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Sabemos de hecho que el tiempo no se detiene y
su devenir constante nos traspasa para ir marcando,
con su huella, el paso de nuestras vidas. Sin
embargo, algo muy distinto sucede en nuestra
apreciación de la realidad cuando en una nueva estancia
en el
Monasterio de Santo Domingo de Silos paseamos en silencio
por las galerías de su claustro románico. La
impresión de un
tiempo detenido, incapaz de avanzar, se hace patente llegando
incluso a ilusionarnos con una visión inmóvil
de eternidad.
Pero, como también sabemos, la vida continúa
y así, la
ilusión de visitante contrasta con la realidad del
quehacer diario
de la comunidad de monjes benedictinos, en silencio, oración
y trabajo, que ofrecen sus esfuerzos de hombre bajo las
sabias palabras de San Benito de «no anteponer nada
al Amor
de Cristo»
«1» . Este claustro conserva una enorme riqueza,
es en
sí mismo un tesoro, un pequeño reducto de paz
y de callada
armonía que esconde para nuestro gozo innumerables
sorpresas
que, difícilmente y en tan pocas líneas, somos
capaces de
esbozar para reflejar toda su grandeza.
La construcción de este precioso claustro, auténtico
corazón de la abadía, comenzó durante
la segunda mitad del
siglo XI por iniciativa del propio Domingo de Silos (1000-
1073), cuya vida dedicada en plenitud al servicio de Dios
y
de los hombres le proporcionaría las tres coronas de
santidad
que adornan su escudo, para ser concluido tras un largo y
proceloso camino alrededor del año 1200 (Vivancos,
1995).
A San Domingo, abad perpetuo del monasterio, se le considera
además el restaurador monástico de dicho cenobio,
cuya antigüedad se remonta a fines del siglo IX o principios
de la siguiente centuria. La iniciativa constructiva de San
Domingo no quedó frenada únicamente en el claustro,
sino
que alcanzó también a la primitiva iglesia románica.
Por desgracia
ésta no tuvo la suerte del primero y fue destruida,
casi
en su totalidad, en el siglo XVIII para levantar la que actualmente
podemos contempla.
Volviendo al interior del claustro, obra singular sin
duda, encontramos un auténtico evangelio representado
en
ocho relieves escultóricos que decoran los pilares
del mismo:
Ascensión, Pentecostés, Entierro y Resurrección
de Cristo,
Descendimiento, Emaús, Duda de Santo Tomás,
Anunciación
y Árbol de Jesé. Todo ello convierte a este
lugar en un espacio
pleno de contenido catequético cristiano, además
de
suponer una de las cimas del arte románico español
y europeo.
Podemos hablar de una simbiosis perfecta entre Fe y
Arte que encuentra su complemento ideal en los sesenta y
cuatro capiteles dobles de la galería inferior, cuya
variedad
técnica y simbólica ofrece, a pesar de los estudios,
una multiplicidad
de puntos de vista para su conocimiento y comprensión
todavía
no aclarados (Pérez de Urbel, 1975). Por si
fuera poco, la galería superior caso excepcional
dentro del
románico se eleva como remate perfecto, proporcionando
un acabado único a toda la obra. Para el final hemos
dejado
al ciprés, dueño del pedazo de cielo que engloba
el claustro,
vigilante sin tregua durante más de un siglo y capaz
de hacer
brotar del corazón humano palabras vivas de poeta eterno:
«Enhiesto surtidor de sombra y sueño...».
A pesar de todo lo dicho, esencia mínima en tan pocas
palabras, queda algo más a que prestar atención
y que supone
el motivo principal y concreto de nuestro trabajo: el alfarje
mudéjar, donde podemos observar, dentro de una variada
temática, una de las más antiguas e interesantes
representaciones
taurinas del arte español. Debemos indicar, con sorpresa,
que dichas escenas no han sido objeto de un estudio en
profundidad, y tan sólo hemos encontrado pequeñas
alusiones
recogidas por los tratadistas de la historia del arte e,
igualmente, por los propios historiadores de la lidia. Creemos
que este trabajo puede ser relevante por dar a conocer un
documento excepcional sobre los rudimentos de la lidia, en
general, y de la suerte de alancear toros en particular. Por
otra
parte, el Arte, a través de una muy importante manifestación
pictórica, se convierte en una fuente primordial y
nos ofrece
un testimonio de primera mano para conocer, un poco más,
el
fascinante mundo de la tauromaquia.
I. EL ALFARJE
La palabra alfarje deriva del término
árabe
alfars, que significa arquitrabe. Cuando hablamos
de alfarje
nos estamos refiriendo a una techumbre plana formada
por vigas maestras colocadas en un sentido horizontal,
es decir, paralelas al suelo en una misma dirección
y
que descansan sobre los estribos. Por las cuatro galerías
del
claustro discurren los grandes travesaños, en madera
de
pino, unidos entre sí por viguetas que forman espacios
rectangulares
de madera decoradas, en el centro, con una rosa
de cinco pétalos grabada en hueco (Pérez de
Urbel, 1975:
191). Este alfarje que soporta las galerías del claustro
alto
es antiguo sólo en parte, ya que únicamente
conserva la
galería oeste y parte de la norte y sur, restaurándose
las
demás partes en épocas posterioree. Todas las
vigas se
hallan decoradas con escenas enmarcadas en espacios más
o menos triangulares que se entrecruzan por las bases. La
ornamentación afecta a las dos caras de las vigas en
las que
se sitúa un número variable de escenas, siete
u ocho, con
predominio de la última cifra pero sin norma fija.
Excepcionalmente existe una viga con sólo seis escenas.
En los espacios intervigas se conserva un revestimiento de
madera adosado al muro con idéntica decoración
que las
vigas. Y suele albergar entre una y cinco escenas.
Este alfarje de Silos constituye la obra de carpintería
decorada más importante de la escuela mudéjar
burgalesa
((Borras Gualis, 1990: 16-89; Lavado Paradinas, 1982: 23-
38 y 189-202). Pedro Lavado Paradinas ha sistematizado su
estudio y sitúa a Silos como cabeza representativa
de otras
obras como las del monasterio de Vileña, del palacio
de
Curiel de los Ajos, y del coro de San Millán de los
Balbases,
con enormes similitudes estilísticas. A los que hay
que añadir,
durante la segunda mitad del siglo XV, las variantes de
Castrojeriz y Santoyo. Fray Justo Pérez de Urbel sitúa
su
realización a fines del siglo XIV, después de
1384, año en
que la abadía fue objeto de un incendio.
Antes de pintar las escenas, la madera era preparada
mediante una fina imprimación de yeso y posible cola
animal,
y se pintaba en el suelo, antes de colocarla en la
techumbre (Lavado Paradinas, 1982: 192). El dibujo se realiza
al encausto, quemando las líneas sobre la madera, y
los
colores, tras su aplicación, eran protegidos con capas
de cera
que evitan su desgaste. Los colores más utilizados
son el
rojo, verde, amarillo, azul, cárdeno y carmín.
Estilísticamente, las pinturas de este alfarje se engloban
dentro del gótico lineal tardío (Blanca Piquero,
1989:
38), caracterizada por el predominio de la línea y
el colorido
brillante sobre un fondo monocromo, configurándose
como una pintura plana debido a su escaso nivel de profundidad.
Sin embargo, ofrece aportaciones novedosas en
el sentido narrativo con la inclusión de escenas cotidianas
de marcado acento expresivo. Se aprecia una notable preocupación
por el dibujo con un trazo rápido pero seguro,
mediante el cual, se consigue un fuerte realismo no exento
de cierta gracia y movimiento de las figuras. Todo esto
sirve para presentarnos un amplio catálogo de poses
y
expresiones humanas.
Las escenas responden a las formas de vida de la época,
con un acento naturalista, apegadas a la vida cotidiana y
lejanas
a cualquier tipo de representación de la vida monástica.
Encontramos representaciones referidas al amor, la caza, la
guerra, la música, satíricas y, también,
religiosas. Esta temática
decorativa que incluye tanto iconografía cristiana
como
profana llama poderosamente la atención. Para hallar
una
explicación al respecto se ha recurrido a la influencia
que la
literatura del momento, especialmente el Libro del Buen
Amor del Arcipreste de Hita, pudo ejercer sobre las artes
plásticas como hechos paralelos capaces de justificar
la existencia
de escenas profanas en el claustro de un monasterio.
De todas las escenas referidas debemos destacar las que nos
interesan, relativas al enfrentamiento entre el hombre y el
toro y que estudiaremos como representaciones taurinas.
II. LAS ESCENAS TAURINAS DE SILOS
El mundo del toro ha estado, y está, muy presente
en
el campo de las artes plásticas si bien no todas las
representaciones
en las que el hombre y animal aparecen de alguna
manera unidos pueden ser consideradas como escenas taurinas
(Cossío, 1989: II, 935-939; y Claramunt, 1989). Dejando
a un lado las obras de época prehistórica y
antigua, que no
son propiamente relativas a la tauromaquia pero que sí
constituyen
un sustrato arraigado con fuerza en la cultura del
país, debemos detenernos en el mundo medieval. Son
de este
período las primeras escenas que muestran los rudimentos
de la lidia, todavía nada sistemática pero sí
suficientemente
difundida por todos los estratos sociales del momento.
Aunque no es el objeto de nuestro trabajo, podemos citar las
iluminaciones de Beato de Liébana (copia de Facundo)
en
las que un ángel se enfrenta al Mal, encarnado en un
toro,
con una lanza (Stierlin, 1983: 140). Después tenemos
las
imágenes que ilustran la cantiga XCIV de Alfonso X,
conservada
en el códice de El Escorial, y que narran un milagro
mariano
durante una corrida de toros celebrada en Plasencia
(Cossío, 1989: II, 225). Avanzando en el tiempo y también
recogidas en códices, recordamos las escenas que decoran
los cantorales de Guadalupe, del siglo XVI, como una muestra
más de lo que comentamos (Cordero Barroso, 1997, 745-
746: 4346). En medio de los dos últimos ejemplos, hablando
en sentido cronológico, se encuentran las representaciones
del claustro de Silos.
Estas escenas, un total de veintidós, se reparten por
las
galerías norte (siete escenas), sur (cinco) y oeste
(diez).
Todas ellas están relacionadas entre sí de dos
en dos o de tres
en tres, excepto dos únicas representaciones en las
que el toro
aparece en solitario. En todas podemos señalar una
serie de
características comunes. El toro siempre está
coloreado en un
tono rojizo, monocromo, con un dibujo anatomizado de su
cuerpo y armado con una cornamenta generalmente muy
levantada, aunque no siempre astifina. Los pitones suelen
estar pintados en blanco o en negro de manera indistinta.
En
cuanto a su actitud, aparece quieto o embistiendo y también
herido. La lucha por la supervivencia le enfrenta tanto al
hombre a pie como a los caballeros alanceadores. Por su
parte, el hombre, cuando marcha a pie, va armado con una
lanza, y, una sola vez, se ayuda con un capote. Se representa
vestido con calzas y jubón ajustado o de mangas anchas
y
decorado con botonaduras. Los caballeros, siempre sobre
corcel blanco y armados con lanzas, atacan al toro bien en
solitario o por colleras. Finalmente, todas las figuras se
sitúan
sobre un paisaje que se repite formado por arbustos e hierbas
que caracterizan a todas las composiciones. La inclusión
del paisaje en las escenas, aparte de ser un recurso propiamente
compositivo, nos da cuenta del lugar donde se desarrollaban
estos actos de alancear toros, caso de eriales, ejidos
o prados situados en las afueras de las ciudades.
Antes de pasar a la descripción de las escenas debemos
dejar claras algunas cuestiones. La primera se refiere al
marcado
protagonismo de la nobleza en estas actividades, desplazando
a otras clases sociales de los menesteres de la lidia. Esta
situación venía impulsada por la propia legislación,
caso del
Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio,
en el que
se prohibía lidiar toros por dinero. Esto da pie a
que únicamente
los caballeros de linaje pudieran realizar la lidia de los
toros. Situación que, por otra parte, no impedía
la existencia
de festejos taurinos caracterizados por la masiva participación
popular (Moya, 1995: 211-212). En este sentido, los ropajes
que observamos en las pinturas refuerzan la idea de que el
mundo cortesano, nobiliario, monopoliza y lleva la voz cantante
en la escenificación de la lucha con el toro. Los alanceadores
no parecen, en ningún caso, plebeyos y demuestran,
con su aire digno y experto, una arrogancia natural propia
de
su privilegiada condición social. Esto significa que
personajes
pertenecientes a las clases privilegiadas sustituyeran a los
llamados
matatoros, que no eran sino plebeyos contratados para
dicha labor y de los que encontramos varios ejemplos de sus
actuaciones, sobre todo en el norte peninsular. De todas formas,
nos parece lícito utilizar dicho término para
nuestro trabajo,
puesto que no cambia la función sino simplemente los
protagonistas. Este proceso se produce a finales del siglo
XIII,
en plena fase expansiva de la Reconquista cristiana (Mena
Cabezas, 1998, 8: 160-161). La segunda cuestión, hace
hincapié
en la propia suerte de alancear los toros como la más
común
entre los siglos XIV y XVI, por lo que nuestras pinturas
taurinas se ajustarían al sentido de espejo social
ofreciendo
la doble versión, a pie y a caballo, de este tipo de
lidia.
Ejemplos primitivos, sin duda, puesto que dicha suerte tiene
su periodo de esplendor en el siglo XV. A partir de ese
momento, la suerte de alancear el toro a caballo se impone,
debido a la influencia de las normas cortesanas, sobre la
suerte
de alancear a pie que poco a poco va quedando relegada a
un segundo plano (Romero de Solís, 1981: 386). Dicho
lo
siguiente, pasamos a comentar las escenas diferenciando
cinco motivos o secuencias.
- 1. MATATOROS Y RESES SILVESTRES
El primer tipo de representaciones taurinas son aquellas
que plasman la lucha del hombre a pie contra el animal.
Existen un total de doce escenas (seis toros y seis lanceros
enfrentados) repartidas equitativamente en las galerías
norte y sur.
En la galería norte encontramos a un primer matatoros
a pie, armado con venablo y acompaña a su vestimenta
un
capote color verde, que lleva sobre el brazo izquierdo,
que
avanza sobre el paisaje típico y se enfrenta cara
a cara con un
toro perfectamente anatomizado (Figs. n.º 3 y 4). El
segundo
mozo va en esta ocasión armado con una lanza corta
que dirige
con la mano izquierda. Se diferencia también del
primero
en lo relativo a los ropajes, ya que, este último,
viste un jubón
ajustado de mangas anchas. Frente a él, un toro en
actitud de
embestida, cuyas patas delanteras levantadas presagian un
feroz encuentro entre ambos (Figs. n.º 5 y 6). La tercera
escena
de esta galería nos muestra al «matador»,
quien, armado
con su lanza, persigue al toro atacándolo por la
espalda.
Fig. n.º 3. Matatoros, armado con venablo
y vestido con un capote de color verde,
avanza sobre el paisaje y se enfrenta cara a cara
con el toro de la figura siguiente (Foto cedida por
el archivo del Monasterio de Silos ).
Fig.
n.º 4. Toro perfectamente anatomizado,
enfrentándose al mozo de la figura anterior
(Foto cedida por el archivo del Monasterio de Silos).
Fig. n. º 5. El segundo mozo, armado con
una
lanza corta que dirige con la mano izquierda
enfrentándose al toro de la figura siguiente (Foto
cedida por el archivo del Monasterio de Silos).
Fig. n.º 6. Toro alzado embiste,
frente al mozo de la figura
anterior (Foto cedida por el
archivo del Monasterio de Silos).
En la galería oeste señalamos otras tres
escenas dobles.
En la primera el joven alanceador (Fig. n.º 7) está
representado
en el momento concreto de lanzar su arma hacia el toro
que, mientras tanto, permanece quieto sobre el paisaje.
La
segunda es difícil de comentar en lo referente
al hombre, al
hallarse muy estropeada y, por su parte, el toro no muestra
variante alguna con los modelos citados. Por último,
en la tercera,
vemos al lidiador expectante aguardando la ocasión
más
propicia para hacer uso de su lanza. En su rostro se reflejan
los momentos de tensión previos al enfrentamiento
con el
toro que, sin duda, se ha percatado de la amenaza que
significa
la presencia del hombre armado (Fig. n.º 8).
Fig.
n.º 7. Matatoros o alanceador
(Foto cedida por el archivo del Monasterio
de Silos).
Este motivo concreto de alancear toros a pie y en solitario
tiene uno de sus antecedentes en el mundo romano, donde
los llamados venatores se enfrentaban a los toros únicamente
Fig.
n.º 8. Otra representación de
matatoros o alanceador (Foto cedida por
el archivo del Monasterio de Silos).
armados con una lanza o jabalina (Sáez, 1998,
8: 62). Sin
embargo, las escenas de Silos, suponen el punto de inicio
de otras muchas representaciones que el mundo del arte
nos
muestra en diversos ejemplos repartidos por toda la geografía
nacional. Podemos citar los situados en capiteles de la
catedral
de Pamplona o en la sillería de coro de la catedral
de Plasencia, ambas del siglo XV, y los ya citados cantorales
del monasterio de Guadalupe, un siglo más tarde.
Esto nos demuestra cómo dicha práctica taurina
se perpetúa
y arraiga fuertemente en la sociedad, hasta tal nivel
de
naturalidad, como para ser representados en lugares que
en
principio nos parecerían inapropiados, caso de
iglesias,
monasterios u objetos de uso litúrgico. Es más,
la suerte de
la lanza se practicó, en las arenas de las plazas
hasta bien
entrado el siglo XVIII y en la actualidad se sigue ejecutando
en el denominado Toro de la Vega de Tordesillas,
Valladolid (PittRivers, 1995: 18-1202).
Fig. n.º 9. Caballero armado con una
lanza (Foto cedida por el archivo del
Monasterio de Silos).
- 4. DOS CABALLEROS ALANCEADORES, TORO Y ESPECTADORA
La pintura, conservada en la galería sur, resulta
ser de
lo más clarificadora a la hora de plantear estas
escenas taurinas
Fig. n.º 13. Caballero montado sobre un
caballo blanco, acomete con su lanza al toro
(Foto cedida por el archivo del Monasterio
de Silos).
como fiel reflejo de lo que era un verdadero acontecimiento
social en la época. En la escena donde es representado
el toro, éste no aparece solo, sino que está
acompañado
por una espectadora que, asomada a una ventana o balcón,
sostiene en ambas manos unos arponcillos cortos con la
intención,
suponemos, de arrojarlos sobre el animal «2»
. La
figura femenina, en un estado de conservación no
muy aceptable,
está vestida con ropa ajustada y de poco lujo,
cubriéndose
la cabeza con un sencillo gorro. Este hecho de la presencia
de espectadores implica, por un lado, la consideración
de acto
Fig.
n.º 14. El toro, con defensas más
superiores,
astifinas (Foto cedida por el archivo del
Monasterio de Silos).
público y, en segundo lugar, que ante la escasez
o
inexistencia de espacios abiertos o auténticas plazas,
característico de las ciudades medievales, se improvisaban
cercados
en las afueras de las mismas donde los espectadores observarían,
sin peligro, el desarrollo de la lidia. Refiriéndonos
a los
«toreadores», diremos que el primer caballero
sigue la pauta
Fig.
n.º 15. Toro rampante y corniveleto
(Foto cedida por el archivo del
Monasterio de Silos).
marcada, montando un caballo blanco y en actitud de acometer
con su lanza al toro. La escena del segundo jinete está
muy deteriorada y no se puede comentar. El toro, en cambio,
muestra algunas variantes con el primer ejemplo. En primer
lugar observamos unas defensas muy superiores y que podemos
calificar de astifinas. En segundo término, está
herido en
dos ocasiones con sendas lanzas clavadas en las patas
delantera y trasera derechas, hecho que supone un reproche
para
los jinetes por su escaso acierto a la hora de herir de
muerte
al animal. Encima del toro se situa la espectadora antes
descrita
(Figs. n.º 13 y 14).
- 5. TOROS EN SOLITARIO
Para terminar con la descripción de las escenas,
debemos
concluir con un par de representaciones en las que el toro
no se enfrenta al hombre y aparece en solitario. El primero
de
ellos lo tenemos en la galería norte, donde el animal,
de color
rojizo, cuernos astifinos y veletos, aparece en actitud
rampante
y queda emparejado con un asno, en idéntica situación,
con
el que parece rivalizar en una especie de danza animalística
(Fig. n.º 15). El segundo, situado en la galería
oeste, contrasta
algo menos, al estar dibujado en el habitual tono rojizo
sobre un fondo bermellón y sin referencia de paisaje.
El toro
galopa en solitario mostrando su cornamenta blanca, también,
en una clara actitud de desafío.
III. CONCLUSIONES
Amodo de colofón atenderemos a dos consideraciones.
La primera, en un plano puramente artístico, nos hace
ponderar
estas escenas como una destacada representación de
la
pintura medieval española, caracterizada por su calidad
expresiva y variedad temática. Además, vemos
cómo las
manifestaciones artísticas se convierten en auténticos
testimonios
y fuentes, de primera mano, dentro de un período histórico
con escasez de referencias literarias. Su valor reside
tanto en su antigüedad, fines del siglo XIV, como por
el lugar
donde se ubican, el claustro de un monasterio tan señalado
como es el de Silos, circunstancias que contribuyen a que
nos
produzca extrañeza por no haber sido enjuiciadas anteriormente,
en su totalidad, en ninguna historia de la tauromaquia.
De nuevo, el Arte se configura como reflejo de la sociedad
que la concibe.
La segunda consideración atiende al hecho de que, en
este mismo ámbito de la tauromaquia, las escenas de
Silos
sean el conjunto de representaciones más completo,
dentro del
mundo bajomedieval, de la suerte de alancear toros que hasta
este momento se conoce. El carácter descriptivo de
la suerte,
a pie y a caballo, en solitario o por colleras, nos reafirma
en
su importancia, así como la descripción de los
tipos y personajes
que lo protagonizaban. En resumen, tenemos delante un
ejemplo precioso, único, fundamental, a nuestro juicio,
para
conocer una forma de lidia tan singular y, de éste
modo, ahondar
un poco más en uno de los momentos más primitivos
del
enfrentamiento entre el hombre y el toro. Hasta aquí
todo lo
dicho, que no es poco, pero que, naturalmente, debe ser completado
en futuras investigaciones y estudios a los que nuestro
trabajo abre, muy modestamente, el camino.
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