Río Jiménez, José
“Curro Puya (Apuntes para una biografía)”
Monclova, Javier
Escenas taurinas en el Claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos”
Casanova, María Antonia
“La corrida de toros caballeresca del Museo de Cerámica de Barcelona”
González Alcantud, José Antonio
“Toros y moros. El discurso de los orígenes como metáfora cultural”
Forneas, Celia
“Abenamar, periodista taurino I”
GarcíaBaquero Lavezzi, JeanChristophe
“El abate Delaporte y las fiestas de toros: una mirada comprensiva en un ambiente hostil”


Junta de Andalucía
“Inscripción como monumento histórico artístico de los Toros de Osborne


Cossío, Manuel y Colón, Carlos
Cossío, Manuel y Colón, Carlos: Presentación del libro de Carlos Colón "El cine y los toros. Pasión y multitud", primavera de 1999.
GarcíaBaquero, Antonio
Presentación del libro de Josef Daza "Precisos manejos y progresos del arte del toreo", verano de 1999.


López Martínez, Antonio L.
“La nobleza y la cría del toro de lidia. Respuesta al Pregóntaurino de Sevilla de 1999, pronunciado por D. Pedro Romero de Solís”


Saumade, Frederic
Les Tauromachies européennes.La forme et l’histoire, une approche anthropologique, Paris, Comité des Travaux historiques et scientifiques,Ministère de l’Education Nationale, de laRecherche et de la Technologie, 1998, por P. Romero de Solís.
Villalón, F.
Poesías Completas, edición de Jacques Issorel, Madrid, Cátedra, col. Letras Hispánicas, 1998, por Rogelio Reyes Cano.
Barona Hernández, L. F. y Cuesta López, A. E.
Suerte de varas, Valencia, Diputación Provincial, 1999, por P. Romero de Solís.
AA.VV.
Antonio Ordóñez. Torero de Ronda, Ronda, Real Maestranza de Caballería de Ronda, 1999, por P. Romero de Solís.
Martín Vicente, A. y Carrasco, D. y otros (Documentación)
El Toro, Equipo 28, por Javier Medina Liniers.


Ricardo Cadenas
"Gitanillo de Triana", "Curro Romero", "Sin Título", "Manolo González".


Página de inicio»Presentaciones»"Precisos manejos y progresos del arte del toreo"

 
Imprimir
  Daza, Josef

"Precisos manejos y progresos del
arte del toreo"

Ed. de R. Reyes Cano y P. Romero de Solís, introducción de
A. González Troyano, Sevilla, Universidad y Real Maestranza
de Caballería, 1999, n.º 2 de la Colección: Tauromaquia.


El 18 de junio de 1999, bajo la presidencia del Excmo.
Sr. D. Tulio O’Neill, marqués de Caltójar, Teniente de
Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de
Sevilla, en los salones de la Real Maestranza de Caballería,
tuvo lugar el acto de presentación del libro de Josef Daza
Precisos manejos y progresos del arte del toreo, el texto de
dicha presentación fue preparado por el Sr. D. Antonio
GarcíaBaquero, miembro de la Fundación de Estudios
Taurinos.

«Me complace sobremanera poder presentarles hoy y
aquí “la primera edición completa” de los dos tomos que
componen el manuscrito del famoso varilarguero Josef Daza,
titulado Precisos manejos y progresos condonados en
dos tomos del más forzoso peculiar del arte de la Agricultura,
que lo es del toreo, privativo de los españoles y que su autor
fecha en su villa natal de Manzanilla el año 1778. Un libro de capital
importancia para la reconstrucción de la historia del toreo,
tanto a caballo como a pie, durante los dos primeros tercios
del siglo XVIII, ya que es la principal fuente de información
–“venero inagotable” le llama el Conde de Colombí– que
poseemos para dicho periodo. Pero, forzoso es decirlo también
desde un primer momento, un libro complejo y difícil de
catalogar dentro de la literatura taurina dieciochesca (en
la medida que sufregoza del mismo carácter híbrido o de
tránsito que tuvo el toreo de esa época crucial para el futuro
de la fiesta) y que ha necesitado más de dos siglos para que,
por fin, sea dado a la imprenta en la forma en que su autor
lo concibió y materializó. Y ello, a pesar de que alguna copia
del manuscrito comenzó ya a circular aún antes de que Daza
remitiese a los Príncipes de Asturias (el futuro Carlos IV y su
esposa M.ª Luisa de Parma) el ejemplar que se conserva en
la Biblioteca del Palacio Real, de donde lo ha rescatado el socio
fundador y primer presidente de esta Fundación de Estudios
Taurinos, A. González Troyano, autor asimismo del sugerente
estudio introductorio que antecede esta edición. En efecto y para
corroborar el interés que, desde un primer momento, despertó
esta obra baste con recordar que N. Fernández Moratín en su
Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas de
toros en España, escrita en 1776, se hace ya eco de su existencia
(aunque sin llegar a plagiarla, como insinúa Daza) y que las
Tauromaquias tanto de Pepe Hillo como de Montes, aunque no
la citen expresamente, también la tuvieron presente, incorporando,
en ambos casos, la parte de preceptiva que el manuscrito
contiene. Ahora bien y pese a estos precedentes que demuestran
que la obra fue muy pronto conocida, al menos por los teóricos
y preceptistas del toreo, lo cierto es que durante todo el
siglo XIX y buena parte del XX siguió inédita y circulando
sólo dentro de un reducido grupo de eruditos e iniciados en la
materia. Hubo que aguardar hasta 1959 (al no cuajar el proyecto
previo de darlo a la imprenta que acarició el duque de T’Serclaes
de Tilly) para que la Unión de Bibliófilos Taurinos consiguiese
ponerlo a disposición del público lector, si bien en una edición
de tirada reducida y que además solo incluyó el tomo primero por
entender que el segundo no aportaba nada sustancial a la historia
del toreo. Por fin, cumplidos ya cuarenta años desde esa primera
edición incompleta, la obra es publicadaen su integridad, gracias
en este caso al empeño conjunto de la Real Maestranza de
Caballería de Sevilla, de la Fundación de Estudios Taurinos y de
la Universidad hispalense. El libro ve la luz en una esmerada edición,
codirigida por Rogelio Reyes Cano y Pedro Romero de Solís
(que también ha tenido a su cargo la maquetación, la selección
de ilustraciones y redacción de sus respectivos pies) y en la que
es de justicia resaltar los trabajos que han llevado a cabo
Fernando Campese Gallego en la transcripción del texto
y Eva M.ª Reyes Pérez, José Gómez Fernández y Juan Carlos
Martínez Gil en su actualización y revisión ortográfica.

»A la vista de tan largo parto, la pregunta resulta obvia:
¿cuál es la razón para que su lectura haya estado tanto tiempo
–en frase de A. González Troyano– “retenida y enclaustrada,
en una especie de reserva sólo asequible para unos cuantos
eruditos e iniciados”?. Para el Conde de Colombí, “el tamaño
del volumen y lo costoso de la impresión” constituyen la respuesta
a tal interrogante, mientras que, por su parte, González Troyano
apunta, como otra posible causa coadyuvante, las dificultades
que entraña su lectura, ya que, en su opinión, se trata de una obra
“que exige al lector adecuarse a una escritura muy personal
y transitar por mil vericuetos diversos antes de acceder a los
testimonios y datos taurinos que más puedan interesarle”.
Aún así y admitiendo cuanto de cierto hay en estas afirmaciones,
entendemos que, al menos en su época, hubo otro hecho que
resultó mucho más determinante, ya que esos mismos problemas
y dificultades son predicables al grueso de la literatura
“arbitrista” del XVII o la “proyectista” del XVIII y ello no fue
óbice para que la mayoría de sus obras fuesen dadas
a la imprenta en su momento e incluso algunas conociesen
segundas ediciones.

»Tal como yo lo veo, el problema trasciende las razones
de índole estilísticas y económicas, con ser tan importantes,
para adentrarse en otros terrenos de mayor calado, como era,
sin ir más lejos, la inoportunidad por parte de nuestro autor,
de intentar que el Estado le autorizase y costease la impresión
de un libro apologético sobre el Arte del toreo en unos
momentos en que el presidente del Consejo de Castilla, el
Conde de Aranda, había ordenado una “consulta” con la finalidad
de abolir tales festejos y que condujo a la promulgación
de la real orden de 23-III-1778, por la que se prohibían en
todo el reino la celebración de corridas de toros de muerte. El
propio Daza es consciente de esta circunstancia cuando escribe
que el 14-XI-1772 la Real Academia de la Historia, a instancias
del Consejo de Castilla, aprobó su obra pero “en tan
opuesta oportunidad que el incesante heroico celo del
Consejo hacia el bien público se hallaba investigando si
convendría o no que prosiguiesen las corridas de toros en el
Reino, de lo cual había dado parte al Rey. Y como el título de
dichos libros las infería y se implicaba con la referida consulta,
mandó el mismo Consejo se le suspendiese la impresión”.
Tras este primer revés, Daza volverá a intentarlo algunos
años más tarde aunque no sin antes, según nos aclara,
“reveer, enmendar, añadir y variar a la copia distinto título y
nuevas reflexiones concernientes al principal asunto”. En
efecto, el título primitivo había sido Hecho y derecho de las
singulares privativas glorias de España y Arte de torear y
debió sustituirlo, aunque no lo indica expresamente, por el
que figura hoy en la portada de Precisos manejos..., al tiempo
que le añadió también una serie de nuevos capítulos.
Concretamente fueron nueve: uno (Cap. III) dedicado a exponer
los “motivos, utilidades y licitudes que obligan a los españoles
a torear”; otros cinco (711) a demostrar que la celebración
de las corridas no perjudicaban a la agricultura ni al abasto
de carnes ya que el verdadero daño residía en la gran mortandad
que ocasionaban al ganado la multitud de lobos que
proliferaban por todo el país; y otros tres (45-47)
en los que proponía diversas medidas para “extinguir los
ladrones” y promover “el aumento de la tropa militar en
España”. Y la razón fundamental que le llevó, al parecer, a
introducir estas novedades fue que, entre la redacción de una
y otra copia, Campomanes había publicado su Discurso
sobre el fomento de la Industria popular, “ofreciendo premios”,
al decir de Daza, a quienes aportasen ideas que contribuyesen
a la mejora de la agricultura e industria nacional; y como añade
más adelante, “aunque en la apariencia de mi humilde escrito
se manifieste por distinto rumbo, en la sustancia de lo que
contiene se unívoca al Real intento que en aquel se nos ordena, como
se ajusta en los capítulos III-VII-VIII-IX-X-XI-XII-XLIII-XLIV y XLV
de este tomo (primero) y en varias partes del otro que le sigue”.
En otras palabras, lo que Daza intenta es reforzar el supuesto
interés de su obra para la agricultura como una forma de
allanarle el camino para su publicación. Pero lo cierto es, como
Daza nos aclara, que aunque la Academia de la Historia “aprobó y
devolvió al mismo Consejo (su obra) sin el menor reparo,
este Supremo Tribunal no ha tenido a bien conceder su licencia
para la impresión”. Y tras esta segunda negativa del Consejo de
Castilla fue, probablemente, como apunta Cossío, cuando
Daza, dado que el costo de la impresión debía ser cuantioso,
intentó que se lo publicase alguna de las Sociedades Económicas
de Amigos del País, a la sazón existentes en España. Cossío no
aclara a que Sociedad Económica se dirigió Daza pero sí que
el informe de la obra lo realizó un tal Dionisio Fernández Molinillos
y que su texto, que se conserva en la Biblioteca Menéndez Pelayo,
fue publicado en el Boletín de dicha biblioteca por Miguel Artigas.
En ese informe Fernández Molinillo niega que el libro de Daza
tenga la menor utilidad para la agricultura, desaconsejando su
publicación y dando así al libro, según frase de Artigas,
“si no la puntilla, sí una larga” de la que hasta hoy no
había conseguido recuperarse.

»Aclaradas, pues, las posibles razones que, con mayor
fuerza, han podido contribuir a provocar la larga espera que
ha sufrido la publicación de este libro, un segundo punto en
el que creo que merece la pena detenerse (ante la imposibilidad
de ir más allá de las escasas noticias biográficas que
Daza nos dejó en su obra y que ya fueron recogidas por
Cossío) es en tratar de advertir qué sabemos sobre su capacidad
para escribir el libro y la formación exigible. Vaya por
delante que, también en este caso, se trata de lo que el propio
Daza nos informa y es cuestión de creerlo o no, en todo o en
parte, ya que no disponemos de ninguna fuente de información
alternativa para corroborarlo. Efectivamente y a
continuación del Prólogo, Daza finge una Carta Preliminar
dirigida a un amigo en la que le explica los motivos para
escribir su tratado y la capacidad de la que dispone.
Extractando de los párrafos en los que se contiene esta información
nos enteramos de las siguientes puntualizaciones. En
primer lugar que lo que tenía que escribir era un Arte de torear
y, segundo, que lo va a hacer a solicitud de un “autorizado
estímulo” que le ofrece su protección y al que se refiere,
respetando el anonimato, como un «superior Luminar... de poderosa
mano... un señor muy docto y advertido» pero que,
en un momento dado, le recrimina la «temeridad» de su
empeño y da la impresión de que le retira su apoyo. Sabemos
también que ha tenido presente la similar situación en que se
encontró su maestro en el arte de detener con la vara larga,
Juan Merchante, quien declinó la responsabilidad pese a la
oferta que le hicieron «algunos sabios colegiales de
Salamanca» para cubrirle las dificultades de la redacción.
Igualmente afirma que es consciente de «los estrechos limites
y débiles cimientos sobre que estriba mi capacidad, reducida
a haber saludado apenas unos muy escasos rudimentos
ajenos a la Latinidad». Pero, enseguida y en una especie de
contradicción formal, dedica un largo espacio a la reflexión
de lo que habían opinado Benito Feijoo, Martín Sarmiento,
Antonio Codorniu y Diego Saavedra Fajardo sobre los que
tenían la audacia de ponerse a escribir sin tener la formación
previa, citando, por menudo, ciertos párrafos de sus obras y
que adorna con alguna alusión a Casiodoro, Lope de Vega y
Molière, como si nos estuviera haciendo un guiño respecto a
la distancia entre su nula formación escolar y su «evidente»
nivel de lecturas. Es más, en un momento determinado se
defiende señalando que si bien es de admirar la formación
escolar no debe utilizarse ésta como un fetiche cuya ausencia
justificara la paralización cultural para ofrecer aquello que se
sabe por experiencia. Insiste, una y otra vez, en las angustias
que le produce el reconocimiento de su falta de formación
pero, no nos engañemos, sobre todo la previsión de las críticas
malevolentes a su obra por tal causa. En cierto sentido, a
Lope y Molière los utiliza como aliados en la medida que
ambos justificaron escribir para el vulgo e identifica lo que
llama «el discreto y mañoso artificio» de ambos autores al
respecto con el similar que el propone sobre “la naturaleza
ruda” de que está poseído; y lo fundamenta con un curioso
aviso, a saber, que cuando se habla de toros “los españoles
todos se pervierten o se convierten en vulgo”, aunque advierte
con intensidad que prefiere “torear cien toros muy feroces
a caballo” que escribir una sola página para el público. Junto
a todo esto nos informa también de que inició su obra a fines
de 1770 y que la terminó en diez meses, «sin más tiempo para
estudiar y escribir que el que usurpo al descanso en deshoras
de la noche, sufriendo el pervigilio»; que lo hizo sin la compañía
intelectual adecuada y que no dejan de haber tenido
parte en el asunto la vanidad y el orgullo de un lado (ya que
“era público que me hallaba escribiendo y lo aguardaban y
que dejar de hacerlo sería bajeza de apocado espíritu”) y, de
otro, la ausencia de la materia a tratar en obras similares, pues
no existían más que “unos ruínes andrajos de arriesgadas ridículas
reglas respecto a manejos del rejón y casi nada o nada
de la vara”. Nos confiesa que el libro ha sufrido muchas lecturas
críticas de amigos y personas de calidad y que le han
reprochado la oscuridad del estilo y el introducirse en materias
que dice eran “asuntos extraños (y) privativos de los escolásticos”.
Pero, aún así, afirma rotundamente que “ni lo que
suponen, en elogio, mis apasionados me hizo ni hace fuerza y
menos me la hará lo que rearguyen los que son desafectos por
ser mi entendimiento demasiado romo”.

»A tenor de estas indicaciones en las que no se alude en
ningún momento, sino todo lo contrario, a haber recibido
ayuda alguna para escribirlo (pero recuérdese que no tenemos
modo de comprobarlo más que la técnica del análisis textual),
deberíamos suponer que estamos en presencia de un
diletante autodidacta, suficientemente listo y despierto como
para valorar por ejemplo el talento del padre Feijoo (a quien
reconoce como verdadero maestro, del que dice poseer su
obra integra y con el que, además, se entrevistó, en cierta
ocasión, en Oviedo) pero que se mueve con harta dificultad
en la selva lingüística y no menor en la conceptual, lo que
podría avalar la tesis expuesta por González Troyano en su
introducción de que, de una u otra forma, existió una segunda
pluma para determinadas partes de la obra. La verdad es
que no se sabe bien cómo enfrentarse con un texto,
supuestamente escrito por un ignaro y en el que, sin embargo,
pueden espigarse innumerables citas desde Aristóteles y
Platón a Feijoo y su discípulo Martín Sarmiento, pasando
por las Sagradas Escrituras, los clásicos grecolatinos, las
obras de los Santos Padres, San Isidoro de Sevilla, Antonio
de Nebrija, Jerónimo Zurita, Pedro Mexía, el padre
Mariana, Rodrigo Caro, Herrera, Méndez Silva, Salazar de
Mendoza, el padre Nieremberg, Fleury, Antonio de
Espinosa, fray Pablo Yañez de Avilés, Juan Antonio de
Estrada, Fr. Rafael y Fr. Pedro Rodríguez Mohedano, el
padre Enrique Flores, etc. Y, claro está, sin olvidar a todos
los preceptistas de la monta a la jineta, de entre los que destaca
y cita con especial profusión a Gregorio de Tapia y
Salcedo, de cuyos Exercicios dice poseer un ejemplar,
“menoscabado de hojas, sin fechas de cuando ni donde se
hizo su impresión... con varias láminas del primoroso pincel
de M.ª Eugenia de Veher” «1» .

»En tercer lugar y para completar esta presentación, no
estará de más dedicar unos minutos a comentar algunos aspectos
relacionados con el planteamiento, la estructura formal y
el contenido de la obra. Como recordaran, justo al comienzo
de mi intervención hice una leve referencia a la dificultad que
entrañaba clasificar este libro dentro de la literatura taurina.
En efecto, los Precisos manejos no responden al perfil típico
ni de las barrocas reglas de torear a caballo que le precedieron
ni de las tauromaquias de a pie que le van a seguir, ya que
su autor, a diferencia de lo que hicieron los de esas otras obras,
no se limita simplemente a transmitirnos, con una finalidad
didáctica, su experiencia personal en el arte de lidiar los toros
a caballo, sino que va mucho más allá, tratando de situar a los
tratos con el toro (y tanto en las plazas como en el campo, no
se olvide este extremo) en un lugar preferente dentro de la tradición
y la vida de los españoles. Y de ahí precisamente esos
otros dos títulos que da a la obra –Singulares privativas glorias
de España y Naturales laudables costumbres de los españoles–,
bastante más ajustados, al menos en mi opinión, a ese
objetivo primordial que este otro, mucho más oportunista, de
Precisos manejos que, finalmente, ha prevalecido. Y es, justamente,
ese intento de incardinar a las fiestas de toros dentro de
nuestras más antiguas y rancias costumbres y dotarla de un
pasado prestigioso (de una genealogía, como afirma González
Troyano, “tan noble como lejana y mítica”), lo que le lleva a
tratar de fundamentar todas sus argumentaciones en la historia
y en la tradición, trufando el texto con un sin fin de citas y
referencias de los autores más dispares. De esta forma consigue
dotarlo de una enorme carga de erudición, que no sólo termina
por abrumar al lector sino que, en no pocas ocasiones, le hace
perder el hilo conductor del razonamiento que Daza trataba
de defender. Pero, pese a ese eruditismo desbordado y a
esa “verbosidad excesiva” de que nos habla igualmente el propio
González Troyano (y que se hace presente, sobre todo,
cuando trata de “verter doctrina y plantear disquisiciones
librescas y abstractas”), la finalidad de la obra no ofrece
dudas: reivindicar el arte del toreo en unos momentos de furibundo
antitaurinismo por parte del Estado y de toda la intelectualidad
a su servicio. Y ello, conviene resaltarlo, contraatacándoles
con dos de las principales armas esgrimidas por los
detractores de la fiesta y que él invierte, a saber: defendiendo
el sentido utilitario de los tratos con el toro y de su armonía
con la Naturaleza.

»Por lo que atañe, a su vez, a la tan controvertida
estructuración interna de la obra, quiero decir que, al menos
en mi opinión, ésta no es tan desordenada, confusa y difusa
como muchos de los supuestos lectores del manuscrito han
pretendido. Quiero subrayar lo de supuestos lectores por que,
a mi entender, este libro ha sido mucho más citado que realmente
leído y al respecto, voy a poner un ejemplo de alguien
que estoy convencido que lo leyó aunque ello no fue óbice
para que incurriera en errores de bulto sobre su contenido.
Me refiero, ni más ni menos, que al mismísimo J. M.ª Cossío
quien, al tratar de esta obra dice que contiene “unos capítulos,
que ocupan casi entero el segundo tomo, sobre el modo
de combatir a los bandoleros y exterminar los lobos”. Pues
bien, esos famosos capítulos, añadidos por las razones que ya
sabemos en la segunda versión que Daza hizo de su obra y
que, por cierto, sólo son ocho, se encuentran en el tomo primero
y numéricamente apenas suponen una sexta parte de los XLVII
capítulos de que consta dicho tomo. Pero, volviendo
al tema que nos interesa, es decir, el de su estructuración
interna, lo que trato de señalar es que, si bien no podemos
considerarla un modelo de racionalidad, esa racionalidad tan
al gusto de la época, sí que responde a un plan claramente
preconcebido por su autor, como se pone de relieve en la
“portadilla” del tomo segundo, cuando advierte que el libro
“divídese en dos tomos, el primero contiene los manejos
prácticos y éste declara y aclara el privativo derecho de los
españoles”. Dicho en otras palabras, Daza concibe su obra en
dos partes bien diferenciadas: una primera, eminentemente
práctica, en la que vierte, para instrucción de los que decidan
torear a caballo con la vara larga, todos los conocimientos y
experiencias que ha ido acumulando en las tareas del campo
y en su larga vida profesional como varilarguero; una segunda,
de carácter esencialmente teórico, en la que trata de historiar
la génesis y evolución de los tratos con el toro. Ahora
bien, la existencia de ese plan previo, en la mente y en la
intención del autor, es una cosa y otra bien distinta que a la
hora de su concreción y, de forma muy particular, en el más
teórico y especulativo tomo segundo, se nos adentre, en no
pocas ocasiones, en materias cuyos nexos con la tauromaquia
resultan francamente difíciles si no imposibles de digerir.
Como botones de muestra valgan los capítulos dedicados a
cantar “las dichas de España por tener como su privativo custodio
y tutelar a S. Miguel Arcángel” y las derivadas de
“otros varios portentos” como la venida a España del apóstol
Santiago; los consagrados a demostrar la localización del
Paraíso terrenal en Andalucía o que el arca de Noé arribó a
nuestras costas y los descendientes del patriarca poblaron
el país, etc. Son, efectivamente, estos capítulos –cuya vinculación
con el mundo de los toros solo debió estar clara en la
mente del autor y de ahí su inclusión– los que, en mayor
medida, contribuyen a desorientar al lector y los que, en
definitiva, han terminado por contaminar al conjunto de la
obra de ese carácter desordenado, confuso y hasta difuso que,
tan a menudo, se le ha achacado. Pero, insisto, sólo afectan al
tomo segundo, pues el primero, pese a las anécdotas y
divagaciones, a veces innecesarias, que intercala para ilustrar
su discurso, se lee y sigue con relativa facilidad.

»Finalmente y para concluir con esta presentación, quisiera
cuando menos aludir a algunos capítulos de ese tomo primero
(que es donde se concentra el bagaje taurino del libro), en los
que se contiene, como señala Cossío, “un verdadero arte de torear
a caballo, originalísimo y lleno de vida y vigor, como fruto de experiencia
personal, libre de precedentes e influencias”. En efecto, su tratado
no tiene nada de científico sino que es puramente experimental:
el resultado de las vivencias de un jinete realmente excepcional,
que se formó desde muy joven en el campo (confiesa no saber qué
hizo antes “si andar por mi pie o a caballo con reses proporcionadas
a mi edad”) y que estuvo en activo más de treinta y dos años,
perfeccionando y contrastando su arte, según nos confiesa también,
“en casi todas las plazas de España”.

»Por de pronto e invocando la autoridad de sus maestros
en el arte de picar (y reconoce como tales a Juan Merchante,
Juan de Santander, Jose Fernández y Juan Hijón), tres son las
condiciones que, a su juicio, debería reunir todo buen varilarguero
para actuar en público, a saber, “pundonor, fortaleza y consumada
práctica” ya que, añade, “estas virtuales razones son los mejores
fiadores de la parte del arrojo, que no puede usar del generoso
impulso el que carezca de ellas”. Sin tales cualidades no es posible
la práctica de este arte y quienes no las posean “debían ser
expulsos del reino, como vagantes espurios” y no ser contratados
jamás por los administradores de las plazas. Pero aún exige más,
ya que, en su opinión, “ni basta ser diestro a caballo, si no lo son
igualmente de a pie” y la razón que arguye para esta exigencia
es que “hay lances tan urgentes, que se precisa valerse de
esa otra habilidad”.

»A propósito de la formación del picador señala que, de la
misma forma que el matadero “fue y es la mayor escuela” del
arte del toreo a pie, las faenas del campo lo son para el toreo a
caballo, que “irse a la palestra no estando muy versados, en los
campos, les parecerá o que en la imaginación delicias, en la
ejecución zaguanes del infierno”. Y más adelante añade “que
para hacerse capaces de picar o rejonear deben pasar antes por
los escabrosos senderos de una continuada práctica en los campos,
a pie y a caballo, auxiliados de buenos peritos, hasta fortalecer el
ánimo, las fuerzas y el conocimiento, sin los cuales no pueden resistirse
las fuertes invasiones de los caballos y toros; haciéndose a sufrir
buenos porrazos, malas comidas, mucho cansancio y estropeamiento;
que es la ordinaria fruta que reparte la temeraria afición; pero también
es la parte más acreedora de lo que después se adquiere en las plazas,
que así sucede en todas las facultades”. La verdadera escuela del
piquero han de ser, por tanto, las distintas faenas que se realizan
en el campo con el ganado vacuno: las de acoso y derribo
(de las que describe hasta seis formas diversas de ejecución:
tres con la garrocha, dos sin ella –bien “coleando” al animal, bien
sirviéndose de un lazo– y una sexta a pie), las propias de los “apartaderos
para sacar novilladas, toradas y reses para los mataderos” y,
sobre todo, las que se realizaban en los “herraderos” y, muy en
particular, en el más famoso de toda Andalucía, el del Coto de Doñana,
cuyas tareas describe y explica con minuciosidad. En tales faenas
ve Daza “el espejo en que debían mirarse todos los picadores,
y en él retratar y conocer sus faltas, sus sobras o sus menguas”,
apostillando que el “no pasar, antes de salir a las plazas, por
semejantes disciplinas y escabrosos senderos, es una osadía e
insufrible fraude, ultraje y mengua de nuestra nación”.

»Ahora bien y como dirá más adelante «no es prueba que
afiance la seguridad de picar bien en las plazas la de saber y
poder derribar en el campo con primor, aunque este es el principio
elemental de hacerlo bien en aquéllas; que hemos visto
a diversos que en manejos del campo son sobresalientes y en
las plazas muy torpísimos, o por falta de espíritu o de la prudencia
y genio que ellas piden». De ahí, precisamente, que
exija de los picadores, además de ese imprescindible aprendizaje
en el campo, “la adquisición de un precioso don o requisito...
que es aquel duende, agente, fenómeno o ente de razón
que el mundo llama conocimiento... y yo le defino con el mote
de tino mental o intelectual retentiva”, una cualidad tan útil y
necesaria para la práctica de este arte, que sin ella “es irse el
picador, rejoneador y torero arriesgados”. ¿Y en que consiste
ese tino mental? Como nos dirá más adelante, en la capacidad
para resolver airosamente cuantos incidentes o imprevistos
puedan surgir en la plaza, ya sea por los extraños y variaciones
que experimentan los toros en el transcurso de su lidia
como por otras circunstancias, incluso ajenas a la lidia
misma, que provoquen con sus comportamientos o actitudes
los propios compañeros o el público. Ello exige del picador, una vez
en la plaza, atender, con suma reflexión y cuidado, “el suelo
que pisa, el toro que pica, cómo debe mandar los caballos,
cómo ha de acomodarse en la silla y cómo ha de manejarse en
todas sus acciones... que este conjunto de cosas debe unir y
enlazarlos con muy delicada reflexión, para evitar los riesgos
de su estimación y persona”.

»Por lo que atañe a las reglas del picar, comienza
advirtiendo que la primera suerte se ha de realizar de nueve a
doce pasos de la puerta del toril y a dos o tres de las tablas y
allí “bien sosegado, y ceñido con caballo y silla, procurará
que al entrarle el toro les encuentre hecho una sola pieza,
jinete, caballo y garrocha, sin que salga ésta del hocico del
caballo nada más que unas cuartas... cuidando de ponerla al
toro en el cerviguillo”. Advierte que la “suerte del toril” aunque
la saben elegir todos los picadores hay casos en los que
conviene no ejecutarla, como cuando el caballo se inquieta
demasiado al ver salir el toro, si se espanta de los clarines,
etc; y si le corresponde la segunda, tercera o cuarta suerte,
debe realizarlas a veinte o más pasos del compañero que le
antecede para evitar así no estorbarse los unos a los otros.
Distingue entre las suertes a caballo parado (“herradura parada”)
y a caballo levantado (“los que pican y salen huyendo”),
decantándose claramente por la primera: “No obstante los
riesgos arriba expresados de estarse parado y palo corto, me
persuado que es más lucido y útil aguardar con caballo parado
y derecho, con el palo corto, que el andarse a carreras y
alargando la vara, que la misma luz y razón natural nos lo
previenen y persuaden; porque en partiendo el toro a un objeto
parado, al tiempo de tirarle el golpe, precisamente, suspende
mucha parte de la velocidad que trae; y entonces es
mucho más fácil sujetarlo que cuando viene en el fuerte de su
carrera, cuando encuentra larga la garrocha”. Seguidamente y
«para avivar más la inteligencia de los modernos», incluye
toda una serie de advertencias sobre la forma de ejecutar las
suertes atendiendo a las características del toro así como
“varias observaciones y defensas que han de prevenirse para
los toros muy fuertes y de mucho sentido” y que ilustra,
como en él es habitual, con ejemplos sacados de su propia
experiencia. Pone un énfasis especial en la descripción de la
forma como él solía realizar desde el caballo el «quite» o
“socorro”, lance al que concede gran importancia y que ejecutó,
al parecer, por primera vez, con tan sólo once o doce
años, en su villa natal de Manzanilla y para sacar de un apuro
al mismísimo Juan Hijón, uno de sus maestros.

»Asimismo dedica sendos capítulos al arte del rejoneo o
garrochón que Daza también practicó y lucidamente por cierto,
según revela el cartel de la corrida celebrada en Madrid, el 17-
X-1774, en el que reza: “saldrá a quebrar rejones a dos toros
Francisco Martín Aravaca ... al modo que lo ejecutaban en su
tiempo, con universal aplauso, los célebres Merchante, Daza y
Gamero, cuya primorosa destreza procurará imitar”. Esto le
permitió parangonar sus experiencias en ambas tipos de toreo a
caballo aunque sus preferencias se inclinan inequívocamente
por el nuevo estilo de picar a caballo parado: “Este acto de quebrar
garrochones logra por felicidad lo que no el de la vara, de
ser digna recreación de los Monarcas, no obstante que aquélla
necesita de mayor esfuerzo, destreza y valentía”. De hecho,
ambos capítulos están escritos con un tono ciertamente despectivo,
ya que para nuestro piquero solo las suertes de vara eran
dignas de los grandes jinetes mientras que las del garrochón
eran más bien diversión propia de aficionados.

»Hasta aquí, pues, algunos de los aspectos más sobresalientes
de estos capítulos que conforman el «arte de torear a
caballo» de don José Daza y en el que, como nos advierte
Cossío, “el tener siempre presente ante sí, al dar sus reglas, la
preocupación del toro, con sus instintos, resabios y manías, es
lo que da al tratado de Daza un carácter más distinto y un valor
más singular”, apostillando que si bien “en tauromaquias posteriores
se han de organizar y sistematizar los preceptos... no se
ha de calar más hondo en los secretos de la ejecución”.

»Por último, conviene no olvidar que el toreo a pie también
está presente en esta obra. Bien es verdad que Daza se
limita prácticamente a proporcionarnos un inventario o nómina
de todos los que torearon a pie en su época, pero aún así
deja escapar algún comentario que nos ilustra acerca de su
forma de entender esta otra tauromaquia. Tal es el caso, por
ejemplo, cuando al cantar las excelencias de sus dos toreros
preferidos, Melchor Calderón y José Cándido, señala que “ni
uno ni otro usaron las retrecherías que se han visto y se ven
en otros que les dicen de fama, de pasar y más repasar con la
muleta al toro hasta dejarlo sin poder moverse y entonces con
alevosía le embisten y matan... Persuádome que si Pedro
Romero los hubiera visto aprendería de ellos lo que ahora no
sabe...Y también Joaquín Costillares y Josep Hillo que, según
el voto de los entendidos, están en balanza con el Pedro
Romero, aunque este les excede en poder”.

»En definitiva yo creo que estamos ante un libro al que
bien cabría aplicar lo que J. Cortazar escribió en el frontispicio
de su novela Rayuela: “A su manera, este libro es muchos
libros, pero sobre todo es dos libros”. Y a fe que también al
lector de estos Precisos manejos se le podría invitar a elegir
dos posibles modos de lectura: uno de la forma en que está
escrito y otro reordenando los capítulos de ambos tomos en
una nueva secuencia al modo como efectivamente hace
Cortazar en su novela. Pero la elaboración de este segundo
método de lectura es algo que entiendo sólo puede acometer
quien con seguridad más sabe de los entresijos y vericuetos
de este texto, Alberto González Troyano, al que una vez cumplido
este primer encargo de prologar su primera edición
completa, le emplazamos a que lleve a cabo esta otra tarea.

»Para concluir, me van a permitir que lo haga leyéndoles
los versos con que el presbítero y académico de Buenas
Letras, Francisco Orihuela y Morales, autor de la
Tauromaquía sevillana (1794), quiso rendir homenaje a la
figura de Daza. Dicen así:

“Igualmente quisiera la doctrina
Del maestro más notorio en picadores
Don Josef Daza, quien ni más mi Amigo,
Ni en las Plazas mejor, ni en Campos viose.
Porque el fue mui dichoso por su genio,
en las Plazas y Campos coronose,
Adornado de fuerzas sobrehumanas
y de un garbo y destreza las mayores.
De quien puede decirse que tenía
de un Alcides las fuerzas y vigores,
Y a nivel del valor de un Alejandro
De un Cesar las noblezas e intenciones”».

 

 

 

Integrantes
© FUNDACIÓN DE ESTUDIOS TAURINOS
Adriano, 33, 2.º B 41001Sevilla
Tlf.: 954210569

estudiostaurinos@taurologias.com

Optimizado para IExplorer 4, Netscape 4.7 y posteriores

Las noticias, asertos y opiniones contenidos en este número son de la exclusiva responsabilidad de los autores. La Fundación de Estudios Taurinos sólo responde del interés científico de sus publicaciones.