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El 18 de junio de 1999, bajo la presidencia del Excmo.
Sr. D. Tulio ONeill, marqués de Caltójar,
Teniente de
Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de
Sevilla, en los salones de la Real Maestranza de Caballería,
tuvo lugar el acto de presentación del libro de Josef
Daza
Precisos manejos y progresos del arte del toreo, el texto
de
dicha presentación fue preparado por el Sr. D. Antonio
GarcíaBaquero, miembro de la Fundación de Estudios
Taurinos.
«Me complace sobremanera poder presentarles hoy y
aquí la primera edición completa
de los dos tomos que
componen el manuscrito del famoso varilarguero Josef Daza,
titulado Precisos manejos y progresos condonados en
dos tomos del más forzoso peculiar del arte de la Agricultura,
que lo es del toreo, privativo de los españoles y que
su autor
fecha en su villa natal de Manzanilla el año 1778.
Un libro de capital
importancia para la reconstrucción de la historia del
toreo,
tanto a caballo como a pie, durante los dos primeros tercios
del siglo XVIII, ya que es la principal fuente de información
venero inagotable le llama el Conde de Colombí
que
poseemos para dicho periodo. Pero, forzoso es decirlo también
desde un primer momento, un libro complejo y difícil
de
catalogar dentro de la literatura taurina dieciochesca (en
la medida que sufregoza del mismo carácter híbrido
o de
tránsito que tuvo el toreo de esa época crucial
para el futuro
de la fiesta) y que ha necesitado más de dos siglos
para que,
por fin, sea dado a la imprenta en la forma en que su autor
lo concibió y materializó. Y ello, a pesar de
que alguna copia
del manuscrito comenzó ya a circular aún antes
de que Daza
remitiese a los Príncipes de Asturias (el futuro Carlos
IV y su
esposa M.ª Luisa de Parma) el ejemplar que se conserva
en
la Biblioteca del Palacio Real, de donde lo ha rescatado el
socio
fundador y primer presidente de esta Fundación de Estudios
Taurinos, A. González Troyano, autor asimismo del sugerente
estudio introductorio que antecede esta edición. En
efecto y para
corroborar el interés que, desde un primer momento,
despertó
esta obra baste con recordar que N. Fernández Moratín
en su
Carta histórica sobre el origen y progresos de las
fiestas de
toros en España, escrita en 1776, se hace ya eco de
su existencia
(aunque sin llegar a plagiarla, como insinúa Daza)
y que las
Tauromaquias tanto de Pepe Hillo como de Montes, aunque no
la citen expresamente, también la tuvieron presente,
incorporando,
en ambos casos, la parte de preceptiva que el manuscrito
contiene. Ahora bien y pese a estos precedentes que demuestran
que la obra fue muy pronto conocida, al menos por los teóricos
y preceptistas del toreo, lo cierto es que durante todo el
siglo XIX y buena parte del XX siguió inédita
y circulando
sólo dentro de un reducido grupo de eruditos e iniciados
en la
materia. Hubo que aguardar hasta 1959 (al no cuajar el proyecto
previo de darlo a la imprenta que acarició el duque
de TSerclaes
de Tilly) para que la Unión de Bibliófilos Taurinos
consiguiese
ponerlo a disposición del público lector, si
bien en una edición
de tirada reducida y que además solo incluyó
el tomo primero por
entender que el segundo no aportaba nada sustancial a la historia
del toreo. Por fin, cumplidos ya cuarenta años desde
esa primera
edición incompleta, la obra es publicadaen su integridad,
gracias
en este caso al empeño conjunto de la Real Maestranza
de
Caballería de Sevilla, de la Fundación de Estudios
Taurinos y de
la Universidad hispalense. El libro ve la luz en una esmerada
edición,
codirigida por Rogelio Reyes Cano y Pedro Romero de Solís
(que también ha tenido a su cargo la maquetación,
la selección
de ilustraciones y redacción de sus respectivos pies)
y en la que
es de justicia resaltar los trabajos que han llevado a cabo
Fernando Campese Gallego en la transcripción del texto
y Eva M.ª Reyes Pérez, José Gómez
Fernández y Juan Carlos
Martínez Gil en su actualización y revisión
ortográfica.
»A la vista de tan largo parto, la pregunta resulta
obvia:
¿cuál es la razón para que su lectura
haya estado tanto tiempo
en frase de A. González Troyano retenida
y enclaustrada,
en una especie de reserva sólo asequible para unos
cuantos
eruditos e iniciados?. Para el Conde de Colombí,
el tamaño
del volumen y lo costoso de la impresión constituyen
la respuesta
a tal interrogante, mientras que, por su parte, González
Troyano
apunta, como otra posible causa coadyuvante, las dificultades
que entraña su lectura, ya que, en su opinión,
se trata de una obra
que exige al lector adecuarse a una escritura muy personal
y transitar por mil vericuetos diversos antes de acceder a
los
testimonios y datos taurinos que más puedan interesarle.
Aún así y admitiendo cuanto de cierto hay en
estas afirmaciones,
entendemos que, al menos en su época, hubo otro hecho
que
resultó mucho más determinante, ya que esos
mismos problemas
y dificultades son predicables al grueso de la literatura
arbitrista del XVII o la proyectista
del XVIII y ello no fue
óbice para que la mayoría de sus obras fuesen
dadas
a la imprenta en su momento e incluso algunas conociesen
segundas ediciones.
»Tal como yo lo veo, el problema trasciende las razones
de índole estilísticas y económicas,
con ser tan importantes,
para adentrarse en otros terrenos de mayor calado, como era,
sin ir más lejos, la inoportunidad por parte de nuestro
autor,
de intentar que el Estado le autorizase y costease la impresión
de un libro apologético sobre el Arte del toreo en
unos
momentos en que el presidente del Consejo de Castilla, el
Conde de Aranda, había ordenado una consulta
con la finalidad
de abolir tales festejos y que condujo a la promulgación
de la real orden de 23-III-1778, por la que se prohibían
en
todo el reino la celebración de corridas de toros de
muerte. El
propio Daza es consciente de esta circunstancia cuando escribe
que el 14-XI-1772 la Real Academia de la Historia, a instancias
del Consejo de Castilla, aprobó su obra pero en
tan
opuesta oportunidad que el incesante heroico celo del
Consejo hacia el bien público se hallaba investigando
si
convendría o no que prosiguiesen las corridas de toros
en el
Reino, de lo cual había dado parte al Rey. Y como el
título de
dichos libros las infería y se implicaba con la referida
consulta,
mandó el mismo Consejo se le suspendiese la impresión.
Tras este primer revés, Daza volverá a intentarlo
algunos
años más tarde aunque no sin antes, según
nos aclara,
reveer, enmendar, añadir y variar a la copia
distinto título y
nuevas reflexiones concernientes al principal asunto.
En
efecto, el título primitivo había sido Hecho
y derecho de las
singulares privativas glorias de España y Arte de torear
y
debió sustituirlo, aunque no lo indica expresamente,
por el
que figura hoy en la portada de Precisos manejos..., al tiempo
que le añadió también una serie de nuevos
capítulos.
Concretamente fueron nueve: uno (Cap. III) dedicado a exponer
los motivos, utilidades y licitudes que obligan a los
españoles
a torear; otros cinco (711) a demostrar que la celebración
de las corridas no perjudicaban a la agricultura ni al abasto
de carnes ya que el verdadero daño residía en
la gran mortandad
que ocasionaban al ganado la multitud de lobos que
proliferaban por todo el país; y otros tres (45-47)
en los que proponía diversas medidas para extinguir
los
ladrones y promover el aumento de la tropa militar
en
España. Y la razón fundamental que le
llevó, al parecer, a
introducir estas novedades fue que, entre la redacción
de una
y otra copia, Campomanes había publicado su Discurso
sobre el fomento de la Industria popular, ofreciendo
premios,
al decir de Daza, a quienes aportasen ideas que contribuyesen
a la mejora de la agricultura e industria nacional; y como
añade
más adelante, aunque en la apariencia de mi humilde
escrito
se manifieste por distinto rumbo, en la sustancia de lo que
contiene se unívoca al Real intento que en aquel se
nos ordena, como
se ajusta en los capítulos III-VII-VIII-IX-X-XI-XII-XLIII-XLIV
y XLV
de este tomo (primero) y en varias partes del otro que le
sigue.
En otras palabras, lo que Daza intenta es reforzar el supuesto
interés de su obra para la agricultura como una forma
de
allanarle el camino para su publicación. Pero lo cierto
es, como
Daza nos aclara, que aunque la Academia de la Historia aprobó
y
devolvió al mismo Consejo (su obra) sin el menor reparo,
este Supremo Tribunal no ha tenido a bien conceder su licencia
para la impresión. Y tras esta segunda negativa
del Consejo de
Castilla fue, probablemente, como apunta Cossío, cuando
Daza, dado que el costo de la impresión debía
ser cuantioso,
intentó que se lo publicase alguna de las Sociedades
Económicas
de Amigos del País, a la sazón existentes en
España. Cossío no
aclara a que Sociedad Económica se dirigió Daza
pero sí que
el informe de la obra lo realizó un tal Dionisio Fernández
Molinillos
y que su texto, que se conserva en la Biblioteca Menéndez
Pelayo,
fue publicado en el Boletín de dicha biblioteca por
Miguel Artigas.
En ese informe Fernández Molinillo niega que el libro
de Daza
tenga la menor utilidad para la agricultura, desaconsejando
su
publicación y dando así al libro, según
frase de Artigas,
si no la puntilla, sí una larga de la que
hasta hoy no
había conseguido recuperarse.
»Aclaradas, pues, las posibles razones que, con mayor
fuerza, han podido contribuir a provocar la larga espera que
ha sufrido la publicación de este libro, un segundo
punto en
el que creo que merece la pena detenerse (ante la imposibilidad
de ir más allá de las escasas noticias biográficas
que
Daza nos dejó en su obra y que ya fueron recogidas
por
Cossío) es en tratar de advertir qué sabemos
sobre su capacidad
para escribir el libro y la formación exigible. Vaya
por
delante que, también en este caso, se trata de lo que
el propio
Daza nos informa y es cuestión de creerlo o no, en
todo o en
parte, ya que no disponemos de ninguna fuente de información
alternativa para corroborarlo. Efectivamente y a
continuación del Prólogo, Daza finge una Carta
Preliminar
dirigida a un amigo en la que le explica los motivos para
escribir su tratado y la capacidad de la que dispone.
Extractando de los párrafos en los que se contiene
esta información
nos enteramos de las siguientes puntualizaciones. En
primer lugar que lo que tenía que escribir era un Arte
de torear
y, segundo, que lo va a hacer a solicitud de un autorizado
estímulo que le ofrece su protección y
al que se refiere,
respetando el anonimato, como un «superior Luminar...
de poderosa
mano... un señor muy docto y advertido» pero
que,
en un momento dado, le recrimina la «temeridad»
de su
empeño y da la impresión de que le retira su
apoyo. Sabemos
también que ha tenido presente la similar situación
en que se
encontró su maestro en el arte de detener con la vara
larga,
Juan Merchante, quien declinó la responsabilidad pese
a la
oferta que le hicieron «algunos sabios colegiales de
Salamanca» para cubrirle las dificultades de la redacción.
Igualmente afirma que es consciente de «los estrechos
limites
y débiles cimientos sobre que estriba mi capacidad,
reducida
a haber saludado apenas unos muy escasos rudimentos
ajenos a la Latinidad». Pero, enseguida y en una especie
de
contradicción formal, dedica un largo espacio a la
reflexión
de lo que habían opinado Benito Feijoo, Martín
Sarmiento,
Antonio Codorniu y Diego Saavedra Fajardo sobre los que
tenían la audacia de ponerse a escribir sin tener la
formación
previa, citando, por menudo, ciertos párrafos de sus
obras y
que adorna con alguna alusión a Casiodoro, Lope de
Vega y
Molière, como si nos estuviera haciendo un guiño
respecto a
la distancia entre su nula formación escolar y su «evidente»
nivel de lecturas. Es más, en un momento determinado
se
defiende señalando que si bien es de admirar la formación
escolar no debe utilizarse ésta como un fetiche cuya
ausencia
justificara la paralización cultural para ofrecer aquello
que se
sabe por experiencia. Insiste, una y otra vez, en las angustias
que le produce el reconocimiento de su falta de formación
pero, no nos engañemos, sobre todo la previsión
de las críticas
malevolentes a su obra por tal causa. En cierto sentido, a
Lope y Molière los utiliza como aliados en la medida
que
ambos justificaron escribir para el vulgo e identifica lo
que
llama «el discreto y mañoso artificio»
de ambos autores al
respecto con el similar que el propone sobre la naturaleza
ruda de que está poseído; y lo fundamenta
con un curioso
aviso, a saber, que cuando se habla de toros los españoles
todos se pervierten o se convierten en vulgo, aunque
advierte
con intensidad que prefiere torear cien toros muy feroces
a caballo que escribir una sola página para el
público. Junto
a todo esto nos informa también de que inició
su obra a fines
de 1770 y que la terminó en diez meses, «sin
más tiempo para
estudiar y escribir que el que usurpo al descanso en deshoras
de la noche, sufriendo el pervigilio»; que lo hizo sin
la compañía
intelectual adecuada y que no dejan de haber tenido
parte en el asunto la vanidad y el orgullo de un lado (ya
que
era público que me hallaba escribiendo y lo aguardaban
y
que dejar de hacerlo sería bajeza de apocado espíritu)
y, de
otro, la ausencia de la materia a tratar en obras similares,
pues
no existían más que unos ruínes
andrajos de arriesgadas ridículas
reglas respecto a manejos del rejón y casi nada o nada
de la vara. Nos confiesa que el libro ha sufrido muchas
lecturas
críticas de amigos y personas de calidad y que le han
reprochado la oscuridad del estilo y el introducirse en materias
que dice eran asuntos extraños (y) privativos
de los escolásticos.
Pero, aún así, afirma rotundamente que ni
lo que
suponen, en elogio, mis apasionados me hizo ni hace fuerza
y
menos me la hará lo que rearguyen los que son desafectos
por
ser mi entendimiento demasiado romo.
»A tenor de estas indicaciones en las que no se alude
en
ningún momento, sino todo lo contrario, a haber recibido
ayuda alguna para escribirlo (pero recuérdese que no
tenemos
modo de comprobarlo más que la técnica del análisis
textual),
deberíamos suponer que estamos en presencia de un
diletante autodidacta, suficientemente listo y despierto como
para valorar por ejemplo el talento del padre Feijoo (a quien
reconoce como verdadero maestro, del que dice poseer su
obra integra y con el que, además, se entrevistó,
en cierta
ocasión, en Oviedo) pero que se mueve con harta dificultad
en la selva lingüística y no menor en la conceptual,
lo que
podría avalar la tesis expuesta por González
Troyano en su
introducción de que, de una u otra forma, existió
una segunda
pluma para determinadas partes de la obra. La verdad es
que no se sabe bien cómo enfrentarse con un texto,
supuestamente escrito por un ignaro y en el que, sin embargo,
pueden espigarse innumerables citas desde Aristóteles
y
Platón a Feijoo y su discípulo Martín
Sarmiento, pasando
por las Sagradas Escrituras, los clásicos grecolatinos,
las
obras de los Santos Padres, San Isidoro de Sevilla, Antonio
de Nebrija, Jerónimo Zurita, Pedro Mexía, el
padre
Mariana, Rodrigo Caro, Herrera, Méndez Silva, Salazar
de
Mendoza, el padre Nieremberg, Fleury, Antonio de
Espinosa, fray Pablo Yañez de Avilés, Juan Antonio
de
Estrada, Fr. Rafael y Fr. Pedro Rodríguez Mohedano,
el
padre Enrique Flores, etc. Y, claro está, sin olvidar
a todos
los preceptistas de la monta a la jineta, de entre los que
destaca
y cita con especial profusión a Gregorio de Tapia y
Salcedo, de cuyos Exercicios dice poseer un ejemplar,
menoscabado de hojas, sin fechas de cuando ni donde
se
hizo su impresión... con varias láminas del
primoroso pincel
de M.ª Eugenia de Veher
«1» .
»En tercer lugar y para completar esta presentación,
no
estará de más dedicar unos minutos a comentar
algunos aspectos
relacionados con el planteamiento, la estructura formal y
el contenido de la obra. Como recordaran, justo al comienzo
de mi intervención hice una leve referencia a la dificultad
que
entrañaba clasificar este libro dentro de la literatura
taurina.
En efecto, los Precisos manejos no responden al perfil típico
ni de las barrocas reglas de torear a caballo que le precedieron
ni de las tauromaquias de a pie que le van a seguir, ya que
su autor, a diferencia de lo que hicieron los de esas otras
obras,
no se limita simplemente a transmitirnos, con una finalidad
didáctica, su experiencia personal en el arte de lidiar
los toros
a caballo, sino que va mucho más allá, tratando
de situar a los
tratos con el toro (y tanto en las plazas como en el campo,
no
se olvide este extremo) en un lugar preferente dentro de la
tradición
y la vida de los españoles. Y de ahí precisamente
esos
otros dos títulos que da a la obra Singulares
privativas glorias
de España y Naturales laudables costumbres de los españoles,
bastante más ajustados, al menos en mi opinión,
a ese
objetivo primordial que este otro, mucho más oportunista,
de
Precisos manejos que, finalmente, ha prevalecido. Y es, justamente,
ese intento de incardinar a las fiestas de toros dentro de
nuestras más antiguas y rancias costumbres y dotarla
de un
pasado prestigioso (de una genealogía, como afirma
González
Troyano, tan noble como lejana y mítica),
lo que le lleva a
tratar de fundamentar todas sus argumentaciones en la historia
y en la tradición, trufando el texto con un sin fin
de citas y
referencias de los autores más dispares. De esta forma
consigue
dotarlo de una enorme carga de erudición, que no sólo
termina
por abrumar al lector sino que, en no pocas ocasiones, le
hace
perder el hilo conductor del razonamiento que Daza trataba
de defender. Pero, pese a ese eruditismo desbordado y a
esa verbosidad excesiva de que nos habla igualmente
el propio
González Troyano (y que se hace presente, sobre todo,
cuando trata de verter doctrina y plantear disquisiciones
librescas y abstractas), la finalidad de la obra no
ofrece
dudas: reivindicar el arte del toreo en unos momentos de furibundo
antitaurinismo por parte del Estado y de toda la intelectualidad
a su servicio. Y ello, conviene resaltarlo, contraatacándoles
con dos de las principales armas esgrimidas por los
detractores de la fiesta y que él invierte, a saber:
defendiendo
el sentido utilitario de los tratos con el toro y de su armonía
con la Naturaleza.
»Por lo que atañe, a su vez, a la tan controvertida
estructuración interna de la obra, quiero decir que,
al menos
en mi opinión, ésta no es tan desordenada, confusa
y difusa
como muchos de los supuestos lectores del manuscrito han
pretendido. Quiero subrayar lo de supuestos lectores por que,
a mi entender, este libro ha sido mucho más citado
que realmente
leído y al respecto, voy a poner un ejemplo de alguien
que estoy convencido que lo leyó aunque ello no fue
óbice
para que incurriera en errores de bulto sobre su contenido.
Me refiero, ni más ni menos, que al mismísimo
J. M.ª Cossío
quien, al tratar de esta obra dice que contiene unos
capítulos,
que ocupan casi entero el segundo tomo, sobre el modo
de combatir a los bandoleros y exterminar los lobos.
Pues
bien, esos famosos capítulos, añadidos por las
razones que ya
sabemos en la segunda versión que Daza hizo de su obra
y
que, por cierto, sólo son ocho, se encuentran en el
tomo primero
y numéricamente apenas suponen una sexta parte de los
XLVII
capítulos de que consta dicho tomo. Pero, volviendo
al tema que nos interesa, es decir, el de su estructuración
interna, lo que trato de señalar es que, si bien no
podemos
considerarla un modelo de racionalidad, esa racionalidad tan
al gusto de la época, sí que responde a un plan
claramente
preconcebido por su autor, como se pone de relieve en la
portadilla del tomo segundo, cuando advierte que
el libro
divídese en dos tomos, el primero contiene los
manejos
prácticos y éste declara y aclara el privativo
derecho de los
españoles. Dicho en otras palabras, Daza concibe
su obra en
dos partes bien diferenciadas: una primera, eminentemente
práctica, en la que vierte, para instrucción
de los que decidan
torear a caballo con la vara larga, todos los conocimientos
y
experiencias que ha ido acumulando en las tareas del campo
y en su larga vida profesional como varilarguero; una segunda,
de carácter esencialmente teórico, en la que
trata de historiar
la génesis y evolución de los tratos con el
toro. Ahora
bien, la existencia de ese plan previo, en la mente y en la
intención del autor, es una cosa y otra bien distinta
que a la
hora de su concreción y, de forma muy particular, en
el más
teórico y especulativo tomo segundo, se nos adentre,
en no
pocas ocasiones, en materias cuyos nexos con la tauromaquia
resultan francamente difíciles si no imposibles de
digerir.
Como botones de muestra valgan los capítulos dedicados
a
cantar las dichas de España por tener como su
privativo custodio
y tutelar a S. Miguel Arcángel y las derivadas
de
otros varios portentos como la venida a España
del apóstol
Santiago; los consagrados a demostrar la localización
del
Paraíso terrenal en Andalucía o que el arca
de Noé arribó a
nuestras costas y los descendientes del patriarca poblaron
el país, etc. Son, efectivamente, estos capítulos
cuya vinculación
con el mundo de los toros solo debió estar clara en
la
mente del autor y de ahí su inclusión
los que, en mayor
medida, contribuyen a desorientar al lector y los que, en
definitiva, han terminado por contaminar al conjunto de la
obra de ese carácter desordenado, confuso y hasta difuso
que,
tan a menudo, se le ha achacado. Pero, insisto, sólo
afectan al
tomo segundo, pues el primero, pese a las anécdotas
y
divagaciones, a veces innecesarias, que intercala para ilustrar
su discurso, se lee y sigue con relativa facilidad.
»Finalmente y para concluir con esta presentación,
quisiera
cuando menos aludir a algunos capítulos de ese tomo
primero
(que es donde se concentra el bagaje taurino del libro), en
los
que se contiene, como señala Cossío, un
verdadero arte de torear
a caballo, originalísimo y lleno de vida y vigor, como
fruto de experiencia
personal, libre de precedentes e influencias. En efecto,
su tratado
no tiene nada de científico sino que es puramente experimental:
el resultado de las vivencias de un jinete realmente excepcional,
que se formó desde muy joven en el campo (confiesa
no saber qué
hizo antes si andar por mi pie o a caballo con reses
proporcionadas
a mi edad) y que estuvo en activo más de treinta
y dos años,
perfeccionando y contrastando su arte, según nos confiesa
también,
en casi todas las plazas de España.
»Por de pronto e invocando la autoridad de sus maestros
en el arte de picar (y reconoce como tales a Juan Merchante,
Juan de Santander, Jose Fernández y Juan Hijón),
tres son las
condiciones que, a su juicio, debería reunir todo buen
varilarguero
para actuar en público, a saber, pundonor, fortaleza
y consumada
práctica ya que, añade, estas virtuales
razones son los mejores
fiadores de la parte del arrojo, que no puede usar del generoso
impulso el que carezca de ellas. Sin tales cualidades
no es posible
la práctica de este arte y quienes no las posean debían
ser
expulsos del reino, como vagantes espurios y no ser
contratados
jamás por los administradores de las plazas. Pero aún
exige más,
ya que, en su opinión, ni basta ser diestro a
caballo, si no lo son
igualmente de a pie y la razón que arguye para
esta exigencia
es que hay lances tan urgentes, que se precisa valerse
de
esa otra habilidad.
»A propósito de la formación del picador
señala que, de la
misma forma que el matadero fue y es la mayor escuela
del
arte del toreo a pie, las faenas del campo lo son para el
toreo a
caballo, que irse a la palestra no estando muy versados,
en los
campos, les parecerá o que en la imaginación
delicias, en la
ejecución zaguanes del infierno. Y más
adelante añade que
para hacerse capaces de picar o rejonear deben pasar antes
por
los escabrosos senderos de una continuada práctica
en los campos,
a pie y a caballo, auxiliados de buenos peritos, hasta fortalecer
el
ánimo, las fuerzas y el conocimiento, sin los cuales
no pueden resistirse
las fuertes invasiones de los caballos y toros; haciéndose
a sufrir
buenos porrazos, malas comidas, mucho cansancio y estropeamiento;
que es la ordinaria fruta que reparte la temeraria afición;
pero también
es la parte más acreedora de lo que después
se adquiere en las plazas,
que así sucede en todas las facultades. La verdadera
escuela del
piquero han de ser, por tanto, las distintas faenas que se
realizan
en el campo con el ganado vacuno: las de acoso y derribo
(de las que describe hasta seis formas diversas de ejecución:
tres con la garrocha, dos sin ella bien coleando
al animal, bien
sirviéndose de un lazo y una sexta a pie), las
propias de los apartaderos
para sacar novilladas, toradas y reses para los mataderos
y,
sobre todo, las que se realizaban en los herraderos
y, muy en
particular, en el más famoso de toda Andalucía,
el del Coto de Doñana,
cuyas tareas describe y explica con minuciosidad. En tales
faenas
ve Daza el espejo en que debían mirarse todos
los picadores,
y en él retratar y conocer sus faltas, sus sobras o
sus menguas,
apostillando que el no pasar, antes de salir a las plazas,
por
semejantes disciplinas y escabrosos senderos, es una osadía
e
insufrible fraude, ultraje y mengua de nuestra nación.
»Ahora bien y como dirá más adelante «no
es prueba que
afiance la seguridad de picar bien en las plazas la de saber
y
poder derribar en el campo con primor, aunque este es el principio
elemental de hacerlo bien en aquéllas; que hemos visto
a diversos que en manejos del campo son sobresalientes y en
las plazas muy torpísimos, o por falta de espíritu
o de la prudencia
y genio que ellas piden». De ahí, precisamente,
que
exija de los picadores, además de ese imprescindible
aprendizaje
en el campo, la adquisición de un precioso don
o requisito...
que es aquel duende, agente, fenómeno o ente de razón
que el mundo llama conocimiento... y yo le defino con el mote
de tino mental o intelectual retentiva, una cualidad
tan útil y
necesaria para la práctica de este arte, que sin ella
es irse el
picador, rejoneador y torero arriesgados. ¿Y
en que consiste
ese tino mental? Como nos dirá más adelante,
en la capacidad
para resolver airosamente cuantos incidentes o imprevistos
puedan surgir en la plaza, ya sea por los extraños
y variaciones
que experimentan los toros en el transcurso de su lidia
como por otras circunstancias, incluso ajenas a la lidia
misma, que provoquen con sus comportamientos o actitudes
los propios compañeros o el público. Ello exige
del picador, una vez
en la plaza, atender, con suma reflexión y cuidado,
el suelo
que pisa, el toro que pica, cómo debe mandar los caballos,
cómo ha de acomodarse en la silla y cómo ha
de manejarse en
todas sus acciones... que este conjunto de cosas debe unir
y
enlazarlos con muy delicada reflexión, para evitar
los riesgos
de su estimación y persona.
»Por lo que atañe a las reglas del picar, comienza
advirtiendo que la primera suerte se ha de realizar de nueve
a
doce pasos de la puerta del toril y a dos o tres de las tablas
y
allí bien sosegado, y ceñido con caballo
y silla, procurará
que al entrarle el toro les encuentre hecho una sola pieza,
jinete, caballo y garrocha, sin que salga ésta del
hocico del
caballo nada más que unas cuartas... cuidando de ponerla
al
toro en el cerviguillo. Advierte que la suerte
del toril aunque
la saben elegir todos los picadores hay casos en los que
conviene no ejecutarla, como cuando el caballo se inquieta
demasiado al ver salir el toro, si se espanta de los clarines,
etc; y si le corresponde la segunda, tercera o cuarta suerte,
debe realizarlas a veinte o más pasos del compañero
que le
antecede para evitar así no estorbarse los unos a los
otros.
Distingue entre las suertes a caballo parado (herradura
parada)
y a caballo levantado (los que pican y salen huyendo),
decantándose claramente por la primera: No obstante
los
riesgos arriba expresados de estarse parado y palo corto,
me
persuado que es más lucido y útil aguardar con
caballo parado
y derecho, con el palo corto, que el andarse a carreras y
alargando la vara, que la misma luz y razón natural
nos lo
previenen y persuaden; porque en partiendo el toro a un objeto
parado, al tiempo de tirarle el golpe, precisamente, suspende
mucha parte de la velocidad que trae; y entonces es
mucho más fácil sujetarlo que cuando viene en
el fuerte de su
carrera, cuando encuentra larga la garrocha. Seguidamente
y
«para avivar más la inteligencia de los modernos»,
incluye
toda una serie de advertencias sobre la forma de ejecutar
las
suertes atendiendo a las características del toro así
como
varias observaciones y defensas que han de prevenirse
para
los toros muy fuertes y de mucho sentido y que ilustra,
como en él es habitual, con ejemplos sacados de su
propia
experiencia. Pone un énfasis especial en la descripción
de la
forma como él solía realizar desde el caballo
el «quite» o
socorro, lance al que concede gran importancia
y que ejecutó,
al parecer, por primera vez, con tan sólo once o doce
años, en su villa natal de Manzanilla y para sacar
de un apuro
al mismísimo Juan Hijón, uno de sus maestros.
»Asimismo dedica sendos capítulos al arte del
rejoneo o
garrochón que Daza también practicó y
lucidamente por cierto,
según revela el cartel de la corrida celebrada en Madrid,
el 17-
X-1774, en el que reza: saldrá a quebrar rejones
a dos toros
Francisco Martín Aravaca ... al modo que lo ejecutaban
en su
tiempo, con universal aplauso, los célebres Merchante,
Daza y
Gamero, cuya primorosa destreza procurará imitar.
Esto le
permitió parangonar sus experiencias en ambas tipos
de toreo a
caballo aunque sus preferencias se inclinan inequívocamente
por el nuevo estilo de picar a caballo parado: Este
acto de quebrar
garrochones logra por felicidad lo que no el de la vara, de
ser digna recreación de los Monarcas, no obstante que
aquélla
necesita de mayor esfuerzo, destreza y valentía.
De hecho,
ambos capítulos están escritos con un tono ciertamente
despectivo,
ya que para nuestro piquero solo las suertes de vara eran
dignas de los grandes jinetes mientras que las del garrochón
eran más bien diversión propia de aficionados.
»Hasta aquí, pues, algunos de los aspectos más
sobresalientes
de estos capítulos que conforman el «arte de
torear a
caballo» de don José Daza y en el que, como nos
advierte
Cossío, el tener siempre presente ante sí,
al dar sus reglas, la
preocupación del toro, con sus instintos, resabios
y manías, es
lo que da al tratado de Daza un carácter más
distinto y un valor
más singular, apostillando que si bien en
tauromaquias posteriores
se han de organizar y sistematizar los preceptos... no se
ha de calar más hondo en los secretos de la ejecución.
»Por último, conviene no olvidar que el toreo
a pie también
está presente en esta obra. Bien es verdad que Daza
se
limita prácticamente a proporcionarnos un inventario
o nómina
de todos los que torearon a pie en su época, pero aún
así
deja escapar algún comentario que nos ilustra acerca
de su
forma de entender esta otra tauromaquia. Tal es el caso, por
ejemplo, cuando al cantar las excelencias de sus dos toreros
preferidos, Melchor Calderón y José Cándido,
señala que ni
uno ni otro usaron las retrecherías que se han visto
y se ven
en otros que les dicen de fama, de pasar y más repasar
con la
muleta al toro hasta dejarlo sin poder moverse y entonces
con
alevosía le embisten y matan... Persuádome que
si Pedro
Romero los hubiera visto aprendería de ellos lo que
ahora no
sabe...Y también Joaquín Costillares y Josep
Hillo que, según
el voto de los entendidos, están en balanza con el
Pedro
Romero, aunque este les excede en poder.
»En definitiva yo creo que estamos ante un libro al
que
bien cabría aplicar lo que J. Cortazar escribió
en el frontispicio
de su novela Rayuela: A su manera, este libro es muchos
libros, pero sobre todo es dos libros. Y a fe que también
al
lector de estos Precisos manejos se le podría invitar
a elegir
dos posibles modos de lectura: uno de la forma en que está
escrito y otro reordenando los capítulos de ambos tomos
en
una nueva secuencia al modo como efectivamente hace
Cortazar en su novela. Pero la elaboración de este
segundo
método de lectura es algo que entiendo sólo
puede acometer
quien con seguridad más sabe de los entresijos y vericuetos
de este texto, Alberto González Troyano, al que una
vez cumplido
este primer encargo de prologar su primera edición
completa, le emplazamos a que lleve a cabo esta otra tarea.
»Para concluir, me van a permitir que lo haga leyéndoles
los versos con que el presbítero y académico
de Buenas
Letras, Francisco Orihuela y Morales, autor de la
Tauromaquía sevillana (1794), quiso rendir homenaje
a la
figura de Daza. Dicen así:
Igualmente quisiera la doctrina
Del maestro más notorio en picadores
Don Josef Daza, quien ni más mi Amigo,
Ni en las Plazas mejor, ni en Campos viose.
Porque el fue mui dichoso por su genio,
en las Plazas y Campos coronose,
Adornado de fuerzas sobrehumanas
y de un garbo y destreza las mayores.
De quien puede decirse que tenía
de un Alcides las fuerzas y vigores,
Y a nivel del valor de un Alejandro
De un Cesar las noblezas e intenciones».
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