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El profesor Jacques Issorel, de la Universidad de
Perpignan, es uno de los muchos ejemplos de interés
y
dedicación a nuestra literatura que jalonan el hispanismo
francés de nuestro tiempo. Centrado en el estudio de
la
figura de Fernando Villalón,, dedicó su tesis
doctoral, leída
en 1980, a la fijación crítica de su obra poética,
y desde
entonces ha venido publicando numerosos trabajos sobre el
poeta sevillano que han contribuido notablemente a su clarificación
y sobre todo a su correcta ubicación en el entramado
lírico de la primera mitad de nuestro siglo. Labor
crítica
que en el caso concreto de Villalón puede decirse que
resultaba de extrema necesidad, y es por ello especialmente
encomiable, habida cuenta la distorsión que inevitablemente
ha venido acompañando a su figura desde los tiempos
mismos en que se inició en la escritura poética.
Como
muy bien señala el propio Issorel en su estudio introductorio,
«al morir prematuramente, sin que le diera tiempo a
afirmar su presencia en el mundo literario, Villalón
personaje
pintoresco prevaleció sobre Villalón poeta.
La leyenda
hizo olvidar a la obra, el mito relegó al poeta a segundo
plano» . Fueron, en efecto, sus propios amigos, los
escritores
del 27, y hasta el mismo Juan Ramón Jiménez,
que
había sido su compañero de curso en el colegio
de los
Jesuitas del Puerto de Santa María, los que, atraídos
por su
atípica personalidad de hombre de campo metido a literato,
cargaron las tintas más en su atractiva figura humana
que
en su quehacer poético, y contribuyeron, tal vez sin
quererlo,
a interponer entre el poeta y su obra una pantalla de
pintoresquismo, una máscara de atrayente sortilegio
que,
aunque pudiera tener bastante de verdad, se superpone a la
creación misma y con frecuencia desvía la atención
de
no pocos lectores y hasta inconscientemente los incapacita
para una más cabal comprensión de los valores
estrictamente
literarios de su obra, que quedan no pocas veces
ocultos tras el telón del rico anecdotario que envuelve
su
perfil humano: su ya legendaria afición a la teosofía,
su
supuesta obsesión por lograr un encaste de toros con
los
ojos verdes o sus disparatadas y divertidísimas ocurrencias.
Esta es, sin duda, la cruz con que ha debido cargar la
memoria histórica de un escritor muy estimable, del
que,
además de su esencial vocación campera eje
de casi todos
sus textos , conviene recordar que había cursado
casi
completa la carrera de Derecho y dejado traslucir en su
obra un nada desdeñable conjunto de lecturas poéticas
cultas;
que llegó tarde al mundillo literario de su tiempo
(su
primer libro, Andalucía la Baja, lo publicó
cuando tenía 46
años) y que además, a los efectos de la estimación
literaria
de sus contemporáneos, tuvo la desgracia de morir muy
pronto, antes de que la innegable calidad de sus versos
hubiese podido neutralizar, o al menos a mitigar aun en
vida, su inevitable toque de leyenda y su mitología
personal,
que siguen pesando en exceso, pese a todos los intentos
críticos por ajustar y encajar sus textos en el cauce
de
la historiografía literaria. De ahí que Villalón
siga siendo
hasta el momento un poeta bastante más citado que leído;
más comentado por sus ingeniosas ocurrencias que por
la
calidad de su obra; y de ahí también la conveniencia
de
ponerlo al alcance de nuevos lectores potenciales en una
colección de gran difusión como es la de Letras
Hispánicas, de la editorial Cátedra, muy
consolidada, gracias
a su amplísimo fondo y al rigor de sus ediciones, en
los medios universitarios españoles y extranjeros.
Por ello, y dando pruebas de un excelente criterio filológico,
de buen profesional de la crítica literaria, Issorel
traza
el perfil biográfico del escritor de forma deliberadamente
medida y concisa, con rigor documental pero sin innecesarios
regodeos, soslayando la atractiva tentación de demorarse
en
el rico anecdotario que lo envuelve. Sigue en ello al maestro
Bergamín, amigo íntimo de Villalón, quien,
en conversación
con el propio Issorel, se negó a entrar en ese terreno,
estimando
que tanta carga anecdótica no ofrecía «sino
una imagen
deformada y reductora del poeta» que desde la seriedad
crítica había que ir desterrando en aras de
una mejor apreciación
técnica de su escritura. Que prive la obra sobre la
persona,
he aquí, sin la menor duda, el razonable propósito
con que
el crítico francés afronta la primera edición
completa de las
poesías de Villalón publicada hasta el momento.
De ahí la
buscada desproporción entre la brevedad de las páginas
que
dedica a la vida y personalidad del poeta y la amplitud de
las
destinadas al estudio de sus versos, centrado en sus tres
libros
editados en vida: Andalucía la Baja (1927), La Toriada
(1928) y Romances del 800 (1929). Complementa ese estudio
con el de los manuscritos inéditos y los poemas sueltos
que Villalón había publicado en diferentes revistas.
Gracias a
ello estamos en grado de acceder por vez primera, casi setenta
años después de su muerte, a la edición
completa de su
poesía. Concentra aquí Issorel, con las exigencias
de síntesis
propias del estudio introductorio de una edición destinada
al
gran público, los resultados críticos de una
sostenida labor
analítica y editora que ha venido realizando a lo largo
de
varios años, y muy especialmente en las dos ediciones
cuidadas
por él en la editorial Trieste: la de Poesías
inéditas, de
1985, y la de Obras [Poesía y prosa], de 1987, que
incluía
los tres libros de Villalón más la poesía
aparecida en revistas.
De Andalucía la Baja subraya contrariando la
opinión
de Manuel Halcón su coherencia y unidad temática
en torno
a una Andalucía que se desglosa en diferentes parcelas,
desde
su pasado mítico hasta la Andalucía del cante,
pasando por la
del campo, la de las ciudades, la de la costa y la de tierra
adentro. Relativiza a mi entender quizá con excesiva
contundencia
la fijación del libro a la estética del Modernismo;
y pondera entiendo que con más justeza
la elusión de cualquier
andalucismo de pandereta y la atención de Villalón
a
los perfiles reales, y no pintorescos, de una tipología
humana
(contrabandistas, gitanos, cazadores furtivos ... ) con las
que
él mismo, en su condición de hombre de campo,
estuvo relacionado
en su experiencia directa. Particular interés tienen,
en mi opinión, los juicios de Issorel sobre el modo
que
Villalón tiene de tratar el tema del cante flamenco
y en general
el acervo folklórico del pueblo andaluz (juegos, canciones
infantiles...), por las diferencias con otros autores del
27.
Comparto con él la idea de que el libro tiene, en efecto,
una
unidad temática, pues Andalucía una Andalucía
nada libresca,
sino muy bien conocida y experimentada por el poeta
es
sin duda la referencia recurrente. Pero estimo, en cambio,
que
resulta muy evidente su diversidad estilística, y fue
eso tal
vez lo que quiso decir Halcón cuando afirmó
que su primo
Fernando había roto la sorpresa que le preparaba de
editarle
sin previo aviso los Romances de tierra adentro, furtivamente
extraídos por él del cajón de su despacho.
Iba a ser su primera
salida pública, sin su consentimiento, en el ruedo
de la
literatura. Percatado Villalón por pura casualidad
del intento,
«aún no me he explicado escribe Halcón
por qué lo que yo
temía que fuese a provocar su enojo, le causara una
satisfacción
tan grande. Su entusiasmo creció tanto, por horas,
que pronto
rebasó mi propósito de hacer un tomito con los
Romances de tierra adentro y empezó a enviar nuevos
originales
a la imprenta, con lo que el libro perdió por completo
la unidad, convirtiéndose en el tomo de Andalucía
la Baja».
Esa falta de unidad de estilo se percibe, en efecto, en el
libro, muy especialmente por las, a mi juicio, marcadas diferencias
entre el tono más modernista y «antiguo»
de toda la
primera parte de la obra, con muchos aires del Antonio
Machado de Campos de Castilla, y la mayor frescura y ligereza
de los poemas dedicados al cante y sobre todo de los
Romances de tierra adentro y del Rabel de
Las tres
Marías, textos tocados por un grácil popularismo
mucho
más cercano a los autores del 27.
Especialmente certeros me parecen los juicios de Issorel
expresa sobre La Toriada, y en general sobre toda la poesía
«táurica» de nuestro autor. La Toriada,
un poema de más de
quinientos versos, lleno de solemnidad y grandeza, pudo, y
puede todavía hoy, resultar llamativo para el lector
excesivamente
apegado a la leyenda de Villalón, pues nada más
leer el
soneto inicial (Situación) va a encontrarse
de pronto con una
sorprendente creatividad verbal, un gran dominio de la imagen,
una elevación métrica, un vanguardismo temático
y una familiaridad
con el mundo de la mitología que no cabría esperarse
del manido estereotipo del hombre de campo «metido»
a poeta.
Todo cobra, sin embargo, sentido, si sabemos, siguiendo los
bien trabados argumentos de Issorel, que el libro hay que
enmarcarlo en el contexto del fervor gongorino de aquellos
años (se comienza a escribir justamente en diciembre
de 1927,
fecha del famoso homenaje que el Ateneo de Sevilla tributó
al
genial poeta cordobés), y sin duda también en
el nada desdeñable
conjunto de lecturas poéticas que hay que presuponerle
a Villalón
para construir un texto de esa naturaleza, escrito, desde
luego, al conjuro de los grandes poemas de Góngora,
pero libre
de peligrosos mimetismos; y ceñido a la moda literaria
del tema
taurino, tratado en su tiempo por Rubén Darío
(Gesta del
coso), Salvador Rueda, Manuel Machado..., y muy especialmente
por el poeta sevillano Felipe Cortines Murube, autor de
El poema de los toros (1910), un libro que Issorel, haciendo
suyo el juicio de Jacobo Cortines, considera que fue la obra
que
más influyó en la creación de La Toriada.
El detenido análisis
que sobre el texto de Villalón hace el hispanista francés
se detiene
también en el estudio de las estructuras del poema,
en su
concepción mítica del toro, engrandecido por
sus orígenes,
viviendo libre en los inabarcables terrenos de la legendaria
Atlántida, desligado de la imagen tópica de
la lidia y del espectáculo
de la corrida, feliz en un escenario natural la extensa
marisma del Guadalquivir que Villalón, «ecologista
avant la
lettre», según subraya con acierto Issorel, quiere
proteger de la
ya entonces amenazante transformación agrícola.
El gongorismo
de La Toriada, como el de los otros poetas del 27, fue sólo
una etapa en la trayectoria lírica de Villalón,
una estética efímera,
pero concluye el autor del estudio «revela
al mismo
tiempo a un poeta ya dueño de su arte y a un hombre
que
defiende ideas originales con entusiasmo y clarividencia».
Dominio artístico y originalidad que Villalón
demuestra
igualmente en el último de sus libros, Romances del
800,
publicado en 1929 y dedicado a Juan Ramón Jiménez
y al
padre José María de la Torre, que había
sido rector del colegio
de los Jesuitas del Puerto en que los dos futuros escritores
habían estudiado en su niñez. Issorel subraya
la variedad
temática y formal del texto, el trasfondo histórico
de sus
romances, la capacidad de Villalón para recrear ambientes,
el dominio de la técnica del fragmentismo o habilidad
para la
sugerencia, la densidad estrófica y expresiva, y en
especial lo
que el libro supone como expresión de una visión
del mundo
que es propia y personal del poeta, enmarcada en una escenografía
andaluza que no abandona nunca pero que no limita
su percepción universal de las cosas.
El estudio introductorio culmina con el análisis de
los
poemas publicados en revistas y los textos póstumos
incluidos
en los manuscritos que Villalón dejó a su muerte.
Y con una
lúcida síntesis sobre el significado de su poesía
en el contexto
literario en que fue escrita. En ella pondera el innegable
influjo
de Juan Ramón Jiménez, a quien Villalón
admiraba profundamente,
su sintonía con los modos poéticos de los grandes
poetas del 27 (gongorismo, integración de la poesía
culta y
popular, vanguardismo, surrealismo ...), pero también
los puntos
más originales y distintivos de su obra: la inclusión
de la
magia y el esoterismo en la poesía, su anticipadora
visión
conservacionista del mundo natural y muy emanado de la profunda
comunión del poeta con la tierra y el campo.
A esta extensa introducción, que se cierra con un completísimo
repertorio bibliográfico de y sobre el poeta, sigue
la
edición de los textos, en primer lugar los tres libros
publicados
en vida, y a continuación los poemas editados en revistas
y los
de carácter póstumo. Queda de ese modo agrupado
por vez primera
en una sola publicación todo el corpus poético
de
Fernando Villalón, el mismo que Issorel había
venido ofreciendo
sucesivamente en diferentes lugares y que ahora, concentrado
en un solo volumen, pone al alcance del público interesado
con toda pulcritud y rigor, con abundante información
textual
(procedencia de los poemas, diferentes versiones y variantes,
hipótesis de interpretación de manuscritos,
etc.) y un aparato de
notas aclaratorias que resuelven de modo conciso las referencias
más importantes de los poemas (nombres de personajes,
topónimos, sucesos históricos, etc.) aunque
en ocasiones pueda
echarse de menos un sistema de anotación algo más
completo,
limitado tal vez por las exigencias de la colección.
Mi conclusión es que hay felicitarse por la aparición
de
un texto como éste, que contribuirá, sin la
menor duda, a
difundir una imagen más certera y cabal del Villalón
escritor,
más liberada de la excesiva carga mítica que
ha venido lastrando
su auténtica valía literaria, y mucho mejor
encajada en
el entramado poético de la España de la primera
mitad del
siglo XX. Un Villalón que en nada disuena de la estética
literaria
que profesaban los escritores del 27: popular y a la vez
culto, tradicional y vanguardista, campesino y urbano. Y con
unos toques de originalidad que reafirman el valor de su fuerte
personalidad de escritor. A tanta distancia temporal de su
muerte (1930), es del todo conveniente una seria relectura
de
su obra sin las anteojeras de su leyenda biográfica,
ceñida al
escueto rigor de sus versos. Y esta excelente edición
de
Jacques Issorci, que nos ofrece un texto rigurosamente fijado
y analizado, y que sin duda llegará a muchos más
lectores
que las ediciones parciales que la preceden, puede ayudar
en
mucho a la realización de tal objetivo.
Rogelio Reyes
Fundación de Estudios Taurinos
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