Río Jiménez, José
“Curro Puya (Apuntes para una biografía)”
Monclova, Javier
Escenas taurinas en el Claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos”
Casanova, María Antonia
“La corrida de toros caballeresca del Museo de Cerámica de Barcelona”
González Alcantud, José Antonio
“Toros y moros. El discurso de los orígenes como metáfora cultural”
Forneas, Celia
“Abenamar, periodista taurino I”
GarcíaBaquero Lavezzi, JeanChristophe
“El abate Delaporte y las fiestas de toros: una mirada comprensiva en un ambiente hostil”


Junta de Andalucía
“Inscripción como monumento histórico artístico de los Toros de Osborne


Cossío, Manuel y Colón, Carlos
Cossío, Manuel y Colón, Carlos: Presentación del libro de Carlos Colón "El cine y los toros. Pasión y multitud", primavera de 1999.
GarcíaBaquero, Antonio
Presentación del libro de Josef Daza "Precisos manejos y progresos del arte del toreo", verano de 1999.


López Martínez, Antonio L.
“La nobleza y la cría del toro de lidia. Respuesta al Pregóntaurino de Sevilla de 1999, pronunciado por D. Pedro Romero de Solís”


Saumade, Frederic
Les Tauromachies européennes.La forme et l’histoire, une approche anthropologique, Paris, Comité des Travaux historiques et scientifiques,Ministère de l’Education Nationale, de laRecherche et de la Technologie, 1998, por P. Romero de Solís.
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Poesías Completas, edición de Jacques Issorel, Madrid, Cátedra, col. Letras Hispánicas, 1998, por Rogelio Reyes Cano.
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El Toro, Equipo 28, por Javier Medina Liniers.


Ricardo Cadenas
"Gitanillo de Triana", "Curro Romero", "Sin Título", "Manolo González".


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  Fernando Villalón

Poesías Completas

por Rogelio Reyes Cano


El profesor Jacques Issorel, de la Universidad de
Perpignan, es uno de los muchos ejemplos de interés y
dedicación a nuestra literatura que jalonan el hispanismo
francés de nuestro tiempo. Centrado en el estudio de la
figura de Fernando Villalón,, dedicó su tesis doctoral, leída
en 1980, a la fijación crítica de su obra poética, y desde
entonces ha venido publicando numerosos trabajos sobre el
poeta sevillano que han contribuido notablemente a su clarificación
y sobre todo a su correcta ubicación en el entramado
lírico de la primera mitad de nuestro siglo. Labor crítica
que en el caso concreto de Villalón puede decirse que
resultaba de extrema necesidad, y es por ello especialmente
encomiable, habida cuenta la distorsión que inevitablemente
ha venido acompañando a su figura desde los tiempos
mismos en que se inició en la escritura poética. Como
muy bien señala el propio Issorel en su estudio introductorio,
«al morir prematuramente, sin que le diera tiempo a
afirmar su presencia en el mundo literario, Villalón personaje
pintoresco prevaleció sobre Villalón poeta. La leyenda
hizo olvidar a la obra, el mito relegó al poeta a segundo
plano» . Fueron, en efecto, sus propios amigos, los escritores
del 27, y hasta el mismo Juan Ramón Jiménez, que
había sido su compañero de curso en el colegio de los
Jesuitas del Puerto de Santa María, los que, atraídos por su
atípica personalidad de hombre de campo metido a literato,
cargaron las tintas más en su atractiva figura humana que
en su quehacer poético, y contribuyeron, tal vez sin quererlo,
a interponer entre el poeta y su obra una pantalla de
pintoresquismo, una máscara de atrayente sortilegio que,
aunque pudiera tener bastante de verdad, se superpone a la
creación misma y con frecuencia desvía la atención de
no pocos lectores y hasta inconscientemente los incapacita
para una más cabal comprensión de los valores estrictamente
literarios de su obra, que quedan no pocas veces
ocultos tras el telón del rico anecdotario que envuelve su
perfil humano: su ya legendaria afición a la teosofía, su
supuesta obsesión por lograr un encaste de toros con los
ojos verdes o sus disparatadas y divertidísimas ocurrencias.
Esta es, sin duda, la cruz con que ha debido cargar la
memoria histórica de un escritor muy estimable, del que,
además de su esencial vocación campera –eje de casi todos
sus textos– , conviene recordar que había cursado casi
completa la carrera de Derecho y dejado traslucir en su
obra un nada desdeñable conjunto de lecturas poéticas cultas;
que llegó tarde al mundillo literario de su tiempo (su
primer libro, Andalucía la Baja, lo publicó cuando tenía 46
años) y que además, a los efectos de la estimación literaria
de sus contemporáneos, tuvo la desgracia de morir muy
pronto, antes de que la innegable calidad de sus versos
hubiese podido neutralizar, o al menos a mitigar aun en
vida, su inevitable toque de leyenda y su mitología personal,
que siguen pesando en exceso, pese a todos los intentos
críticos por ajustar y encajar sus textos en el cauce de
la historiografía literaria. De ahí que Villalón siga siendo
hasta el momento un poeta bastante más citado que leído;
más comentado por sus ingeniosas ocurrencias que por la
calidad de su obra; y de ahí también la conveniencia de
ponerlo al alcance de nuevos lectores potenciales en una
colección de gran difusión como es la de “Letras
Hispánicas”, de la editorial Cátedra, muy consolidada, gracias
a su amplísimo fondo y al rigor de sus ediciones, en
los medios universitarios españoles y extranjeros.

Por ello, y dando pruebas de un excelente criterio filológico,
de buen profesional de la crítica literaria, Issorel traza
el perfil biográfico del escritor de forma deliberadamente
medida y concisa, con rigor documental pero sin innecesarios
regodeos, soslayando la atractiva tentación de demorarse en
el rico anecdotario que lo envuelve. Sigue en ello al maestro
Bergamín, amigo íntimo de Villalón, quien, en conversación
con el propio Issorel, se negó a entrar en ese terreno, estimando
que tanta carga anecdótica no ofrecía «sino una imagen
deformada y reductora del poeta» que desde la seriedad
crítica había que ir desterrando en aras de una mejor apreciación
técnica de su escritura. Que prive la obra sobre la persona,
he aquí, sin la menor duda, el razonable propósito con que
el crítico francés afronta la primera edición completa de las
poesías de Villalón publicada hasta el momento. De ahí la
buscada desproporción entre la brevedad de las páginas que
dedica a la vida y personalidad del poeta y la amplitud de las
destinadas al estudio de sus versos, centrado en sus tres libros
editados en vida: Andalucía la Baja (1927), La Toriada
(1928) y Romances del 800 (1929). Complementa ese estudio
con el de los manuscritos inéditos y los poemas sueltos
que Villalón había publicado en diferentes revistas. Gracias a
ello estamos en grado de acceder por vez primera, casi setenta
años después de su muerte, a la edición completa de su
poesía. Concentra aquí Issorel, con las exigencias de síntesis
propias del estudio introductorio de una edición destinada al
gran público, los resultados críticos de una sostenida labor
analítica y editora que ha venido realizando a lo largo de
varios años, y muy especialmente en las dos ediciones cuidadas
por él en la editorial Trieste: la de Poesías inéditas, de
1985, y la de Obras [Poesía y prosa], de 1987, que incluía
los tres libros de Villalón más la poesía aparecida en revistas.

De Andalucía la Baja subraya –contrariando la opinión
de Manuel Halcón– su coherencia y unidad temática en torno
a una Andalucía que se desglosa en diferentes parcelas, desde
su pasado mítico hasta la Andalucía del cante, pasando por la
del campo, la de las ciudades, la de la costa y la de tierra
adentro. Relativiza –a mi entender quizá con excesiva contundencia–
la fijación del libro a la estética del Modernismo;
y pondera –entiendo que con más justeza– la elusión de cualquier
andalucismo de pandereta y la atención de Villalón a
los perfiles reales, y no pintorescos, de una tipología humana
(contrabandistas, gitanos, cazadores furtivos ... ) con las que
él mismo, en su condición de hombre de campo, estuvo relacionado
en su experiencia directa. Particular interés tienen,
en mi opinión, los juicios de Issorel sobre el modo que
Villalón tiene de tratar el tema del cante flamenco y en general
el acervo folklórico del pueblo andaluz (juegos, canciones
infantiles...), por las diferencias con otros autores del 27.
Comparto con él la idea de que el libro tiene, en efecto, una
unidad temática, pues Andalucía –una Andalucía nada libresca,
sino muy bien conocida y experimentada por el poeta– es
sin duda la referencia recurrente. Pero estimo, en cambio, que
resulta muy evidente su diversidad estilística, y fue eso tal
vez lo que quiso decir Halcón cuando afirmó que su primo
Fernando había roto la sorpresa que le preparaba de editarle
sin previo aviso los Romances de tierra adentro, furtivamente
extraídos por él del cajón de su despacho. Iba a ser su primera
salida pública, sin su consentimiento, en el ruedo de la
literatura. Percatado Villalón por pura casualidad del intento,
«aún no me he explicado –escribe Halcón– por qué lo que yo
temía que fuese a provocar su enojo, le causara una satisfacción
tan grande. Su entusiasmo creció tanto, por horas, que pronto
rebasó mi propósito de hacer un tomito con los
Romances de tierra adentro y empezó a enviar nuevos originales
a la imprenta, con lo que el libro perdió por completo
la unidad, convirtiéndose en el tomo de Andalucía la Baja».

Esa falta de unidad de estilo se percibe, en efecto, en el
libro, muy especialmente por las, a mi juicio, marcadas diferencias
entre el tono más modernista y «antiguo» de toda la
primera parte de la obra, con muchos aires del Antonio
Machado de Campos de Castilla, y la mayor frescura y ligereza
de los poemas dedicados al cante y sobre todo de los
“Romances de tierra adentro” y del “Rabel de Las tres
Marías”, textos tocados por un grácil popularismo mucho
más cercano a los autores del 27.

Especialmente certeros me parecen los juicios de Issorel
expresa sobre La Toriada, y en general sobre toda la poesía
«táurica» de nuestro autor. La Toriada, un poema de más de
quinientos versos, lleno de solemnidad y grandeza, pudo, y
puede todavía hoy, resultar llamativo para el lector excesivamente
apegado a la leyenda de Villalón, pues nada más leer el
soneto inicial (“Situación”) va a encontrarse de pronto con una
sorprendente creatividad verbal, un gran dominio de la imagen,
una elevación métrica, un vanguardismo temático y una familiaridad
con el mundo de la mitología que no cabría esperarse
del manido estereotipo del hombre de campo «metido» a poeta.
Todo cobra, sin embargo, sentido, si sabemos, siguiendo los
bien trabados argumentos de Issorel, que el libro hay que
enmarcarlo en el contexto del fervor gongorino de aquellos
años (se comienza a escribir justamente en diciembre de 1927,
fecha del famoso homenaje que el Ateneo de Sevilla tributó al
genial poeta cordobés), y sin duda también en el nada desdeñable
conjunto de lecturas poéticas que hay que presuponerle a Villalón
para construir un texto de esa naturaleza, escrito, desde
luego, al conjuro de los grandes poemas de Góngora, pero libre
de peligrosos mimetismos; y ceñido a la moda literaria del tema
taurino, tratado en su tiempo por Rubén Darío (“Gesta del
coso”), Salvador Rueda, Manuel Machado..., y muy especialmente
por el poeta sevillano Felipe Cortines Murube, autor de
El poema de los toros (1910), un libro que Issorel, haciendo
suyo el juicio de Jacobo Cortines, considera que fue la obra que
más influyó en la creación de La Toriada. El detenido análisis
que sobre el texto de Villalón hace el hispanista francés se detiene
también en el estudio de las estructuras del poema, en su
concepción mítica del toro, engrandecido por sus orígenes,
viviendo libre en los inabarcables terrenos de la legendaria
Atlántida, desligado de la imagen tópica de la lidia y del espectáculo
de la corrida, feliz en un escenario natural –la extensa
marisma del Guadalquivir– que Villalón, «ecologista avant la
lettre», según subraya con acierto Issorel, quiere proteger de la
ya entonces amenazante transformación agrícola. El gongorismo
de La Toriada, como el de los otros poetas del 27, fue sólo
una etapa en la trayectoria lírica de Villalón, una estética efímera,
pero –concluye el autor del estudio– «revela al mismo
tiempo a un poeta ya dueño de su arte y a un hombre que
defiende ideas originales con entusiasmo y clarividencia».

Dominio artístico y originalidad que Villalón demuestra
igualmente en el último de sus libros, Romances del 800,
publicado en 1929 y dedicado a Juan Ramón Jiménez y al
padre José María de la Torre, que había sido rector del colegio
de los Jesuitas del Puerto en que los dos futuros escritores
habían estudiado en su niñez. Issorel subraya la variedad
temática y formal del texto, el trasfondo histórico de sus
romances, la capacidad de Villalón para recrear ambientes,
el dominio de la técnica del fragmentismo o habilidad para la
sugerencia, la densidad estrófica y expresiva, y en especial lo
que el libro supone como expresión de una visión del mundo
que es propia y personal del poeta, enmarcada en una escenografía
andaluza que no abandona nunca pero que no limita
su percepción universal de las cosas.

El estudio introductorio culmina con el análisis de los
poemas publicados en revistas y los textos póstumos incluidos
en los manuscritos que Villalón dejó a su muerte. Y con una
lúcida síntesis sobre el significado de su poesía en el contexto
literario en que fue escrita. En ella pondera el innegable influjo
de Juan Ramón Jiménez, a quien Villalón admiraba profundamente,
su sintonía con los modos poéticos de los grandes
poetas del 27 (gongorismo, integración de la poesía culta y
popular, vanguardismo, surrealismo ...), pero también los puntos
más originales y distintivos de su obra: la inclusión de la
magia y el esoterismo en la poesía, su anticipadora visión
conservacionista del mundo natural y muy emanado de la profunda
comunión del poeta con la tierra y el campo.

A esta extensa introducción, que se cierra con un completísimo
repertorio bibliográfico de y sobre el poeta, sigue la
edición de los textos, en primer lugar los tres libros publicados
en vida, y a continuación los poemas editados en revistas y los
de carácter póstumo. Queda de ese modo agrupado por vez primera
en una sola publicación todo el corpus poético de
Fernando Villalón, el mismo que Issorel había venido ofreciendo
sucesivamente en diferentes lugares y que ahora, concentrado
en un solo volumen, pone al alcance del público interesado
con toda pulcritud y rigor, con abundante información textual
(procedencia de los poemas, diferentes versiones y variantes,
hipótesis de interpretación de manuscritos, etc.) y un aparato de
notas aclaratorias que resuelven de modo conciso las referencias
más importantes de los poemas (nombres de personajes,
topónimos, sucesos históricos, etc.) aunque en ocasiones pueda
echarse de menos un sistema de anotación algo más completo,
limitado tal vez por las exigencias de la colección.

Mi conclusión es que hay felicitarse por la aparición de
un texto como éste, que contribuirá, sin la menor duda, a
difundir una imagen más certera y cabal del Villalón escritor,
más liberada de la excesiva carga mítica que ha venido lastrando
su auténtica valía literaria, y mucho mejor encajada en
el entramado poético de la España de la primera mitad del
siglo XX. Un Villalón que en nada disuena de la estética literaria
que profesaban los escritores del 27: popular y a la vez
culto, tradicional y vanguardista, campesino y urbano. Y con
unos toques de originalidad que reafirman el valor de su fuerte
personalidad de escritor. A tanta distancia temporal de su
muerte (1930), es del todo conveniente una seria relectura de
su obra sin las anteojeras de su leyenda biográfica, ceñida al
escueto rigor de sus versos. Y esta excelente edición de
Jacques Issorci, que nos ofrece un texto rigurosamente fijado
y analizado, y que sin duda llegará a muchos más lectores
que las ediciones parciales que la preceden, puede ayudar en
mucho a la realización de tal objetivo.

Rogelio Reyes
Fundación de Estudios Taurinos

 

 


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