxico de casi mil vocablos
relacionados con la suerte de picar dato que no me sorprende
pero que seguramente haría meditar a más de
un antropólogo
social preocupado por la cultura del trabajo y una
selecta bibliografía de un centenar de títulos
bien escogidos
que patentizan, de una parte, la especíalización
profesional
de los autores y, de otra, la amplia y culta mirada de los
autores
sobre la fiesta de toros.
A la Revista de Estudios Taurinos le complace particularmente
la salida de Suerte de vara porque en su número
anterior ya acogió a estos mismos autores publicando
un
artículo ¿Cumplen las puyas su misíón
donde llamaban
la atención sobre el hundimiento actual del tercio
de varas.
El tema fue analizado, por la Revista, en otros dos escritos:
uno de carácter técnicocientífico realizado
por los veterinarios
de la Unión de Criadores de Toros de Lidia
Fernández Sanz y Villalón González-Camino
Estudio de
las lesiones producidas por la suerte de varas en la segunda
parte de la Feria de San Isidro de 1998 donde llegan
y no
casualmente a resultados análogos y otro, de
carácter
reformador, firmado por un miembro de la Fundación
de
Estudios Taurinos y asiduo colaborador de nuestra Revista,
Álvaro MartínezNovillo en el que reclama de
los poderes
públicos es establecimiento de las medidas necesarias
para
la restauración de una de las suertes más emocionantes
y
bellas de la lidia de toros.
La investigación de base trata de comprobar las lesiones
producidas por las puyas, el lugar del cuerpo del toro donde
son colocadas y la determinación anatómica de
los traumatismos
producidos en los toros de lidia. Los autores parten de la
hipótesis de que el tercio de varas es de gran importancia
en
el conjunto de la lidia del toro. «Sirve como
nos recuerdan
Barona y Cuesta para ahormar la cabeza, regular el acornear,
quebrantar el poderío y comprobar la bravura».
La concepción multidisciplinar de la investigación
se
expresa en Suerte de vara por medio de un recorrido histórico
de la actividad de los picadores desde el establecimiento
de la corrida a pie hasta la actualidad. Los lectores tendrán
acceso, en sus páginas, a la descripción pormenorizada
de las
modificaciones que, a lo largo de los años, han llevado
a la
transformación de las puyas y a la evolución
de los petos. En
lo que se refiere a los petos desde los anatómicos
que procuraban
impedir lo menos posible el libre ejercicio de la monta
y que ya se utilizaron en el reinado de Alfonso XIII, explican
cómo han evolucionado hacia los actuales hasta impedir
la
movilidad del caballo forzándolo al estatismo al punto
de
que, en el momento mismo en que el toro empuja con un
poco más de fuerza de lo acostumbrado, jamelgo y picador
suelen caer estrepitosamente al suelo de donde, recuérdese,
el
caballo no puede levantarse si la ayuda el socorro,
diría con
más propiedad de los «monosabios».
Son objeto de su minuciosa observación las puyas
actuales, las cuales con 6 cm. de acero encordelado y 3 de
púa piramidal, es decir, dotadas de un alma metálica
de 9 cm.
contados hasta la cruceta, permiten infligir heridas a los
toros
de más... ¡de 30 cm. de profundidad! Los autores
denuncian el
fallo del diseño de las puyas y no están
hablando de sus
manipulaciones fraudulentas que al obviar el «limoncillo»
(obsérvese la pica propuesta por el Duque de Veragua)
permite
poner, por sistema, las varas traseras y, cuando mejor, en
la cruz que, por cierto, como demuestran los autores también
es preciso considerarlas retrasadas. Las varas que fueron
colocadas más allá de la cruz supusieron, nada
menos, que el
33 por ciento del total de las mismas y produjeron heridas
de
una profundidad media de... ¡25 cm.! ¿Y todavía
queremos
que los toros permanezcan en pie?
No nos extrañe que pasaportando con tan poco rigor
el
tercio de varas que, en la mayoría de las corridas
y en la totalidad
de las plazas de España, más de un toro salga
del caballo
«tocado» en la columna vertebral. Pero, es preciso
no
olvidar que con sólo alcanzar los músculos del
raquis, el animal
queda profundamente lesionado. «Us puyas colocadas en
el dorso afirma el prof. Montero son criminales
pues solamente
lesionan los músculos relacionados con el raquis: trapecio
torácíco, espinal y semiespinal del tórax
y cuello longísimo
del tórax, el raquis y, más profundamente, las
costillas
también pueden ser dañadas» (Barona y
Cuesta, 1999: 176).
Estas varas, colocadas por detrás del morrillo son
del todo
perjudiciales para la lidia pues ni regularizan el acornear,
ni
debilitan el empuje del toro, y lo más que hacen es,
en cualquier
caso, dificultar la locomoción produciendo cojeras
y
forzando caídas.
Un puyazo de ley debe colocarse en el morrillo del toro
y no, según recuerdan los autores de Suerte de vara,
en la
cruz o en la espalda como suelen colocarse en la actualidad.
El morrillo, la parte más elevada del cuello, comprendida
entre
la nuca y la cruz, es el lugar correcto de picar porque es
la sede de los músculos extensores, los responsables
de los
movimientos de la cabeza y, por consiguiente, del recorrido
de los cuernos. Un buen puyazo, en la base del morrillo, descuelga
la cabeza del toro y dificulta su derrote y, por eso
mismo, es la operación básica de la lidia para
que ésta se
ponga al servicio de la belleza del toreo.
A los autores no les pasa desapercibido la corpulencia
descomunal de los caballos que, desde hace unos años
a esta
parte, montan los picadores. Caballos que, por la anchura
descomunal
de su esqueleto y por el tamaño de los cascos, manifiestan
no pertenecer racialmente al universo de la tauromaquia
si no más bien al de la lidia militar ¡Caballos
más propios para
arrastrar cañones en guerras napoleónícas
que para dulcificar la
embestida de los toros! Esa descomunal alzada unida al peso
de
los aparejos, de la mona, de los manguitos, del peto, etc.
y, por
supuesto, al no desdeñable de los pingües y forzudos
picadores,
suman un peso, muchas veces próximo a la tonelada,
al que se
estrellan toros con no mucho más de 500 kilos. ¡Ay
del toro que
manifieste bravura y, todavía peor, codicia e intente
levantar a
un enemigo de peso doble que el suyo! Las delicadas articulaciones
de las manos quedarán averiadas mientras el picador
aprovecha para hundir la puya a más de 30 cm. de profundidad
no el morrillo, por supuesto, como debiera ser, sino en la
zona
vertebral y, a veces, ¡hasta con cinco recorridos diferentes
por
la misma herida de entrada! ¡Asombroso! ¿cómo
es posible que
algunos toros, todavía, queden en pie?
La suerte de vara, como recuerdan nuestros autores, es
fundamental en la lidia del toro porque tiene unas finalidades
concretas, precisas:
* Reducir el ímpetu y la fuerza del animal,
quebrantando
su poderío y permitiendo la realización de las
dos
siguientes fases de la lidia.
* Ahormar la embestida lesionando su musculatura cervical
dorsal con la intención de conseguir la corrección
de sus
defectos, entre ellos, proporcionar movimientos menos bruscos
en el cornear y contribuir a la humillación de la cabeza.
* Permitir que el diestro observe las condiciones físicas
y morales del toro, así como su comportamiento bravura,
fijeza, nobleza, codicia, peligro, dirección de la
embestida y
con qué cuerno se aplica con más intensidad
para que vaya
hacía él con conocimiento, con sabiduría
de las facultades
reales de su antagonista. En el toreo nunca se trata de atropellar
la razón sino, todo lo contrario, ejercitarla luminosamente.
La Tauromaquia es conocimiento.
Considero Suerte de vara de Luis F. Barona y Antonio
E. Cuesta López la guía necesaria y oportuna
para contribuir
a la reforma de la participación de los picadores en
la corrida
y, por tanto, el camino seguramente más apropiado para
restaurar
el espectáculo de la lidia de toros hasta el nivel
de su
verdadera plenitud. Un libro cuya aparición agradezco
profundamente.
Pedro Romero de Solís
Fundación de Estudios Taurinos
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