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El siglo XVIII vio proliferar en Europa un género
literario que conocemos como libros de viajes. Va
de suyo que el viaje no fue un descubrimiento del
«siglo de las luces» pero fue entonces cuando
sus
relatos se convirtieron en un género propio: la literatura
de
viajes. Pese a que la Península Ibérica quedó
excluida, durante
buena parte del siglo, de lo que los ingleses llamaban «the
grand tour», fueron, no obstante, numerosos los viajeros
que
la visitaron, según ponen de manifiesto los repertorios
bibliográficos
de A. Farinelli o de R. FoulchéDelbosc «1»
. En principio
y en los países que visitaban, nada parecía
escapar al
interés de estos «curiosos impertinentes»,
como les llamó I.
Robertson: desde la geografía y el paisaje al carácter
y costumbres
de sus habitantes, pasando por las instituciones políticas,
la religión, el arte y la cultura, la indumentaria
y hábitos
alimenticios, las fiestas y diversiones, etc. Y ello era así,
porque, como señala G. Gómez de la Serna, «para
lo que viaja
el hombre del siglo XVIII es para conocer al hombre...
ese viaje está lleno de sentido utilitario; se viaja
para ilustrarse;
mas para emplear esa ilustración en el mejor régimen
de la vida pública y privada» (Gómez de
la Serna, 1974: 12).
El deseo de información y el sentido utilitario de
la Ilustración
están, pues, presentes en estos viajes, para los que
se dan
incluso normas precisas al presunto viajero: observar
atentamente la realidad; reflexionar sobre ella; eliminar
todo
prejuicio provocado por su cultura originaria y atender a
lo
verdaderamente útil, huyendo de lo anecdótico
(Gómez de la
Serna, 1974: 13).
Bien es verdad que este «credo» tan racionalista
no
siempre fue fielmente interpretado por muchos de los viajeros
que visitaron la Península en el siglo XVIII; de ahí
la acusación
de subjetividad y de superficialidad que ha pesado y pesa
sobre la mayoría de sus relatos. En efecto, se les
acusa de quedarse
con frecuencia en visiones epidérmicas, referidas,
las
más de las veces, a cuestiones anecdóticas o
marginales; también
de que sus juicios suelen ser, por lo general, bastantes
subjetivos, ya que sus prejuicios ideológicos en lo
políticosocial
o en lo religioso les impidieron una comprensión objetiva
de la realidad, así como de que sus fuentes de información
no fueron, a menudo, las más adecuadas. Sin embargo,
tampoco
fue siempre así y algunos de estos relatos constituyen,
hoy
por hoy, una interesantísima fuente de información
histórica.
Concretamente y para C. Martínez Shaw, el hecho de
que estos
relatos fijen su atención en cuestiones consideradas
tradicionalmente
como «marginales, anecdóticas o tópicas»,
ha motivado,
justamente, su revalorización, en la medida en que
«esas
cosas que pasaban por anecdóticas forman hoy parte
de ese
territorio del historiador en abierta expansión: la
alimentación,
la familia, la fiesta, la marginalidad, la cultura material,
la cultura
popular...» (1982: 48).
Centrándonos en el tema de las fiestas y, de forma
muy
particular, en las de toros, A. Lafront hace ya años
que llamó
la atención sobre la importancia que para la reconstrucción
de
su historia, sobre todo en un periodo tan complejo y confuso
como es el siglo XVIII, podía tener el recurso a una
«fuente
preciosa» y de la que hasta entonces los historiadores
de la
tauromaquia apenas se habían servido: los libros de
viajes.
Concretamente y en su opinión, «los relatos de
viajes en
España redactados por extranjeros pueden, desde el
punto de
vista histórico, representar por su valor de documento,
una
fuente de información y de puesta a punto tan instructiva
como atrayente» (Lafront, 1988: 38). Y abundando sobre
este
mismo particular, D. Ruiz Morales, en el prólogo al
libro de
A. Lafront que acabamos de citar, insiste, a su vez, en el
error
que ha supuesto menospreciar esta «fuente de información
de
primera mano», de la que destaca, como principales virtudes,
su «espontaneidad» y su «insospechada objetividad»,
producto
del carácter de «espectador neófito»
que tiene precisamente
el viajero. En efecto y en sus propias palabras, «el
viajero
puro, auténtico, el turista de los siglos pasados...
iba anotando
con minuciosidad en su diario todo lo que se ofrecía
a su
curiosidad. En su condición de neófito, no deja
nada en el tintero
y registra el menor detalle, esos detalles ausentes en los
relatos españoles que los callan por considerarlos
conocidos
de todos» (Ruiz Morales, 1988: 910). Por consiguiente,
ese
desconocimiento del viajero sobre el mundo de los toros es
lo
que le hace ser objetivo y espontáneo, sin que esa
fidelidad a
lo experimentado sea óbice para que, a veces, como
advierte
el propio Ruiz Morales, incluyan valoraciones en torno a la
fiesta, que van de la admiración a la condena y que
también
merecen ser tomadas en consideración.
Pues bien y tomando como punto de partida estas apreciaciones
iniciales acerca de la literatura de viajes como fuente
para la historia de la tauromaquia, lo que me propongo a
continuación es dar a conocer uno de esos textos en
los que
un viajero del siglo XVIII nos relata y comenta una fiesta
de
toros. Se trata concretamente de la relación de una
corrida de
toros celebrada en Lisboa en 1754 y que el abate Delaporte
incluyó en el tomo XV dedicado a Portugal de su monumental
obra El viajero universal. La obra, compuesta por 42
tomos, está escrita en forma epistolar y se publicó
en París
entre 1765 y 1795. No es mucho lo que se sabe acerca del
autor, salvo que nació en Belfort en 1713, que ingresó
joven
en la Compañía de Jesús de la que se
separó en 1742 y que
murió en la capital de Francia en 1779, tras una prolífica
labor en la que destacó, sobre todo, su tarea como
compilador,
según ponen de manifiesto títulos como Ecole
de litterature
tirée de nos meilleurs ecrivains (1763); Le portefeuille
dun homme de goût o lEsprit de nos meilleurs
poètes
(1765); Histoire litteraire des femmes françaises (1769),
etc.
Con referencia a la obra que aquí nos ocupa, FoulchéDelbosc
señala que el abate Josef Delaporte sólo escribió
los
26 primeros tomos, mientras que el 27 y 28 fueron obra del
abate de Fontenay y los restantes de Domairon (FoulchéDelbosc,
1991: 107-108). Existe una traducción al castellano
con el título de El viajero universal o noticia del
mundo antiguo
y nuevo, impresa en Madrid entre 1796-1801. Su traductor fue
el presbítero D. Pedro Estala, quien, según
señalaron primero
Brunet y, tras él, Palau, si bien fue fiel al texto
de
Delaporte en los primeros tomos, a partir del VII y por
considerarlo un guía poco fiable, prefirió abandonarlo
y continuar
la obra en base a relaciones de viajeros modernos y más
dignos de crédito y hacer, de esta forma, una colección
nueva
(Brunet, 1843, III y Palau, 1954: VII, 375) (Fig. n.º
24). En
efecto, la versión española consta de 39 tomos
(más otros cuatro
de Suplemento) y entre ellos no se incluyen los correspondientes
a Portugal (XV) ni a España (XVI), lo que significa
que el texto de Delaporte que aquí presentamos posiblemente
sea la primera vez que se traduce al castellano. Es más
y al respecto
de las posibles razones que llevaron a P. Estala a prescindir
en concreto del tomo dedicado a España, el propio Palau
nos indica que en el Memorial literario (Madrid, 1788) apareció
una refutación del mismo calificándolo de «obra
mentirosa».
Sobre este extremo han venido a insistir con posterioridad,
tanto J. J. A. Bertrand, al afirmar que este tomo sólo
contribuye
a «expandir prejuicios y aumentar malentendidos»
sobre
España, como el eminente hispanista especializado en
nuestro
siglo XVIII, J. Sarrailh, cuestionando incluso que el abate
Delaporte llegase a visitar España y localizando las
fuentes que
plagió para construir su relato (Cfdo. Bertrand, 1931;
Sarrailh,
1, 1934: XXXVI, 29-70).
En cualquier caso y por lo que atañe al texto que aquí
nos ocupa, ya hemos señalado que se incluye en el tomo
XV
dedicado a Portugal y forma parte de la Carta CLXXXVIII
fechada en Lisboa el 4 de abril de 1754. En opinión
de
A. Lafront, la «fiesta de toros» que en él
se describe «no ofrece
el menor interés para la historia de la tauromaquia
y su evolución
en el siglo XVIII» y de ahí que optase por no
reproducirla en su antología (1988: 165). Es más,
sostiene
que está inspirada en los capítulos XV y XVII
del Voyage
dEspagne de Antoine Brunel, publicado en 1666, aunque
puesto a buscarle fuentes de inspiración, lo mismo
podía
haber citado y con idéntico fundamento, el texto que
incluye
en su antología de las Memoires curieux de Jacques
Carel de
Sainte Garde o, también, el de Bernardin Martin.
Pero, y con independencia del hecho cierto de que la
corrida «a la portuguesa» que en él se
describe no aporte nada
nuevo ni sustancial a la historia de la tauromaquia, queremos
aclarar que el motivo que nos ha llevado a traducirlo y publicarlo
en las páginas de esta Revista de Estudios Taurinos
trasciende la descripción propiamente dicha del festejo
para
centrarse en los comentarios y juicios que sobre tales fiestas
emite nuestro abate. En efecto, Delaporte incluye unas reflexiones
acerca del sentido y significado de las fiestas de toros
en general (según él, la «pasión»
que es idéntica en portugueses
y españoles) que juzgamos del mayor interés
y no sólo por
venir de quien vienen (un extranjero al que habría
que considerar
enemigo natural de la fiesta), sino también por las
fechas
en las que se producen. No estará de más recordar
al respecto
que, en 1754, Fernando VI había decretado una prohibición,
siquiera fuera parcial, de las corridas de toros en España
y
que, justo en las fechas en que se publica el texto, la práctica
totalidad de nuestros ilustrados mostraban su más absoluto
e
inmisericorde rechazo de esta fiesta, a la que atacaban por
su
crueldad y el despilfarro económico que suponían,
además de,
por la mala imagen que daban de España en el extranjero
«2».
Pues bien y frente a este clima general de hostilidad reinante
en España frente a su «fiesta nacional»,
este abate procedente
de la Francia ilustrada, aún reconociendo que se trata
de un
espectáculo «cruel» y «contrario
a las leyes de la naturaleza y
humanidad», no sólo se muestra contrario a su
prohibición
sino que pondera su belleza formal (lo considera «uno
de los
espectáculos más hermosos del mundo, aunque
sea simplemente
para ser vistos») y ve en él una auténtica
escuela de
buenas virtudes, similar a la que en su día fueron
los torneos
pero con la ventaja de que en ellos no hay «tanta efusión
de
sangre humana». Concretamente y en su opinión,
«incitan el
alma de los espectadores a las grandes y bellas acciones»,
acostumbra a «despreciar el peligro (y) nos enseña
la mejor
manera de superarlo sin miedo», así como «a
prestar un rápido
socorro a los que allí están expuestos y a arriesgarse
valerosamente» por ellos, exigiendo de los que en él
intervienen
«cualidades que les honran».
He aquí, pues, a nuestro modo de entender, donde reside
el verdadero interés de este texto, al que no se le
había
prestado la atención que merecía y que, gracias
al aliento
recibido del director de esta Revista, P. Romero de Solís,
ponemos hoy a disposición de todos los interesados
en el
tema «3»
. Y sin más preámbulo, damos ya paso a la versión
española de esta, al menos para la época, sorprendentemente
comprensiva visión que el abate Delaporte tuvo de nuestras
fiestas de toros.
Fig.
n.º 24. Portada de la primera edición
española del Viaje Universal,
impresa en Madrid
entre 1796-1801 por el taller de Fermín Villalpando.
Su traductor fue el presbíterodon Pedro Estala, quien,
si bien fue fiel al texto de Delaporte en los primeros tomos,
a partir del VII, y por considerarlo un guía poco fiable,
prefirió abandonarlo y continuar la obra en base arelaciones
de viajeros más dignos de crédito. La edición
española
que consta de 43 tomos no incluye los textos correspondientes
a Portugal ni a España (Foto de P. Romero de Solís).
«EL VIAJERO FRANCÉS O CONOCIMIENTO DEL ANTIGUO
Y DEL
NUEVO MUNDO ((puesto al día por el abate Delaporte,
Tomo XV,
Paris, L. Cellot, 1772. Carta CLXXXVIII, págs. 308-321).
»Después de la fiesta del Auto de Fe, de la que
habéis
visto son los portugueses tan amantes, su principal diversión
es la corrida de toros. Pocas ciudades hay en el reino que
no
tengan una plaza destinada a este espectáculo y hasta
en los
mismos pueblos, nadie, incluidos los campesinos, que no
practiquen esta diversión. Cuando se celebran en las
ciudades,
acuden desde doce leguas a la redonda. No imaginéis
que estos desagradables juegos son como los que se ven tan
a menudo en París, en los que un toro es acosado y
destrozado
por una manada de perros; sino unos combates en los que
un hombre solo, vestido y armado ligeramente, osa atacar a
uno de esos furiosos animales dejándolo, por lo común,
muerto en la plaza.
»Una vez que la Corte ha determinado el día de
esta
fiesta en Lisboa, se hace público de forma notoria;
y desde
este momento, un júbilo universal reina en toda la
ciudad. Se
oyen conciertos de música por doquier y este tiempo
está de
tal forma consagrado a la alegría, que las gentes se
entregan
a toda clase de bufonadas: llegan incluso a decirse injurias
atroces que, en cualquier otra ocasión, hubiesen sido
respondidas
a puñaladas.
»La víspera de este día tan deseado, todo
el mundo se
pasea por la Plaza Real para contemplar los preparativos del
combate. La fachada del palacio está rodeada de un
anfiteatro
y por encima de éste se construyen balcones que se
corresponden
con las ventanas, por las que se accede desde los aposentos.
El del Rey ocupa el centro bajo un soberbio dosel y las personas
que su Majestad juzga oportuno admitir a su lado, se
sitúan en esas ventanas. Las del anfiteatro se alquilan
muy
caras y el dinero que se recauda sirve para sufragar los gastos
de la fiesta. Los galanes de Lisboa ponen todo su empeño
para
situar allí a sus amantes y ofrecerles refrigerios
y el que no
tiene en su casa ni pan ni dinero, empeña cuanto posee
por no
dejar de cumplir ese día ni con su diversión
ni con su amor.
»Más allá de las primeras filas, se ve
un gentío impresionante
en las puertas de las casa, en las ventanas y sobre los
estrados erigidos en las calles vecinas. Las diversas filas
de
balcones que, de todos lados, rodean la plaza, están
colgados
con magníficos tapices y ocupados por los más
granado y distinguido
de la sociedad portuguesa. Ala derecha del Rey están
los miembros de los diversos Consejos; se les reconoce por
sus armas bordadas sobre telas de oro y seda. Del otro lado,
se
divisa la Corporación de la Ciudad y los Magistrados,
cada
uno según su rango y dignidad. Los Embajadores están
frente
a Su Majestad. El resto de los palcos es alquilado a diversos
particulares a un precio excesivo. La visión de tanta
gente reunida,
sobre todo de las damas, adornadas con sus joyas, resulta
en verdad llamativo. Como son muy dadas a las flores y
aderezos dorados, que todas ellas se ponen en sus cabellos,
sería
difícil imaginar algo más galano ni más
lujoso. Se muestran
en público descubiertas, cargadas de lo más
brillante que
tienen, sin olvidar nada que pueda realzar el brillo de su
belleza
y apariencia.
»Desde el momento en que el Príncipe aparece
en su
balcón y comienza la fiesta, los alabarderos avanzan
al centro
de la plaza para apartar al gentío y colocarlo en los
estrados.
Después se van ordenando en línea bajo el palco
del
Monarca; entonces es cuando se ven aparecer dos compañías
de jóvenes uniformados con tafetán rojo, portando
vasijas de
agua, con las que riegan el ruedo. Después de ellos,
llega el
Cuerpo de Justicia, acompañado de sus alguaciles, para
impedir que se cometa desorden alguno. Éstos se colocan
fuertemente agarrados los unos a los otros, porque al no tener
a su lado ni estrados ni barreras, si un toro les embiste
no les
está permitido retroceder; todos sus recursos están
en la
punta de sus alabardas, que presentan al enfurecido animal
y
si llegan a matarlo, se les concede el beneficio.
»Los toreros, es decir, los caballeros que deben entrar
en liza con los toros, son los últimos en llegar al
son de una
música militar, seguidos de gentes de librea, que llevan
las
lanzas de sus amos. Éstos no abandonan nunca a sus
caballeros,
permanecen a su lado y deben socorrerlo en los casos en
que el caballo sea derribado o herido por el toro. Los combatientes
nobles van magníficamente vestidos y cubiertos con
un sombrero adornado de altas plumas, muy deslumbrantes.
Su arma es una lanza rematada con un hierro muy puntiagudo,
con la que tiene el honor de matar al animal, ya sea clavándosela
en el cuello, ya atravesándole el corazón. Se
pone
mucho cuidado, para este tipo de fiestas, en traer los toros
más salvajes. Han sido criados en bosques, donde rara
vez el
ser humano ha podido alertar sus miradas; y con el objeto
de
impedirles el acostumbrarse a la visión de los hombres,
se
toma la precaución de hacerlos viajar sólo de
noche. Una vez
que llegan, se les encierra en una especie de establo hasta
el
momento de la corrida e incluso en ese mismo instante se cuidan
de aguijonearlos para enfurecerlos aún más.
»Entonces se empieza por saludar al Rey y a toda la
Asamblea; se pide permiso para combatir y, tras la señal
que
da el Monarca, cada caballero va galantemente a rendir
homenaje a sus damas. Es indispensable ser gentilhombre
para tener derecho a combatir a caballo y al menos es raro
que otros obtengan este honor.
»Algunas veces la fiesta comienza por una mascarada
compuesta por figuras gigantescas, que bailan indecentemente
en medio de la plaza. A continuación, son sustituidos
por
«reyes negros» cuyo séquito, compuesto
por numerosos
hombres y mujeres, bailan otras danzas igualmente lascivas
y
burlescas. Aparecen después figuras infantiles que,
conforme
se las va dejando caer, vuelven a levantarse por sí
mismas. Se
suelta contra ellas un toro furioso, cuya cólera se
dobla viéndolas
levantarse así, cuando cree haberlas abatido «4»
.
»A esta escena, le sucede la de las formas piramidales
ordenadas a modo de «parterre», contra las que
el animal
desata la misma furia. Están llenas de pájaros,
de liebres, de
gatos y de conejos, que no saben donde refugiarse. El toro
muge de rabia al no encontrar más que objetos que,
aunque
poco dignos de su ira, se le escapan cuando quiere perseguirlos.
Corre, salta y exhala una espesa niebla por sus narices.
Los lacayos, excitándolo con sus gritos y silbidos,
les lanzan
dardos provistos de cintas de papel, parecidos a los tirsos
de
las bacantes que acaban por enfurecerlo. Muchos de esos dardos
están llenos de pólvora y explotan como cohetes,
en
cuanto que se prenden al cuerpo del animal. Nada le hace
sufrir ni lo irrita más. Los caballeros aprovechan
ese momento para
correr hacia él; pero no acuden todos a la vez; el
primero
que se aproxima es quien comienza el ataque. Los
demás se retiran sin salir del ruedo y esperan que
la bestia
venga a ellos para combatirla.
»No deben servirse de otras armas más que de
la lanza
y no pueden tomar espada o sable más que cuando han
sido
heridos o derribados del caballo, perdido su capa o su sombrero:
entonces están comprometidos por su honor a vengar
esta afrenta y autorizados a empuñar la espada.
»Todo arte de este duelo consiste en colocar la lanza
tan
diestramente sobre el toro, de modo que el hierro quede clavado
en su carne y el palo permanezca en la mano del caballero.
Éste pica espuelas a continuación para dar paso
a otro, puesto
que el animal no se revuelve jamás contra él.
Si se sirve de la
espada para combatirlo, se la clava entre los cuernos: este
golpe que lo abate y derriba, es seguido de las aclamaciones
del público y el vencedor logra el premio. Pero todo
esto no
ocurre nunca sin que haya algún hombre muerto o herido
o,
como mal menor, se produzca la pérdida del caballo.
»En el momento en que se ha dado muerte al toro lo
retiran; es transportado por mulas fuera de la plaza y se
hace
entrega de su despojo al populacho. El torilero da suelta
a
otro toro desde una estancia próxima, escondiéndose
rápidamente.
El animal avanza hacia el ruedo echando espumarajos
de rabia. El caballero lo espera, no exactamente de frente
sino
ligeramente escorado respecto a la línea que el toro
ha empezado
a describir y de la que no se aparta nunca. Aprovecha el
momento y le asesta un lanzazo que, de ordinario, suele ser
mortal. Algunas veces incluso se permite jugar con este furioso
animal y diferir el instante de su muerte. Otras veces también
se
puede equivocar en su combinación, no apartándose
lo suficiente de la línea, resultándole este
error siempre
funesto. En esas ocasiones se ha visto al toro derribar al
mismo tiempo al caballo y al caballero, herir y algunas veces
matar al uno y al otro.
»Suelto un tercer toro pronto encontrará un nuevo
adversario en la multitud de los combatientes. Estos no hacen
al principio más que burlarle, presentándole
el pico de su
capa, que oponen a sus embestidas. Saben, con destreza y
casi sin salir de su sitio, esquivar las acometidas del fiero
enemigo. El toro embiste con impetuosidad sobre esta banderola
flotante; el caballero da medio paso al lado apartando
el cuerpo y ambos vuelven a empezar siete u ocho veces el
mismo juego. Entonces, tras la señal que dan los clarines,
el
caballero deja la lanza para coger la espada y atacando a
la
bestia de frente, la mata. Las trompetas suenan por tercera
vez. Cuatro mulas enjaezadas entran y retiran al toro de la
liza. Se matan así, en el mismo día, hasta 30
de estos animales
y muchos no combaten más que algunos minutos.
»Algunas veces el toro se abalanza sobre el anfiteatro.
Pero los que ocupan las primeras filas, con sus espadas
empuñadas y desenfundadas, le obligan a dar media vuelta;
y
muy a menudo le dan muerte antes de volver al ruedo.
Cuando un torero es peligrosamente perseguido, salta por
encima de la barrera, apoyando el pie en una tabla que sobresale
y le sirve a modo de trampolín. Se sueltan contra el
enemigo
robustos perros que lo agarran por el cuello y orejas:
entonces es cuando diversos lacayos, saliendo del anfiteatro
con sus espadas, tratan de atravesarle el corazón.
No corren
ningún riesgo, porque se protegen de las cornadas,
presentándoles
sus capas, contra las que el toro dirige toda su furia.
Por otra parte estos hombres son tan numerosos, que se socorren
rápidamente, apartando al animal cuando lo ven encelado
contra una misma persona. Hay que temer más por los
caballeros porque sus caballos son muy impetuosos para
dejarse gobernar. No les es fácil evitar el encuentro
con el
enemigo y estarían siempre en peligro de ser derribados
de no
contar con la ayuda de los mozos de a pie.
»Se combate también por medio de una lanza, maciza
y pesada, cuyo extremo es firmemente fijado en tierra y la
punta inclinada hacia la puerta por donde debe salir el toro.
El combatiente está al lado o detrás de esta
lanza y a menudo
corre mucho riesgo, ya que si el animal evita ensartarse,
hay que temer por la vida de los caballeros. Pero estos hombres
son tan diestros, que raramente la bestia no prueba el
acero, en el pescuezo o en los lomos.
»Los combatientes a pie sólo están armados
con una
varita de alrededor de media vara de largo, en cuya punta
hay
un garfio de hierro, que intentan clavar en alguna parte de
la
cabeza del toro. Éste se revuelve contra su adversario
y el
diestro aprovecha el momento para clavarle un estilete en
el
corazón. A menudo se ven a esos hombres esperar a pie
firmes,
en el centro de la plaza, al toro que viene hacia ellos
como un rayo; y cuando baja la cabeza para atacarles, aprovechan
este gesto y colocan su pie izquierdo entre sus cuernos,
clavándole en el ojo o en el corazón la vara
con la que
están armados y saltando con destreza por encima del
animal.
»El pueblo está siempre contento, sobre todo
si los
toros han sido bravos, es decir, si han saltado la barrera
que
bordea las gradas del teatro o incluso si han herido a algunos
de
los que combaten contra ellos. Tan arraigada tradición,
junto a esa exaltación que acompaña a los espectáculos
públicos, ejercen sobre ciertos hombres, al menos
durante ese momento, un mayor dominio que la voz misma
de la humanidad.
»Estos combates, que proceden de nuestros antiguos
torneos, son, sin lugar a dudas, uno de los espectáculos
más
hermosos del mundo, ya sea simplemente para ser vistos, ya
por el interés mezcla de miedo y alegría que
inspiran la intrepidez,
el valor, la destreza y la agilidad de los actores. Los
portugueses tienen tal pasión por esta fiesta cruel,
que no hay
una mujer que no venda su propio ajuar para tener con qué
costearse un sitio en los balcones o sobre los estrados. No
deja de sorprender ver a damas de alta alcurnia recrearse
en
estas sangrientas escenas, con tan hermosos ojos que parecen
hechos para más dulces crueldades.
»No se puede negar que este combate sea una herencia
de la barbarie de los sarracenos o de los moros, quizás
incluso
de los romanos, poco digno de la aprobación de un espectador
en el silencio de su gabinete o de un alma tierna y propensa
a la compasión. Los Papas no han logrado nunca prohibir
esta bárbara diversión ni a los portugueses
ni a los españoles:
sólo han ideado el expediente de otorgar indulgencias,
para ese día, a algunas Iglesias, en beneficio de los
que se
exponen al peligro en esta mortífera fiesta. «Después
de
todo» me decía un inglés no
se debe examinar con demasiado
rigor este tipo de espectáculos, por temor a que un
exceso de filosofía nos convierta en pusilánimes.
Existe un
cierto grado de ferocidad consustancial con la naturaleza
humana; y si es importante que esté contenida en sus
justos
límites, de ninguna manera debe erradicarse por completo,
para que no se pierda esta firmeza que forja el carácter
del
hombre valeroso. Los combates de toros se hallan precisamente
en el grado que pido y no hay nada demasiado feroz en
ellos como para que su práctica deba ser prohibida.
Recuerdan
las hazañas de la antigua caballería; incitan
el alma de los
espectadores a las grandes y bellas acciones; pueden producir
todos los benéficos efectos de los combates en campos
cerrados,
pero sin el horror que les acompañaban y sin la efusión
de
sangre humana con que solía quedar regada la escena.
Este
espectáculo nos acostumbra a despreciar el peligro;
nos enseña
que la mejor manera de superarlo sin miedo es afrontarlo y
verlo venir con firmeza. Se aprende también a prestar
un rápido
socorro a los que allí están expuestos y a arriesgarse
valerosamente para ponerlos a salvo del peligro. En una palabra,
aunque esta fiesta no sea totalmente conforme a las leyes
de la naturaleza y la humanidad, se puede decir, sin embargo,
que exige de los combatientes cualidades que les honran.
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la
España del siglo XVIII, Madrid.
- Lafront, A. (1988): La fête espagnole des taureaux
vue
par les voyageurs étrangers (du XVI e au XVIII e
siècle).
Nîmes. Originariamente, este libro se publicó
en español con
el título de Los viajeros extranjeros y la fiesta
de toros.
Madrid, 1957.
- Martínez Shaw, C. (1982): El llibre de viatges
com a
font històrica en LAvenç, 51,
julio, págs. 46-48.
- Palau y Dulcet, A. (1948-76): Manual del librero hispanoamericano,
27 vols., Barcelona.
- Robertson, I (1976): Los curiosos impertinentes.
Viajeros británicos por España, 1760-1855,
Madrid.
- Ruiz Morales, D. (1988): Prologo al libro
de Lafront,
A.: La fête espagnole des taureaux vue par les voyageurs
étrangers (du XVI e au XVIII e siècle). Nîmes,
págs. 910.
- Soriano PérezVillamil, M.ª E. (1980): España
vista
por historiógrafos y viajeros italianos (1750-1799),
Madrid.
- Sarrailh, J. (1934): Voyageurs français au
XVIII e siècle.
De labbé Vayrac à labbe Delaporte,
en Bulletin
Hispanique, XXXVI, nº 1, págs. 29-70.
- Vargas Ponce, J. (1961): Disertación sobre las
corridas
de toros, Madrid.
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