Río Jiménez, José
“Curro Puya (Apuntes para una biografía)”
Monclova, Javier
Escenas taurinas en el Claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos”
Casanova, María Antonia
“La corrida de toros caballeresca del Museo de Cerámica de Barcelona”
González Alcantud, José Antonio
“Toros y moros. El discurso de los orígenes como metáfora cultural”
Forneas, Celia
“Abenamar, periodista taurino I”
GarcíaBaquero Lavezzi, JeanChristophe
“El abate Delaporte y las fiestas de toros: una mirada comprensiva en un ambiente hostil”


Junta de Andalucía
“Inscripción como monumento histórico artístico de los Toros de Osborne


Cossío, Manuel y Colón, Carlos
Cossío, Manuel y Colón, Carlos: Presentación del libro de Carlos Colón "El cine y los toros. Pasión y multitud", primavera de 1999.
GarcíaBaquero, Antonio
Presentación del libro de Josef Daza "Precisos manejos y progresos del arte del toreo", verano de 1999.


López Martínez, Antonio L.
“La nobleza y la cría del toro de lidia. Respuesta al Pregóntaurino de Sevilla de 1999, pronunciado por D. Pedro Romero de Solís”


Saumade, Frederic
Les Tauromachies européennes.La forme et l’histoire, une approche anthropologique, Paris, Comité des Travaux historiques et scientifiques,Ministère de l’Education Nationale, de laRecherche et de la Technologie, 1998, por P. Romero de Solís.
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Poesías Completas, edición de Jacques Issorel, Madrid, Cátedra, col. Letras Hispánicas, 1998, por Rogelio Reyes Cano.
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Ricardo Cadenas
"Gitanillo de Triana", "Curro Romero", "Sin Título", "Manolo González".


Página de inicio»Artículos»María Celia Forneas Fernández

 
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  María Celia Forneas Fernández
Universidad Complutense de Madrid

“Abenamar, periodista taurino I” «1»


Cabe advertir al lector que esta investigación busca
esclarecer la biografía de Santos López Pelegrín,
por un lado, y analizar la personalidad taurina del
periodista Abenamar por otro. Abenamar realiza
su trabajo en una etapa histórica igualmente fascinante en lo
político, en lo literario y en lo taurino, pero más aún en lo
periodístico.

Santos López Pelegrín y Zabala nace en la villa de
Cobeta (Guadalajara), el l de noviembre de 1800 (villa que
entonces pertenecía al señorío de Molina, en el reyno de
Aragón, y a la diócesis de Sigüenza). Esta es la verdadera fecha
de su nacimiento, según consta en certificados de nacimiento y
bautismo (copias) que aparecen en su expediente personal conservado
en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (Leg. 4. 12.088-46).
Otro dato real y verdadero es que López Pelegrín
falleció en Madrid el 21 de febrero de 1845, de «una calentura
aguda», según consta en su partida de defunción, expedida por
don Vicente Díaz, como representante de la iglesia de San
Sebastián de Madrid, donde fue enterrado, en compañía de
otros muchos españoles ilustres entre los que es preciso mencionar,
al menos, el nombre de Félix Lope de Vega y Carpio,
también conocido como Fénix de los Ingenios. En esa fecha,
Santos López Pelegrín vivía en la calle Atocha, 43, 2.º, en compañía
de su esposa doña Tomasa Velasco y Panadero, con la que
tuvo seis hijos.

Fue hijo de don José Manuel López Pelegrín y doña
Manuela Polonia Zabala. Los López Pelegrín fueron una ilustre
familia de liberales molineses, cuyos más notables componentes
nacieron en la capital del señorío (de Molina) o en
Cobeta a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Sus
nombres y sus gestas han sido recogidos por José Sanz y Díaz
en La Verdadera Historia del Señorío de Molina, en la
Enciclopedia de Guadalajara, en el texto de Antonio Herrera
Casado titulado “El señorío de Molina” y también por José
Serrano Belinchón, en el Diccionario Enciclopédico de la
Provincia de Guadalajara.

La biografía reseñable de Santos López Pelegrín y Zabala
comienza en la década de los veinte del siglo XIX, pero hay un
dato familiar anterior que es preciso resaltar, ya que nos habla
de una cierta tradición taurina. Este dato procede de una primera
fuente (por orden de búsqueda y hallazgo) que es el libro de
José Vázquez y Rodríguez Un siglo taurino 1787 á 1886, con
prólogo de José Sánchez de Neira. (1886). Fue confirmado posteriormente
con el Diario de Madrid del sábado 8 de octubre de
l8l4, y es la prueba de la existencia de una ganadería brava a
nombre de la familia López Pelegrín y la noticia de que se presentó
por primera vez en Madrid en aquel año. Según José
Vázquez y Rodríguez, esta presentación tuvo lugar el 17 de
octubre de 1814, y según el Diario de Madrid, fue el 10 de
octubre de 1814, de acuerdo con el siguiente texto: «El Rey
nuestro Señor (que Dios guarde) se ha servido señalar el lunes
10 del presente mes (si el tiempo lo permitiere) para la 6.º corrida
de toros, de las 8 que nuevamente se ha dignado conceder,
con el piadoso objeto de que sus productos se inviertan en la
asistencia y curación de los pobres enfermos de los reales hospitales
General y de la Pasión de esta corte. Mandará y presidirá
la plaza el Excmo. Sr. conde de Motezuma, corregidor de
esta heroíca villa. Los 14 toros serán: 3 de la acreditada vacada
de don Xavier Guendulain, vecino de la ciudad de Tudela de
Navarra, con divisa encarnada; 4 de la de don Juan Núñez, de
Benavente, con morada y blanca, 2 de la viuda de Braojos, con
azul; uno de la de don Manuel Bañuelos Rodríguez, de
Colmenar Viejo, con verde; y 4 de la de don José López
Pelegrín del señorío de Molina, nuevo en esta plaza, con divisa
naranjada. Por la mañana picarán los 6 toros Francisco de Paula
Rodríguez y Joaquín Zapata. Por la tarde lo executarán a los 8
Antonio Herrera Cano, Julián Díaz y Ramón Fernández. Los 14
toros de todo el día serán lidiados por las quadrillas de a pie, al
cuidado de Manuel Alonso (el Castellano) y Francisco
Hernández (el Bolero), que los estoquearán».

Santos López Pelegrín y Zabala obtuvo el grado de
Bachiller en Leyes en la Facultad de Alcalá de Henares, en
1822. Pedro María Cano certifica que le ha asistido como
pasante desde 1822 y lo firma el 19 de febrero de 1827, año
en el que López Pelegrín se recibe como abogado de los
Reales Consejos, con título de 23-05-1827. El 6 de junio de 1828
fue nombrado por Fernando VII,
a consulta de la Cámara de Indias, Asesor General del
Gobierno de las Islas Filipinas. Jura su nombramiento el 29
de abril de 1829, ante el Supremo Consejo de Indias, y se
embarca para Filipinas, donde permanecerá tres años. Pero
López Pelegrín no tiene suerte en este destino, ya que, según
consta en diversos documentos de su expediente, (Leg.
751/12006), la Asesoría General del Gobierno y Capitanía
General de aquellas Islas, que como tal comprendía la de
Guerra y la Superintendencia de la Real Hacienda, se ve
modificada, y cuando López Pelegrín llega a Filipinas se
encuentra con la sorpresa de que su sueldo ha pasado de
5.000 a 1.000 pesos, al haber separado de su responsabilidad
la Superintendencia de Hacienda. El 10 de diciembre de
1830, mediante escrito personal, solicita un aumento de sueldo,
dada su precaria situación, pero no se le debió de conceder,
ya que, como se desprende de otro escrito personal suyo,
fechado el 24 de diciembre de 1833, en esa fecha lleva un año
en España, pues afirma que «tuvo que trasladarse por su
cuenta a la península, con la competente licencia, donde se
halla hace un año sin sueldo alguno».

El 9 de febrero de 1834, fue nombrado teniente corregidor
de Madrid. Y el 23 de marzo siguiente, le nombran
ministro de la Audiencia, cuyo destino desempeñó dos años;
sin embargo, en octubre de 1834, le suspenden como teniente
corregidor por un incidente de carácter administrativo. En
21 de noviembre de 1835 le nombran magistrado de la
Audiencia de Cáceres, de cuya plaza tomó posesión el 26 de
Enero de 1836 (A.G.A. Leg. 8.030), pero su incorporación
fue dilatada mediante la solicitud de sucesivas licencias, y se
desprende claramente de los textos analizados que renunció al
cargo el 13 de marzo de 1837. Poco después, se inicia
como diputado por la provincia de Guadalajara en la
Legislatura que va del 19 de noviembre de 1837 al 17 de
julio de 1838, y seguirá en el cargo durante las legislaturas

Fig. nº1 Fig. n.º 22.– Cabecera de un periódico típico
de la época (apud, Cossío, Los toros, II,
1986, págs. 546).

 

 

 

 

 

siguientes hasta 1840, según consta en las Actas correspondientes
a aquellos años, que se conservan en el archivo del
Congreso de los Diputados.

Independientemente de lo anterior
y en su faceta de periodista,
López Pelegrín se incorpora a la plantilla de El Español
de Andrés Borrego, cuyo Prospecto vio la luz en mayo de 1835.
Cuenta Concepción de Castro que «su cuadro de redactores
incluía a Peña Aguayo, Calderón Collantes, López Pelegrín,
Aribau, Alva, Soler e Izaga; y entre sus colaboradores estaban,
además de Larra, Ríos, Donoso Cortés, Canga Argüelles,
Espronceda, Sartorius y González Bravo» (1975: 87).

Santos López Pelegrín es conocido en el mundo de la
prensa periódica por el seudónimo de Abenamar, que él
mismo identifica en su artículo titulado “Un jovellanista”,
publicado en El Correo Nacional (sucesor de El Español), el
16 de marzo de 1839, cuando dice que «Santos López
Pelegrín y Abenamar son dos hombres distintos y una sola
persona verdadera, que soy yo para servir a Vds.». Su nombre
ha sido mencionado repetidas veces en los trabajos de
los diversos investigadores que se ocuparon de aquella
época. Tomamos como referencia una parte de la semblanza
que le dedica la Historia de la Literatura Española del siglo
XIX (I), de Víctor García de la Concha. (1997: 207-208):
«Su veta satírica se dejó sentir en la prensa madrileña de la
mitad del siglo XIX. Así por ejemplo funda y dirige el periódico
El Mundo, publicación de tendencia progresista que
levantó numerosas y acaloradas polémicas de la época (...)
Gracias a la tendencia política de dicho periódico,
Abenamar pudo contar con la colaboración del célebre
Fígaro, cuya ideología era afín a la de su director. No menos
interesante fue la fundación del periódico Nosotros, uno de
los primeros diarios del llamado periodismo ilustrado, pues
en dicha publicación se armonizaban tanto los aspectos
puramente literarios como los políticos. Su veta satírica y su
empeño en la defensa de las libertades humanas y del sufragio
universal hicieron posible su incorporación como redactor
en El Correo Nacional, de tendencia monárquica constitucionalista
que propició la reconciliación de los partidos
frente a las estridencias demagógicas (...) Su fama como
escritor satírico y de costumbres hizo posible que Mesonero
le propusiera como colaborador de la primera colección costumbrista
en España, Los españoles pintados por sí mismos,
colección que reunió a los más afamados escritores de la
época. Abenamar conjuga hábilmente la descripción de sus
modelos con su peculiar talante ideológico, salpicando la
descripción con graciosas comparaciones entre los seres
racionales e irracionales».

Hay que añadir que su prolífica labor como periodista
hizo posible que su nombre figurara en los periódicos liberales
más significativos del momento y no faltan sus colaboraciones
de carácter sumamente festivo y jocoso. Asimismo,
figuró en múltiples ocasiones al lado de Antonio María de
Segovia, El Estudiante. Su franca amistad y el tono desenfadado
de ambos facilitó la fundación de un periódico satírico
de sumo interés Abenamar y el Estudiante. Capricho
Periodístico (1838-1839).

Sus obras más relevantes son: La Religión (1825); A
cazar me vuelvo (l841); Poesías (1842); Panléxico vocabulario
de la fábula (1845). A pesar de todo, lo que identifica
a Santos López Pelegrín, Abenamar, como periodista
taurino es su supuesta autoría de la Tauromaquia de
Francisco Montes, Paquiro, que aparece publicada en
1836, con el siguiente título Tauromaquia Completa o sea
el arte de torear en plaza, tanto a pie como a caballo. Se
dice también que fue escrita por el célebre lidiador Francisco
Montes, Paquiro, y dispuesta y corregida escrupulosamente
por el editor. Asimismo se informa que va acompañada de un
Discurso histórico apologético sobre las fiestas de toros y de
una tercera parte en que se proponen las mejoras que debería
sufrir el espectáculo. En otras palabras, es Francisco Montes,
Paquiro, quien firma esta Tauromaquia, pero su redacción se
ha venido atribuyendo a Santos López Pelegrín, Abenamar,
por las coincidenciasexistentes con su Filosofía de los Toros,
que publica a su nombre en l842.

I.– ANÁLISIS DE LA TEMPORADA TAURINA MADRILEÑA DE 1839

Para la búsqueda de la personalidad taurina de
Abenamar, nos valemos de un primer análisis sobre la temporada
taurina madrileña de 1839, según queda reflejada en los
artículos que publicó en El Correo Nacional, fundado también
por Andrés Borrego, que en el año 1838 se lanza de nuevo a la
lucha política en el campo del periodismo (de 1838 a 1841
Andrés Borrego va a recorrer un ciclo semejante al que había
vivido en 1835-1836 con El Español).

Abenamar firma en El Correo Nacional una serie de
artículos, tanto taurinos como políticos, desde noviembre de
1838 hasta enero de 1840, pero su último artículo de toros se
titula “Toros y novillos”, está dedicado a una actuación de la
célebre mujer torera Martina García y aparece el 31-12-1839.
Cuando desaparece la firma de Abenamar se produce un
vacío que viene a llenar un tal Merlín. El 14-05-1841, el tal
Merlín se lamenta de no ser Abenamar y de no tener su facilidad
para enjaretar artículos de toros.

El corpus de análisis que utilizamos está compuesto por
un total de l8 artículos, todos ellos firmados por Abenamar,
que cubren las funciones que se dieron, salvo excepciones tales
como que el día 25-06-1839 relata una corrida extraordinaria
«última de las de la empresa que en paz descanse» y desde esa
fecha se produce un silencio debido a que sale a «espigar electores»
(no hay que olvidar que durante esa época ejerce también
como diputado). Retorna el 24-07-1839 para relatar una
corrida de seis toros de Veragua y desaparece otra vez hasta el
28-08-1839, dándose la circunstancia de que el primer párrafo
de este artículo es una copia exacta del último párrafo del artículo
del 24-07-1839, que Abenamar cita textualmente, con las
correspondientes comillas que acompañan a toda cita directa:
«Al mes de agosto está reservado abrir la puerta a una nueva
época de cornadas y estocadas a volapié. Entonces tendremos
ya uvas, habrá “sazonado” el fuerte de Amurrio, los ministros
se irán secando, los diputados nuevos vendrán a cargas como
los melones de Añover, Montes hará de las suyas, y tendrá
campo fecundo para escribir de toros Abenamar». Así concluí
yo mi último artículo de toros, hace hoy un mes y cuatro días
cabales, y la conclusión de aquel artículo quiero que me sirva
de comienzo de éste (24-07-1839 y 28-08-1839).

(No se incluyen en el análisis otros artículos de toros
que Abenamar publica también en El Correo Nacional, por
tratarse de funciones de novillos, pero sí aparecen reflejados
en la bibliografía final).

Abenamar adopta en lo taurino un talante entre docto y
profético, y manifiesta su autoridad “profesoral” en distintas
ocasiones, como por ejemplo: «Preciso será para que mis lectores
vayan entrando en la civilización tauromáquica, les
explique yo el significado de ciertas palabras técnicas. Trapío en
los toros es lo mismo que estampa en los caballos, cuerpo
en las damas y facha en los ministros» (25-04-1839).

Hace también gala de su espíritu profético a lo largo de
distintos artículos (11-04/01-05/09-05 y 28-08-1839) con diversos
motivos u objetivos. Sin embargo, la predicción más espectacular,
por lo trágica, es la que aparece en su artículo del l05
1839, donde cuenta que estuvo por la mañana en el apartado de
los toros y desde los toriles vaticinó desgracias para la tarde y
que sus vaticinios se cumplieron. «Mucho tiempo hace que
estoy como los pájaros de mal agüero, siempre vaticinando
desastres y siempre cumpliéndose mis vaticinios. Todos los
profetas somos así, tristotes y lloronzuelos», apostilla. La primera
desgracia de ese desgraciado día l de mayo de 1839 es
una cogida de Juan León en el tercer toro de Silva: «Se embrocó
y cogiéndole del muslo derecho le dio un puntazo de dos
pulgadas, por lo que se retiró a la enfermería, aunque por su
propio pie». La segunda se produce en el cuarto, de nombre
Chimeneo (no aclara el nombre de la ganadería), un toro «tan
pegajoso que se dormía dentro de los caballos, seis mató en
nueve varas que tomó, y en la última dio tan enorme porrazo a
Sevilla, que le dejó sin sentido y mal parado le retiraron a la
enfermería». Y la tercera ocurrió en el sexto toro, también de
Silva y acabó con la muerte de uno de los dos jóvenes banderilleros
que vinieron de Sevilla con Juan León «más atrevidos
que diestros» y por culpa de «algunos espectadores imprudentes»
cuyo comportamiento se recoge en el apartado dedicado a
“El Público” en el transcurso de este primer análisis de la temporada
taurina madrileña de 1839.

Y otro aspecto, destacable en este preámbulo, es la preocupación
de Abenamar por la pureza del idioma que demuestra
en distintas ocasiones, la primera el mismo día que se abre la
temporada, mediante una crítica al cartel de la corrida en los
siguientes términos: «Sepa el señor empresario de toros que el
mérito de las corridas no está en la variedad, sino en que sean
buenas; y le hago esta advertencia porque lo de la “premura”,
lo de “la variedad” y otras expresiones del anuncio me huelen
a extranjerismos, ya que las corridas de toros es lo único español
que queda en España, no consentiré yo que impunemente
sea empañada esta gloria ni aun en los carteles. Si otra vez
tuviese el empresario que hacer un anuncio de esta clase,
venga a mí, que yo se lo pondré de balde, y tan español y tan
torero que chorree sandunga» (11-04-1839).

Una última consideración obligada es explicarle al lector
que la ortografía de los textos citados ha sido modernizada, no
sólo para salvar la evolución que ha experimentado el lenguaje
con el paso de los años sino porque nos enfrentamos con una
ortografía bastante irregular, en el sentido de que una misma
palabra aparece escrita de formas diversas: bv; sx; gj, etc, a
lo largo de la temporada, lo cual puede ser atribuido a los llamados
“duendes de la imprenta”.

II.– LOS TOROS

Durante la temporada de 1839, relatada por Abenamar,
se corrieron toros de las siguientes ganaderías: Veragua (40);
Gaviria (26); Bañuelos (15); María de Silva (l2); Gutiérrez
(11); Aleas (11); Elías Gómez (9); Pinto López (7); Lizaso
(2); y con otras denominaciones “alvareños” (2); “tirabeque”
(1); o “salamanquión” (1). Pero es preciso hacer constar las
dificultades que se presentan para facilitar cifras exactas, ya
que hay pocas corridas enteras y muchas veces Abenamar no
cita la ganadería a que pertenece un toro determinado. Entre
ellos, es preciso señalar aquellos que «llevaron perros», porque
es una suerte en desuso que se utilizaba para castigar a
los toros cobardes que no acudían al caballo.

Veragua: 6.º de la corrida del 17041839.
Gaviria: 1.º y 4.º ”” 25-04-1839.
Bañuelos: 12.º ”” 29-05-1839.
M.ª Paz Silva: 2.º ”” (29-05-1839) y 2.º (10-5-1839).
Aleas: 3.º ”” (13-06-1839); 8.º (12-10-1839) y 3.º
(28-11-1839).
Elías Gómez: 4. de la corrida del ll-04-1839.


Contamos con un relato (en verso) de Eugenio de
Tapias, publicado en El Semanario Pintoresco Español (2
-01-1842) que nos ilustra sobre una corrida en la que se utilizaban
los perros de presa que se encontraban en la plaza a
disposición de la autoridad, y así se anunciaban el los carteles
de las corridas que, por ejemplo, se conservan en el
Archivo Regional de Madrid. La pelea del toro con los perros
era realmente dramática y queda muy bien reflejada en el
artículo citado, del cual sólo incluimos un extracto:

«A veces demanda
la plebe locuaz
los canes rabiosos
de fuego en lugar.
Dos perros de presa
con ansia veraz
se lanzan al toro,
y en pos otro par.
(...)

El toro rendido
no puede acornar,
y brama, y de sangre
le corre un raudal.
Entonces terminan
su triste penar
la espada sangrienta,
y el hierro auxiliar
que clava en la nuca
el diestro oficial.
(...)».


En la temporada que analizamos, el castigo de los
perros de presa se alterna con las banderillas de fuego, de
cuya imposición es preciso señalar los casos siguientes: 11-04;
25-04; 29-05; 13-06; 28-08; 7-09: 16-10; y 28-11-1839.
En otro pasaje de su artículo, Eugenio de Tapias nos ilustra con

Fig. nº1 Fig. n.º 23.– Cabecera de un periódico
típico de la época.

 

 

 

 

 

más detalles que la simple mención, por parte de
Abenamar, de que tal toro llevó banderillas de fuego:

«No siempre es el toro
un bravo animal;
lo mismo sucede,
hablando en verdad,
al hombre; este es manso,
y aquel montaraz.
Hay toros que temen
la vara fatal,
y nunca hacen frente,
y huyendo se van.
Contra estos bastardos
lo más eficaz
es fuego; lo pide
el pueblo a la par,
con voz tronadora
fuerte gañán.
Los cohetes estallan,
y el toro fugaz
bramando, brincando
de acá para allá,
traspasa la valla,
¡oh, mísero azar!»


(El Semanario Pintoresco Español 2-01-1842).

Las descripciones que Abenamar realiza del comportamiento
de los toros en la plaza van, lógicamente, de lo positivo a lo
negativo, pasando por lo neutro; y de lo escueto a lo prolijo; a
veces, originales y, a veces, repetitivas. Veamos un ejemplo de
contraste entre distintas corridas y distintas ganaderías: «Seis
toros se corrieron el lunes antepenúltimo, de la justamente
acreditada ganadería de Veragua, y todos fueron mozos, y
todos gordos y rollizos y todos flojos. Seis toros se han corrido
el último lunes y todos, de la justamente acreditada ganadería
de Gaviria, y todos fueron mozos, y todos gordos y rollizos
y todos, menos uno, malos» (25-04-1839)

Una curiosidad digna de mención es que un buen día (l9-
06-1839) introduce la novedad de llamar a los toros por sus
nombres: Javali (sic), Limón, Piñonero, Polvorito, Lobito,
Gallego, Bonito y Pimiento, que luego repetirá en otra ocasión
únicamente: Rosquete, Guineo, Platerito, Laberinto, Lamparillo y
Sotana (24-07-1839). Importante es también el
caso del citado Pimiento, en una corrida en donde se alternan
toros de Gaviria con Veragua y uno de difícil adscripción como
el que comentamos: «El octavo era un “tirabeque”. Cojo, malicioso
y pesado, a pesar de que se llamaba Pimiento. El bicho
estaba inútil para el servicio. El público se convenció de ello
pidió que se le sacase de la plaza. La autoridad accedió a tan
fundada y tan justa petición y salieron los cabestros y se lo llevaron
al corral» (19-06-1839).

No se priva tampoco Abenamar de demostrarnos una
y otra vez sus conocimientos, como en el caso de la ganadería
de Gutiérrez: «Era el tercero de Gutiérrez (Almodovar
del Campo) ganadería nuevecita, aunque compuesta de retazos
viejos como las Cortes que están al salir, que el diablo
sepa por donde saldrán» (28-08-1839).

Las dos ganaderías más importantes, según se desprende
del número de toros que contrataron con la plaza de
Madrid, son Gaviria y Veragua. Y a ellas dedica Abenamar
sus más fuertes críticas: «El tercero fue pésimo. El público
pidió perros a voz en grito, y el presidente de la plaza mandó
que le pusiesen banderillas de fuego; el presidente no tuvo
razón y por no tenerla “tuvimos” un rato de bullica:

«¡Fuego, y de Gaviria!:
Ayer maravilla fui
hoy escarnio y burla soy;
aprended flores de mí,
lo que va de ayer a hoy».


¡Ah, Gaviria, Gaviria, y que mala cuenta vas dando de
tu ganadería! Tú te tienes la culpa por haber cruzado la casta.
¡Manía de reformar!» (25-04-1839).

Tiempo después tenemos un caso de perros para
Gaviria que podría considerarse un dato histórico: «No me
acuerdo de haber visto nunca en la plaza de Madrid, que el
primer toro de una corrida muriese aperreado. Consiste esto
en que siempre se procura que el primero sea de buen trapío
para que haga función. Pero el primero del lunes ni tenía
buen trapío, ni hizo función. Era toro de transacción, manso
y pacífico, y naturalmente dispuesto a echar un velo sobre lo
pasado y a perdonar al prójimo. (28-08-1839).

Pero hay más. La ganadería de Gaviria contó esta
temporada con otro caso de mala suerte taurina y que se
materializó en la salida de la media luna (o desjarrete).
Esta suerte se encuentra en decadencia durante el siglo
XIX y tampoco goza del beneplácito de Francisco Montes
Paquiro, ni de Santos López Pelegrín Abenamar cuya descripción
del ejemplo que recreamos a continuación prueba
su disgusto. (Sólo aparece otro caso de media luna en la
temporada de 1839 con un toro de Elías Gómez que fue
corrido el 11-04-1839): «Era buen mozo y de sentido, tomó
nueve varas, mató tres caballos, le pusieron dos pares de
banderillas, y habiendo salido a matarle Juan Jiménez, le
dio un pinchazo, otro a toro corrido y una buena recibiéndole,
que tuvo tanto más mérito cuanto que el toro necesitaba
ser más estudiado que la concesión de los fueros, pero
a pesar de que estaba haciendo la cama para echarse,
mandó la autoridad que saliese la media luna, y la media
luna salió a punto que la luna entera, que ya había salido,
se asomó por el tejado de la plaza a ver lo que los habitantes
de la tierra vemos todos los días, una autoridad que
mandaba mal, y un público que se lo echaba en cara con
muchísima razón, pero que se quedaba sin ella. La autoridad
fue obedecida y la noche tendió su velo negro sobre la
plaza avergonzada de lo que los hombres habían hecho en
ella de día» (23-10-1839).

Algo mejor parada sale la ganadería del Duque de
Veragua y merece reseñarse la descripción de la faena que
Juan León le hizo al toro Platerito, tercero de una corrida de
seis toros de Veragua: «Llamábase Platerito, y el animal era
una miniatura, no en lo pequeño sino en lo compuesto y atildado.
Este era el que por la presunta debía saltar mucho,y
por lo mismo le dio la ocurrencia de estarse quedo. Era
dócil y boyante, tomó 16 varas, mató tres caballos, le pusieron
dos pares de banderillas y le mató León de dos cortas,
un volapié en hueso y otro bueno, tirándole el trapo al
morro porque no humillaba; esta suerte fue de maestro y
aplaudida por los inteligentes» (24-07-1839).

Pero también hay críticas en torno a la pureza de ganadería
de Veragua. Se trata de una corrida compuesta por tres
toros de Veragua y tres de Elías Gómez (Colmenar Viejo)
para Pastor 4, para Isidro Santiago 1, y otro para Antonio del
Río, un joven que «se presenta con mucha frescura a la cabeza
del toro» y que «Montes sacaría de él un gran torero».
Abenamar empieza por criticar al tercero (de Veragua) y dice
que «tenía todo el trapío de los toros de Gaviria» para recurrir
al conocido y tradicional tópico taurino de que «no le
hubiera reconocido ni la madre que lo parió» y a aquello de
«Quién sabe si ésta habrá tenido algún descuido por esas
encrucijadas». Luego, ya en el quinto (de Veragua también)
afirma tajante: «Por fuerza que la madre del bicho se descuidó
por esos andurriales como la otra. No será malo que el
duque instituya una bien montada policía de vacas, con sus
celadores correspondientes si no quiere que cunda la
corrupción de las costumbres en su ganadería, y a lo mejor le den
gato por liebre». (9-05-1839)

III.– LOS TOREROS

Abenamar presenta formalmente a los toreros que iniciarán
la temporada en Madrid. Juan León (Leoncillo) y Juan
Pastor (El Barbero) son los que más corridas torean, aunque
tengan que ser sustituidos en alguna ocasión, como en la corrida
del 1 de mayo, por la cogida de Juan León: «Juan Pastor,
natural de Sevilla y nuevo en esta plaza como matador, debía
estoquear en compañía de Juan León, conocido ya del público
no sólo como buen torero, sino como maestro. Juan León pertenece
a la buena escuela antigua, llevada a la perfección por
Pedro Romero, hombre que tuvo el mérito de divertir por espacio
de medio siglo a una generación y más digno de aprecio y
renombre que los que, a la sombra de una gloria mentida, sólo
tienen el privilegio de afligir a la humanidad. Juan Pastor no es
de esta escuela, sino de la de Montes, que no pertenece a ninguna
más que a la suya, a la que él se ha creado como hombre
de genio y de un mérito singular en su profesión». (11-04-1839)

En esta corrida, los toros eran de don Elías Gómez
(Colmenar Viejo) y el primero es descrito como «buen
mozo; pero cobarde, receloso y con sus puntos de bravucón,
llevó banderillas de fuego, puestas con maestría». Este
toro se lo cede Juan León, para la muerte, a Juan Pastor, «a
fuer de nuevo en la plaza y según la caballeresca usanza de
estas funciones.».

Las corridas de los lunes 11-04; 17-04; 25-04; 1-05;
y 13-06-1839 las matan Juan León y Juan Pastor con la colaboración
de Francisco Santos, aspirante a matador que recibirá
una dura advertencia de Abenamar, en su actuación con
el séptimo toro de Gaviria (en una corrida compuesta por
cuatro toros de Gaviria y cuatro de Aleas). Por matar con
«sobrada precipitación y atolondramiento», le dice: «Los
aspirantes a matadores no deben perder de vista que no colocándose
con frescura y gallardía en el terreno del toro, y no
teniendo serenidad para verlo venir y humillar, jamás sabrán
matar toros, y están siempre expuestos a una cogida. Todo el
arte de matar toros consiste en los “quiebros”, y los quiebros
no pueden hacerse sino sobre la cabeza del toro y cuando éste
humilla». (13-06-1839).

En esta misma corrida, en relación con el 4.º toro (de
Gaviria) dice que «éste fue el toro mejor trabajado de la
corrida. Sevilla, Hormigo y Carrera le picaron en los medios
de la plaza y le picaron bien».

Juan León y Juan Pastor vuelven a torear juntos el 28-
08-1839 y también el 7-09-1839, aunque en esta última ocasión
se auxilian de Francisco Casos para el séptimo (de
Veragua), el cual era «claro y flojo; tomo nueve varas, mató
un caballo, le pusieron tres pares de banderillas, y salió a
matarle Francisco Casos, nuevo en esta plaza y nuevo en el
arte de matar toros». Y añade: «Este es el mismo buen banderillero
a quien yo, en la corrida anterior, tomé por el picador
Briones, porque así me pareció y porque así me lo aseguraron
otros que como yo se equivocaron; que eso de equivocarse
es aquí el pan de cada día y todos comemos de él.
Casos mató el toro de casualidad, y no hizo poco». No menos
interesante es el relato que hace Abenamar con respecto a lo
ocurrido en el octavo toro de esa misma corrida, párrafo que
copiamos a continuación: «Del octavo no puedo hablar, porque
me echó de la plaza, como a otros muchos, el olorcillo
aromático que exalaban los estercoleros inmediatos, removidos
por quien por cargar un carro de basura, ejercía el soberano
derecho de molestar al público en las barbas de la autoridad»
(7-09-1839).

El 25-09-1839 relata Abenamar que imposibilitados
León y Pastor, aquél por un puntazo en la muñeca, que recibió
en Burgos, y éste de una caída que dio en Madrid, hubo
necesidad de “arbitrar” espadas y Juan Jiménez y Roque
Miranda (Rigores) se presentaron en la arena. El 7.º y el 8.º
de esa misma corrida los mató Párraga, «de una corta y otra
buena» y «como se mata comunmente al último toro de la
corrida». No es ésta la primera vez que Párraga mata un toro;
por ejemplo, lo hizo ya con un sexto de Veragua «de una “no
sé cómo”, tomándo el olivo» (19-06-1839) y con un toro de
Pinto López (en una corrida de división de plaza) «de una
corta y otra baja» (28-11-1839).

Juan León y Juan Pastor son anunciados juntos por
última vez en la temporada de 1839, de acuerdo con los
artículos de Abenamar que analizamos, para la corrida del
lunes 22 de julio, día de Santa María Magdalena, patrona
de Poyatos, (la décima media corrida y última de la primera
temporada): «Anunciaba también el cartel que en unión
de Juan León y José de los Santos estoquearía Pastor, si llegaba
a tiempo, y esto bastó para que no llegara» (24-07-
1839). Este José de los Santos, hermano del aspirante
Francisco de los Santos, ya mencionado, se había presentado
en Madrid, después de tres años de ausencia, en la corrida
relatada el 29-05-1839, al que Abenamar dedicó entonces
el siguiente párrafo: «Además de la novedad de correrse
doce toros en una tarde y en plaza entera, había la de que José
de los Santos, torero de mérito, y que ha tres años que
no sale a la plaza, debía matar como primera espada, circunstancias
bastantes para que la entrada fuese completa,
como lo fue, y como hace muchos años no había sido ninguna.
¡Pero qué corrida!... difícilmente se podrían escoger
doce toros peores ni aun en Galicia, cuyos toros no tienen
el instinto de dañar a nadie. No merecían el honor de la historia,
pero como son más entre nuestros lectores, los aficionados
que no vieron la corrida, que los que la vimos ahí
va ese conciso parte de batalla».

Los toros de esa funesta corrida fueron: 1.º de Bañuelos
(Colmenar); 2.º de María de la Paz Silva; 3.º de Silva también;
4.º de Bañuelos; 5.º de Bañuelos; 6.º y 7.º de Silva; 8.º
de Bañuelos; 9.º de Bañuelos y el «único toro decente de la
corrida»; 10.º de Silva; 11.º de Silva; 12.º de Bañuelos.

El artículo que relata la reaparición de José de los
Santos en Madrid, ese 29-05-1839, concluye con un párrafo
dedicado a informarnos de que este torero quedó imposibilitado
de la mano derecha en el primer toro y para elogiar su
deseo de cumplir con el público, ya que, en opinión de
Abenamar, «no debió volver a tomar el estoque», pero mató
los toros 1.º, 3.º, 5.º y 7.º, y ya en el 9.º tuvo que ceder el estoque
a Pastor, después de darle al toro una primera estocada.
Todo esto da pie para que Abenamar concluya diciendo:
«Esta es la causa de que no se luciese todo lo que era de esperar,
uno de los pocos toreros que tenemos en primera línea.
Santos es un maestro en su oficio, y quizá por serlo no faltó
quien con tanta sinrazón como animosidad tratase de deslucirle.
En los toros debe de haber libertad de aplaudir y censurar;
pero no la libertad de los salvajes, sino la libertad hija
del raciocinio y de la buena fe». En su siguiente actuación
del 24071839, que se quedó
en un “mano a mano” con Juan León, debido a la ausencia de
Pastor, José de los Santos mata el 2.º, Guineo, de «una regular,
recibiéndole», el 4.º Laberinto muere «entre un laberinto
de perros», y el 6.º Sotana «con maestría, pero “al tiento” que
es como nosotros acometemos a los facciosos», todo esto en
palabras de Abenamar.

También torea Santos el 12 de octubre, en una corrida
que el Ayuntamiento dio de balde para conmemorar el
Convenio de Vergara, (acuerdo con que el general isabelino
Baldomero Espartero y el carlista Rafael Maroto pusieron
virtualmente fin a la primera guerra carlista, llamada de
los Siete Años), llevando por delante en el cartel a Juan
Jiménez y Roque Miranda.En la siguiente corrida del 16-
10-1839 se indispuso Juan Jiménez y le sustituyó José de
los Santos «en lo que ganamos todos, menos Juan
Jiménez», dice Abenamar.

En ambas corridas destaca el banderillero Blas Meliz
(el Valenciano), en la primera, por saltar al trascuerno el 5.º
toro de Gaviria «con gracia y limpieza»; en la segunda, al
3.º de Gutiérrez le dio el salto de la garrocha y Abenamar
apostilla que «nunca debe ejecutarse con los toros revoltosos»
y que «es muy peligroso con los cobardes y flojos
como era éste». Y añade: «Es regla precisa de esta suerte
que el diestro se coloque en medio de la plaza, pues de este
modo lleva más salida cuando llega a jurisdicción, y más
impulso el torero para dar el salto. Meliz le citó en los
medios, y a pesar de esta falta dio el salto con felicidad,
sino con la limpieza que acostumbra. Tomó el toro seis
varas, le pusieron cuatro pares de banderillas, y le mató
Miranda de una corta, recibiéndole» (16-10-1839).

Siguiendo con el salto de la garrocha, en el 2.º de
Veragua, de la corrida relatada el 23-10-1839, «el banderillero
Casos quiso hacer la gallardía, dándole el salto de la
garrocha, que comenzó bien y concluyó mal, no por no
hacerlo en regla, sino porque saltó poco, y tropezó con los
cuernos del toro, viniendo al suelo mal parado, de donde el
toro le recogió y le ayudó a levantar con una caridad evangélica».
Hasta aquí la descripción del lance e inmediatamente
después, la reprimenda: «Le aconsejo al ciudadano
Casos habla Abenamar que se deje de dar saltos de garrocha
para los que no están cortadas sus posaderas, y sí las
del banderillero Meliz, que dio el salto al trascuerno con
gracia y limpieza»

Otros nombres de toreros, no mencionados hasta
ahora, que aparecen en los artículos de Abenamar, son los
picadores Hormigo y Zapata y los banderilleros Jordán y
Capita, pero hay uno que planea durante toda la temporada.
Abenamar echa de menos a Montes (que no torea ese
año en Madrid, aunque sí lo hizo el 29-11-1838 para cumplimentar
a la reina Isabel II) y al hablar de él, de Montes,
Abenamar se expresa lo mismo en prosa que en verso:

«Los toros fueron malos, los toreros buenos;
pero faltaba Montes en la plaza
de Madrid... ¿Cuándo viene Montes?...
Deja del Betis la frondosa orilla
donde se mece el aura deliciosa,
donde fecundo el sol radiante brilla
do nunca muere la fragante rosa.
Ven presuroso, ven; ven a Castilla;
la voz del toro resonó sañosa
en las riberas del veloz Jarama...
ven, Montes, ven que Abenamar te llama.
(11-04-1839 y primera de la temporada)».


Hay otras menciones, aunque menos expresivas, en los
artículos del 1-05; 9-05; 24-07; 11-09; 25-09 y, por último,
el 28-ll-1839 (última corrida de temporada), cuyo relato
concluye así: «Uno solo, Juan Jiménez, hizo el gasto en los
cuatro primeros toros, en la que la junta de hospitales no
anduvo sobradamente acertada. Así es que la entrada fue
escasa, a pesar del buen día y de ser la última corrida y con
división de plaza. Esta ha quedado disuelta, fijando las elecciones
tauromáquicas para Pascua de Resurección. Si la junta
de hospitales quiere vencer en las elecciones, es menester que
proteja la candidatura de Montes y Abenamar».

IV.– EL PÚBLICO

El público de la temporada de 1839 y, por extensión,
el público que asistía a los toros en Madrid, en aquella
época, queda reflejado de formas diversas en los artículos
de Abenamar.

En este análisis, será oportuno partir de una situación
de fondo como es la de la plaza de toros. Se trata de la Plaza
de Toros de la Puerta de Alcalá (1749-1874), construida por
Fernando VI y reformada por Fernando VII, con un aforo de
9.669 plazas (El Enano 15-05-1855). Pero hablar de la plaza
de toros es hablar de aquellos que la gobiernan, de aquellos
que mandaban en los asuntos de la Fiesta y dice Abenamar
que «la plaza de toros de Madrid está como las provincias
Vascongadas: sin gobierno conocido, llena de lidiadores que
van y vienen, y aunque pobre y rota, alegre y con esperanzas»
(25-09-1839).

Está también “la autoridad”, aquella que pone orden en
el ruedo durante la corrida y que merece algunas críticas de
Abenamar, cuando dice: «No se me ha de pasar por alto la
autoridad que hubo el lunes (que aquí cada lunes y cada martes
hay una nueva autoridad) que no dio lugar en ningún toro
de la corrida a la suerte de banderillas, suerte difícil y bonita,
y deslucida y aun peligrosa muchas veces por no dar lugar el
que preside a que se haga con la calma y oportunidad con que
debe hacerse» (24-07-1839)

Claro que, en otras ocasiones, Abenamar está de acuerdo
con las decisiones de la autoridad, como en su artículo del
25-06-1839. Se trataba del 6.º toro de la ganadería de Pinto
López (Colmenar) que era boyante y tomó siete varas, mató
dos caballos y le pusieron tres pares de banderillas. A este
toro, Pastor «le saltó “al trascuerno”, y brindando por ciertos
ciudadanos que había en un palco, le mató de una atravesada
y otra buena recibiéndole». Resulta que la autoridad hizo
subir a su palco a Pastor y Abenamar deduce que fue «sin
duda para advertirle que esos brindis están prohibidos en la
plaza de Madrid, y con muchísima razón».

Y no puede faltar el auténtico público, ese público que
siempre tuvo libertad de expresión en una plaza de toros,
como lo demuestra Abenamar en su relato de la faena correspondiente
al 4.º toro de Elías Gómez, en la corrida inaugural
de la temporada: «La opinión pública se declaró contra él y
pidió perros, como órganos de su oposición». (11-04-1839).

En cuanto al público en sí, cabría hacer una división,
no ya la típica entre aficionados y público en general, sino
la que Abenamar nos tramite: inteligentes e imprudentes. Y
se comprueba así que el público inteligente ha sido siempre
el que aplaude cuando tiene que aplaudir y protesta
cuando tiene que protestar. Veamos, como muestra, la crítica
que le hace al picador Sevilla por su actuación en el 2.º
toro de Veragua, en la corrida del 12-10-1839, que era «un
toro tipo de los de toro en plaza». Su descripción es de lo
más elocuente: «De color ceniciento, de asta corta y bien
puesta, buen mozo, a todo ser, bravo, boyante y pegajoso.
Tomó trece varas, a pesar de que en las primeras rompió
dos Sevilla, dejándole dentro dos pedazos de cinco cuartas,
lo cual fue silbado por nacionales inteligentes, mientras lo
aplaudían los que no lo entendían, circunstancia bastante
común en los que aplauden; aquello no fue otra cosa que
picar mal y no tener la vara el tope que debe tener».

Los “imprudentes”, según Abenamar, son «de esos
que abundan en todo espectáculo y que se consideran autorizados
tanto en los toros como en el teatro, a censurar lo
que no entienden, y a molestar al público culto y educado,
apoyándose en el imprescindible derecho de la “peseta”»
Este incidente que relata Abenamar es realmente desgraciado:
«Se burlaron de uno de los banderilleros, que víctima de
la negra honrilla, trató de poner al toro un par de banderillas
“al recorte”, suerte la más dificil de todas y que no debe
hacerse nunca más que con los toros abantos y boyantes, y
en el momento de hacer el quiebro quedó embrocado y llevó
una cogida en la que el toro le hirió mortalmente por el costado
derecho» (1-05-1839).

A la pesadumbre que muchas personas sintieron al presenciar
esta muerte que, según Abenamar, se salieron de la plaza, hay
que añadir la reflexión, a modo de consejo, con
que redondea la cuestión: «Los españoles necesitamos muy
poco estímulo para las acciones de valor o de gloria humana,
y ya que no sea fácil encerrar a los ignorantes y a los atrevidos
en la Corte de Estella, aconsejo a los lidiadores que cumplan
con su obligación sin cuidarse de los pitos, de la insensatez
ni de los alaridos de la barbarie».

Resulta curioso el protagonismo que tienen los vascos
en la corrida del 7-09-1839 que se anunció «con apariencias
de extraordinaria y de función patriótica». Dice Abenamar
que la concurrencia fue numerosa, y el quinto tendido,
correspondiente a la grada en que él se hallaba, fue tomado
por asalto «por cultos, elegantes y distinguidos vascongados
y navarros, que rebosando en entusiasmo por la paz y la
reconciliación entonaron durante la corrida zorcicos y otras
canciones en vascuence», con la apostilla de que «aunque yo
me quedé en ayunas, juraría que tenían razón». Luego ya en
el 6.º toro (de Gutiérrez), los vascos vuelven a ser protagonistas:
«Los del tendido fuerista llamaron a León a las tablas,
y el Sr. Unanue le cantó con gracia y maestría una coplita en
vascuence, de que León se dio por enterado saludando afectuosamente
con la montera. A preguntas en vascuence, contestación
de montera».

Y no podía faltar el tema de la presencia en la plaza de
las mujeres, en su calidad de público, con referencias tan breves
como tópicas: «Seis toros de Veragua, ganadería acreditada,
ganadería robusta y ganadería cornipotente, atrajeron
hacia sí las simpatías de los aficionados, y a pesar del calor
de julio, del polvo del estío, y de los cigarros de todo el año,
honraron la función con su presencia, las bellezas españolas,
que cuando tratan de divertirse no reparan en polvos ni en
cigarros» (24-07-1839). Y aun así, o quizá por eso,
Abenamar no deja de relatar la función del 31-12-1839, en la
que sólo actuaban mujeres y se anunciaba como matadora a
Martina García, para dejar muy clara su postura en contra de
ese tipo de espectáculos.

 

V.– BIBLIOGRAFÍA

  • García de la Concha, Víctor (1997): Historia de la
    Literatura Española del Siglo XIX (I), Coordinador
    Guillermo Carnerero, Madrid, Espasa Calpe.
  • Herrera Casado, Antonio (1984): “El señorío de
    Molina” en Enciclopedia de la Provincia de Guadalajara,
    Guadalajara, Gráficas J.C.J.,S.A.
  • Sanz y Díaz, José (1982): Historia Verdadera del
    Señorío de Molina, Guadalajara, Diputación Provincial.
    Institución Provincial de Cultura Marqués de Santillana.
  • Serrano Belinchón, José (1997): Diccionario
    Enciclopédico de la Provincia de Guadalajara, Guadalajara,
    AACHE Ediciones.
  • Vázquez y Rodríguez, Leopoldo (1886): Un Siglo
    Taurino 1786 a 1886, Madrid, Librería de Escribano
    Echevarría, 112 págs.

  • 1.– PRENSA
    • El Correo Nacional (Sección toros): 11-04-1839; 17-
      04-1839; 25-04-1839; l-05-1839; 9-05-1839; 29-05-1839;
      13-06-1839; 19-06-1839.
    • El Correo Nacional (Sección toros y comilonas):
      25-06-1839; 24-07-1839; 28-08-1839; 70-91-839.
    • El Correo Nacional (Sección toros y otras cosas):
      11-09-1839; 25-09-1839; 12-10-1839; 16-10-1839; 23-
      10-18-39; 28-11-1839.
    • El Correo Nacional (Sección toros y novillos): 31-12-
      1839.
    • En El Correo Nacional aparecen otros artículos de
      toros firmados por Abenamar que no han sido incluídos en
      este análisis, por tratarse de funciones menores y fuera de la
      temporada:
    • El Correo Nacional (Sección toros y novillos): 16-01-
      1839; 23-01-1839; 31-01-1839.

  • 2.– VARIOS
    • Libros:
      • López Peregrín (1825): La Religión, Madrid, Imprenta
        de Amarita.
      • (1841): A cazar me vuelvo, Madrid, Repullés.
      • (1842): Poesías, Madrid, Boix.
    • Artículos:
      • – “Un jovellanista”, de Abenamar, en El Correo
        Nacional 16-03-1839 (artículo político).
      • – Diario de Madrid 8-10-1814
        – El Enano 15-05-1855
      • – El Semanario Pintoresco Español 2-01-1842
    • Legajos:
      • – 4.º 12.088-46; 751/12.006 y 8.030: 2052/45 y
        5034/28 que se encuentran en el Archivo Histórico Nacional
        de Madrid y Archivo General de la Administración de Alcalá
        de Henares.

 

 

 

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